Tomás Navarro: «Gestionar la adversidad debería ser una asignatura escolar»

En «Kinsukuroi» dice que todos tenemos el «arte de curar heridas emocionales» y que las decisiones que no se toman también dejan huella.

En «Kinsukuroi» dice que todos tenemos el «arte de curar heridas emocionales» y que las decisiones que no se toman también dejan huella.

Se despierta cada día pensando en el «abrazo molón» que le dará a su hija. Un día soñó que podía trabajar y vivir en las montañas y se puso a ello para conseguirlo. Desde la Cerdaña saca la psicología al aire libre. «Kinsukuori» (Planeta), el arte japonés de reparar lo roto con oro, es el símil que emplea para mostrar «el arte de curar las heridas emocionales», un libro divulgativo con el que pretende que algunas personas al leerlo no tengan que ir al psicólogo.

–Se basa en el «Kinsukuroi». ¿Cómo reconstruimos un jarrón al que le falta una pieza?

–Cuando falta una pieza lo que hacen es llenarlo con oro. Hay una parte del libro que dice: «recoge los pedazos». Es importante que se recojan todos porque hay personas que se dejan piezas expresamente. Por ejemplo: amé, sufrí, me rompí y dejo la pieza del amor romántico. Entonces vivirás un amor con una relación más fría. No, recógela. Porque a lo mejor lo que está mal es que no sabías analizar a la gente y te has enamorado de alguien que no correspondía contigo. Hay que recoger todas las piezas limpias de resentimiento, odio, ira... El jarrón no es malo, pero hay que reconstruirlo incorporando algunos aprendizajes nuevos.

–¿Hay alguna aleación para quien que no tengan ni oro ni plata?

–La técnica antigua es oro y plata porque al haberte roto, la cicatriz siempre te queda. Si esa cicatriz cuando la ves te sugiere sufrimiento, te estás equivocando. Lo que te ha de sugerir es que eres fuerte y que has podido superar una adversidad. Puedes ponerle pegamento, pero ¿por qué vas a disimular algo que has reconstruido y que te hace más fuerte?

–Se podría decir eso de «se nos rompió el jarrón de tanto usarlo»?

–Sí, y tendría que ser así. La vida hay que vivirla, los jarrones hay que usarlos. Hay que vivir y amar intensamente, y si te rompes, nuestro cuerpo tiene una cosa que se llama el impulso de reparación. Cuando te haces un corte, instantáneamente tu cuerpo empieza a repararlo. Cuando tienes una herida emocional, también, pero muchas veces no le dejamos.

–¿Todos tienen ese poder ?

–Sin duda. Pero para ello hay que aceptar que tienes una herida emocional. Si no, no se pone en marcha. –¿Cómo?

–Hay dos cosas: primero tienes que sanear la herida. Una vez me caí, limpié la herida, pensaba que estaba limpia, pero no se curaba. A veces hay que abrirla más y ver qué se ha quedado arena y por eso no cicatriza. Hay otras veces que la vida golpea dos veces. La adversidad es colateral a la vida y puede ser que la herida esté cerrada, has perdonado a la familia que te maltrató, pero me los cruzo de nuevo por la calle. ¿Se ha abierto la herida? No, pero el recuerdo duele. Tu cuerpo se pone en alerta. Claro que lo has superado, pero el mero hecho de ponerte de nuevo ante ello dará una pequeña resaca que en pocos días se habrá curado.

– ¿Las decisiones que no se toman también dejan huella?

–Sí, porque son como los pecados por omisión. Parece que no tomar esa decisión no pasa nada, pero en 5,15 o 20 años es un problema muy serio. Si tomas esa decisión te ahorras el problema. Pero las mejores decisiones acostumbran a ser incómodas a corto y medio plazo.

–¿Las farmacias están llenas de personas que no saben tomar decisiones?

–La medicación no es buena ni mala, sólo que está mal o bien indicada. Hay depresiones que requieren de algún tipo de medicación. Dicho esto, muchas veces no soportamos el dolor y nos tomamos un analgésico en vez de ver que mi rodilla está mal, que se necesita ir al médico y probablemente operar. En lo emocional es igual. La gente busca soluciones rápidas a problemas que requieren nuestra atención.

–¿Afrontar la adversidad debería ser una asignatura en los colegios?

–Sí. No estamos educando a nuestros hijos en lo que realmente necesitan. No necesitan saber multiplicar si cualquier móvil lo hace. Necesita gestionar la adversidad y no podemos dejarlo que lo aprenda en los boy scout o un profesor sensibilizado que se lo explica o en una extraescolar. En el currículum escolar tendrían que enseñar las fortalezas emocionales. ¿Qué son? Cómo tomar decisiones y sus consecuencias si son bajo presión o no. No explicamos a los niños cómo gestionar la adversidad, perseverar, identificar alternativas, ser creativos.

–Dice que hay que tener miedo al miedo...

–Al miedo hay que mirarle a la cara. Está el espejo de «Oesed» de Harry Potter que lo amplifica y hasta que no miras y sabes que es ese tu miedo, no lo curas. El miedo es contagioso y si temes a las arañas se extenderá a los mosquitos, a todos los insectos... Tener miedo no es malo, excesivo, sí.

–Lo más difícil es afrontar la pérdida de un ser querido...

–He trabajado la pérdida de muchas maneras y lo más duro es la pérdida de un hijo, es el peor de los sufrimientos.

–¿Cómo se remonta?

–Hay cosas que no son remontables, pero son compensables. Se puede quedar anclado ese dolor o puedes aprender de ello y dar un sentido y compensar esa pérdida. En el caso que cuento en el libro, esa persona colaboró con una fundación para buscar fondos y salvar otras vidas afectadas por la enfermedad que de su hijo.

–¿Un psicólogo necesita la ayuda de otro para superar la adversidad? ¿Usted se autoanaliza?

–De mi son conocidos mis retiros de 15 días de no coger visitas. Uno tiene que darse cuenta de que no eres un súper hombre y a los primeros síntomas parar y recuperar la perspectiva. Con eso ya no necesitas a nadie. Lo que sí que tenemos que darnos cuenta los psicólogos, y esto tiro de las orejas a mis compañeros, es que cuando ya ves que estás perdiendo la perspectiva hay que parar. Es más honesto y más recomendable. Yo lo hago.