Tecnologías para la democracia

En la sociedad de la información, las papeletas parecen un recurso del siglo XIX. Y, sin embargo, son pocos los países que recurren al voto electrónico. ¿Por qué?

El primer intento de utilizar una máquina para registrar un proceso democrático fue en 1982, en la ciudad estadounidense de Nueva York. Se trataba de la cabina automática Myers, un artilugio que contaba con una decena de teclas, cada una destinada a un candidato distinto. El voto quedaba registrado, al igual que el número de votantes, en la máquina y ésta volvía al punto en el que se encontraba al inicio en cuanto el ciudadano salía de la cabina. Este tipo de máquinas llegaron a ser tan populares hacia 1930 que la mayoría de las ciudades norteamericanas las utilizaban en los comicios hasta que fueron reemplazadas por ordenadores o sistemas de voto electrónicos. En nuestro país, excepto algunos ensayos en el País Vasco, Cataluña, Galicia, la Comunidad Valenciana o Andalucía, el escrutinio de votos se realiza manualmente. El presidente de mesa abre la urna y extrae los votos uno a uno mientras los lee en voz alta. Luego muestra la papeleta al resto de miembros de la mesa, se apunta el resultado y continúa el proceso. Todos los votos se registran en un acta de escrutinio con dos copias, una para el colegio electoral y otra para la Administración.

Obviamente, es un proceso engorroso y lento, aunque muy fiable. Pero existen otras alternativas que ya se utilizan en más de 30 países del mundo. Una de ellas es el Sistema de Voto por Internet, el único procedimiento remoto que no requiere la presencia física del votante. Se puede hacer desde cualquier ordenador con una conexión a la red. El ciudadano se registra para realizar el proceso y se le asigna un código que, junto a su DNI, le da acceso a una página donde puede emitir su voto. Dado que se puede realizar desde cualquier lugar del mundo, es un medio muy habitual para emigrantes o trabajadores desplazados a otros países, representantes de embajadas y personal del Estado que cumple funciones fuera del país. Su recuento es muy sencillo, la puesta a punto es muy económica. Pero no es tan fiable. Todas estas tecnologías se enfrentan al mismo desafío: garantizar la transparencia del proceso electoral. Muchos países, como India, China, o Argentina, están cada vez más interesados en unirse al club de los 31 que implementan el voto electrónico. Aunque algunos de ellos estén comenzando a cuestionar la fiabilidad del sistema, tanto en términos tecnológicos como en el aspecto democrático. Un mecanismo que garantiza la confianza en estos sistemas es que su desarrollo sea por medio de códigos abiertos, que cualquier ciudadano pueda verificar u optimizar. Algo así como el Linux de las elecciones. Pero los fabricantes son reacios a ceder la propiedad intelectual de sus máquinas. Tanto los observadores como los miembros de los diferentes partidos deberían poder acceder a la información relevante relacionada con el software, la certificación y las pruebas de todos los sistemas. Igual que sucede con el escrutinio actual. Pero el mayor problema es la seguridad de estas tecnologías ante posibles ataques externos. Un estudio realizado por la Universidad de Stanford y confirmado por expertos de Holanda y Alemania, señala que todos ellos son vulnerables.

No hay un sistema perfecto. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos del año 2000, donde muchos votantes tuvieron problemas con los sistemas de voto electrónico (sobre todo en el estado de Florida), así lo demuestran: se tuvieron que contar manualmente todos los votos. Pese a ello, la tecnología es cada vez más fiable, rápida y eficaz, sobre todo cuando se cuenta con una copia de seguridad impresa que permita confirmar cualquier duda y que sea anterior a los ataques externos que pretendan inferir en el sistema. El problema no es si nos fiamos de la tecnología. La duda es si estamos capacitados, como ciudadanos, para cuestionar sus fallos.