Las premoniciones (cumplidas) de Tintín

Como ha ocurrido con numerosos autores, con Julio Verne a la cabeza, el interés de Hergé por la ciencia y la innovación ha dado lugar a proyecciones de ficción que más tarde se han convertido en realidad: desde cohetes futuristas a submarinos indestructibles

La primera vez que Tintín viajó a la Unión Soviética lo hizo en tren. Corrían los años 20 y este medio de transporte comenzaba a hacer las delicias de aquellos viajeros que querían atravesar la vieja Europa de oeste a este. El joven periodista realizó la ruta Bruselas-Moscú en un momento en el que los avances tecnológicos que estaba presenciando cambiarían para siempre la forma de vivir. Incluida la nuestra. Jugueteó con cámaras ocultas en espejos, descubrió pequeños micrófonos, se enfrentó a aparatos de ultrasonido, montó en patinete eléctrico y pisó la Luna por sorpresa. Sus hazañas, casi sin darse cuenta, se convirtieron en un recorrido premonitorio de gran parte de los adelantos que hoy podemos disfrutar. La culpa la tiene su autor, Georges Remi, más conocido como Hergé. Su afán por documentar el siglo XX le llevó a reflejar con sumo detalle su pasión por el futuro. De hecho, no hay que pasar por alto que muchas de esas creaciones que aparecen en sus historias están circunscritas a la figura del Profesor Tornasol, una especie de genio científico inspirado en el inventor y aeronauta suizo August Piccard.

“Hergé era muy metódico y, poco a poco, fue creando un inmenso archivo. Recibía periódicamente las revistas Le Crapouillot, National Geographic, L’Illustration o Vu, así como enciclopedias, folletos y fotografías. A diario, dedicaba tiempo a recortar y archivar todo aquello que pudiera parecerle interesante, y no sólo pensando en el título que estuviese dibujando en ese momento, sino también destacando cuestiones que iban más allá”, explica Nino Paredes, presidente de la asociación tintinófila Mil Rayos. Estas publicaciones le mantenían actualizado en torno a lo que ocurría en el mundo que le rodeaba y, por qué no, del que se encontraba más alejado. Porque, además, hay que recordar que el autor belga jamás viajó como sí lo hizo su personaje. Todo estaba en su mente. “Realmente, estudió muchísimo y trataba siempre de conseguir información sobre las últimas novedades que pudieran darse en cualquier campo”.

Muchos de los inventos que recogen sus libros están basados en otros en fase de desarrollo. Por ejemplo, en El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín vuelve a la carga para conseguir encontrar el Unicornio, un galeón repleto de tesoros. Para esta aventura, se servirá de un submarino con forma de tiburón y, una vez alcanzado su objetivo, además utilizará un traje de buceo para explorarlo. La historia fue publicada en 1943 y para escribirla se basó en recortes de periódico sobre los submarinos americanos y en el rescate del buque sueco Vasa, un naufragio real ocurrido en el siglo XVII. Es decir, mientras que el batiscafo de Piccard data de 1948, en sus historias aparece descritos cinco años antes. “Diseñó historias en universos imaginados, pero apoyándose en elementos reales para dar veracidad al conjunto. Podía ser un cuadro, un jarrón, una silla o un tren, pero generalmente se trataba de una imagen o un texto que había guardado previamente y que utilizaba para dotar de realidad el mundo que estaba creando”, continúa Paredes.

El periodista de jersey azul y pantalón bombacho viajó en rápidas motocicletas, todo tipo de aeroplanos y un futurista cohete. Se podría decir que este personaje fue, sobre todo, una referencia en cuanto a los medios de transporte. Aunque hay que destacar la especial debilidad que Hergé tenía por los coches. Tanto es así que tuvo varios en distintos momentos de su vida: desde un Lancia Aprilia que dibujó por el desierto en Tintín en el país del oro negro hasta un Opel Olimpia descapotable que expuso en El cetro de Ottokar. En total, 173 vehículos a lo largo de sus 24 álbumes. Pero la cosa no quedó a aquí: también mostró su interés por la aviación, lo que le llevó a reproducir más de 47 modelos de aeronaves diferentes. De todas ellas, destaca especialmente la que diseñó su compañero Roger Leloup: el Carreidas C-160, el jet supersónico del magnate de Vuelo 714 para Sídney. “Se trata de un avión reactor trimotor de uso civil que presenta una característica que únicamente se ha aplicado hasta ahora en algunos modelos militares. Cuenta con unas alas de geometría variable, que se extienden durante el despeque y aterrizaje aportando estabilidad y se repliegan durante el vuelo favoreciendo la velocidad. Esto es una innovación sorprendente para un modelo así”.

Tintín se adelantó a Armstrong

Quince años antes de que Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins pisaran la Luna, el reportero de pelo naranja ya lo había hecho acompañado por su perro Milú. En 1954, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban la carrera espacial, Tintín y compañía conquistaron el satélite terrestre a lo Julio Verne. De esta forma, Hergé exhibió toda su fascinación por el espacio no sólo en una obra, sino en dos: Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna. “Tuvo la idea en 1947, pero quiso esperar y tener los datos científicos exactos que le permitiesen dar a su aventura el máximo de realismo posible. Su objetivo no era dibujar una historia de ciencia-ficción con marcianos, aliens, ni cosas por el estilo”, sostiene David Baker, miembro de la junta directiva de la asociación tintinófila Mil Rayos. Así, primero recurrió a Heuvelmans, que acababa de publicar El hombre entre las estrellas. A partir de aquí recopiló muchísima documentación técnica sobre astronáutica. “Su rigor llegó hasta el grado de, incluso para que los dibujos del interior del cohete fuesen más exactos, mandar construir una maqueta de madera y llevarla a París para enseñársela al profesor Alexander Ananoff que, por supuesto, le dio el visto bueno”.

La relación que el autor belga estableció entre cómic, imaginación, tecnología y ciencia puede verse todavía hoy reflejada en importantes proyectos. Tanto es así, que Elon Musk, CEO de Space X y Tesla, reveló en Twitter que se había basado en los diseños del escritor para conceptuar el que será su próximo lanzamiento. “Es importante resaltar que, continuamente, aplicaba a su obra las teorías más punteras de la literatura científica. Así, por ejemplo, la sala de mandos del cohete, la forma de cómo debía ser una nave espacial y la manera de colocar a los astronautas en su interior están descritos en La astronáutica de Ananoff”, añade Baker. “Los paisajes están basados en la obra del prestigioso dibujante Chesley Bonestell, cuyas ilustraciones aparecían en varias revistas científicas y de divulgación, mostrando cómo se creía que sería su superficie”. No obstante, concretamente, se observan dos elementos de clara anticipación en estos álbumes: el motor atómico y el tanque lunar. Lo que demuestra que, incluso hoy, se puede seguir aprendido cosas del siempre joven Tintín.

Julio Verne, su inspiración

Como ha ocurrido con numerosos autores literarios, con Julio Verne a la cabeza, el interés de Hergé por la ciencia y la tecnología han dado lugar a proyecciones de ficción que más tarde se han convertido en realidad. “Sin lugar a dudas, fue un adelantado a su tiempo”, apunta Paredes. “Era un apasionado de la obra del escritor francés al igual que su amigo y colaborador Jacques Van Melkebeke, que le animó a releer algunas de sus líneas en busca de inspiración. Este hecho creó en él una curiosidad por el futuro que le sirvió para formar el sustrato en el que enraizó posteriormente su propia obra. Todo ello, junto al archivo que fue atesorando a lo largo de su vida, fue la base de sus historias, porque no podemos olvidar que prácticamente la totalidad de los viajes que protagoniza su personaje los realizó desde su despacho”. De hecho, se pueden encontrar muchas influencias entre ambos si analizamos títulos como La estrella misteriosa y La caza del meteoro. “Quizás la gran diferencia entre el creador de Phileas Fogg y el de Tintín es que, desde la perspectiva de su época y su posición de visionario, el primero trata de encontrar explicación a las cosas del mundo para las que la ciencia aún no tenia respuestas, mientras que el segundo trata de viajar y hacer viajar viviendo aventuras a través del desarrollo del conocimiento”.