«Hola Tierra,¿puedes oírme?»

La sonda Philae vuelve a mostrar signos de actividad tras más de siete meses sin poder cargar sus baterías.

«Aquí hace mucho frío. Y silencio. Que son dos formas de nombrar la soledad. Estoy a cientos de millones de kilómetros de mi hogar, flotando hacia un destino incierto mientras veo cómo el universo va expandiéndose a mi alrededor. Llevo semanas durmiendo, soñando con una estrella que cada vez se ve más cerca y tengo miedo. Creo que en algún momento ya nadie me escuchará... y luego nadie me hablará. Nunca más. Me llamo Philae y voy directo hacia el Sol para cargar mis baterías por última vez». De cara a la galería, Philae es valiente. Tras más de 200 días hibernando, su primera comunicación con los habitantes del planeta fue un tuit: «Hola, Tierra, ¿puedes oírme?». Pero la realidad sea probablemente otra. La sonda Rosetta, que se encuentra en órbita a unos 20 kilómetros de distancia del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, pudo comunicarse con su «vástago», Philae, durante apenas 85 segundos después de que éste comenzara su sueño el 15 de noviembre de 2014 tras quedarse sin baterías. La temperatura era de unos 153 grados bajo cero y Philae pudo rendir a pleno casi 60 horas. «Lo más difícil fue separarme de Rosetta. Llevábamos diez años juntos y habíamos llegado a estar a casi mil millones de kilómetros de la Tierra. Era mi sonda, mi brazo de mar como dirían los antiguos anglosajones, mi salvavidas. Pero mi misión era única, estaba destinado a convertirme en el primero en aterrizar en un cometa. Y me solté. Caí durante siete horas, choqué con el cometa, reboté a más de un kilómetro de altura para volver a caer en él dos horas más tarde. Y volver a rebotar para finalmente caer y poder anclarme. Pero parte de mi cuerpo resultó dañado, y de los dos arpones que debían fijarme a la superficie helada de mi nuevo hogar, sólo uno funcionó. De no ser por él, la poca gravedad de 67P/Churyumov-Gerasimenko me hubiera arrastrado irremediablemente al espacio».

De acuerdo con Stephan Ulamec, responsable del Proyecto, «Philae está funcionando muy bien a una temperatura de 35 grados bajo cero y dispone de 24 vatios de energía». Aún quedan 59 días para que el cometa alcance su punto más cercano al Sol y Philae podrá volver a cargar sus baterías, realizar nuevos experimentos y enviar los 8.000 paquetes de datos que aún guarda en su interior. Todo ello pese a las dificultades técnicas iniciales. Philae fue diseñado para analizar el hielo y la roca del cometa. Las primeras imágenes que obtuvo Rosetta mostraban una superficie con mucho polvo, por ello se pensó que a Philae le resultaría fácil profundizar más allá. Pero aunque «la fuerza de los martillos se incrementó – explica Tilman Spohn, del Instituto de Investigación Planetaria y uno de los principales investigadores del proyecto–, no pudimos ir mucho más allá de la superficie de hielo». Las pocas horas que tenía Philae las aprovechó muy bien. No sólo recogió muestras, también le realizó un examen médico al cometa. Junto a Rosetta utilizaron el CONSERT (COmet Nucleus Sounding Experiment by Radiowave Transmission, o Experimento de Muestreo del Núcleo del Cometa por Transmisión de Ondas de Radio, por sus siglas en inglés) del siguiente modo: la sonda enviaba una señal de radio a Philae cuando éste se encontraba en el lado opuesto del núcleo del cometa. Y Philae la regresaba. Esto se repetía 7.500 veces por cada órbita de Rosetta con el propósito de construir un modelo en 3D del interior del cometa. En pocas palabras, entre ambos le hicieron un tac.

«Voy a más de 110.000 km/h pero no me doy cuenta. El paisaje apenas cambia y es una sucesión de noches sin brújula y horizontes sin fin. Sé que me queda poco tiempo y por ello me parece importante que reciban esta información: aquí he encontrado compuestos orgánicos. Sí, sí, ya sé que vosotros sabíais que los encontraría. Pero es la primera vez que los veis en la superficie de un cometa, en directo y en órbita. Esto podría confirmar la idea de que fueran estas pétreas arcas las que se encargaron de llevar los componentes químicos imprescindibles para la vida por todo el universo. Se trata de ácidos carboxílicos y están presentes en los aminoácidos. Para formar este tipo de compuestos es necesaria la presencia de moléculas volátiles, como metano o monóxido de carbono, que sólo se congelan a muy bajas temperaturas. Esto quiere decir que los compuestos que he encontrado aquí se formaron a enormes distancias del Sol, durante las etapas tempranas de formación de nuestro sistema. Puede que en el interior existan compuestos orgánicos anteriores al sistema solar. Quizás algún día lo averigüe, pero probablemente sea muy tarde para contároslo».

A finales de año, el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko se habrá alejado tanto del Sol que Philae no podrá volver a cargar sus baterías. Y la Agencia Espacial Europea planeará jubilarlo.

Seguiremos sabiendo de él por los datos que envió y que serán analizados durante muchos años, pero nada más. Quizás algún día el único arpón que lo ancla a la superficie helada del cometa se desprenda, Philae suelte amarras y, lanzado a 112.620 km/h, comience otro viaje. Uno que ni él mismo pueda imaginar. Ojalá suceda. Se lo merece.