Carta a Saúl

Morante de la Puebla y Salvador Vega honran a Jiménez Fortes

Chicuelina de Morante de la Puebla, ayer, en La Malagueta
Chicuelina de Morante de la Puebla, ayer, en La Malagueta

- Málaga. Sexta de la feria. Se lidiaron toros de Núñez del Cuvillo, feos de hechuras y de poco juego. El 1º, descastado; el 2º, manejable; el 3º, flojo y con genio; el 4º, manso y complicado; el 5º, con genio; y el 6º, deslucido. Casi Lleno.

- Morante de la Puebla, de verde botella y oro, tres pinchazos, descabello y aviso (silencio); y estocada caída (oreja y petición de otra).

- Salvador Vega, de corinto y oro, gran estocada (oreja); y dos pinchazos y estocada corta (ovación).

- Jose María Manzanares, de negro y azabache, pinchazo y estocada (silencio); y pinchazo y media (palmas).

Aquí estoy Saúl, en el mismo tendido desde donde te vi torear aquel día en el que rompiste siete muletas y escribí que serías un torero grande si la suerte se ponía un poquito de tu lado. Ha pasado un lustro de penas y alegrías, de sufrimiento y lucha, de sangre y ovaciones. Nadie dijo que fuera fácil, pero nos duele el alma de ver al destino cebándose en tu carne. De que tus sueños traigan de regreso tantas cicatrices. De que la muerte te busque con tanta saña.

Hoy toda Málaga te ha echado de menos al no verte en el paseíllo, al recordar que, otra vez, un toro ha querido arrancarte la vida y las ilusiones. En tu puesto ha toreado Salvador Vega, que ha honrado tu nombre con una tarde de toros irreprochable. Torerísimo con el capote en lances rodilla en tierra, pinturero en delantales y chicuelinas, y muy dispuesto con la muleta. Se dejó más su primero, que estaba bien hecho y permitió el triunfo.

A Salvador se le vio maduro y fácil, con sus buenas maneras de siempre, dibujando muletazos con sabor y haciendo la suerte de matar en corto y por derecho para que rodara el toro sin puntilla en una de las estocadas más soberbias que recuerda este periodista. Y con el quinto, cuya faena brindó a tu gente, se fajó en un combate bravío, jugándose la cornada en cada envite, aunque esta vez no tuvo rúbrica con la espada.

También brindó a los tuyos Morante de la Puebla una faena como todas las de Morante: irrepetible. Fue en su segundo después de haber bailado el capote para llorar. Ocho lances, ocho, aflamencados pero muy clásicos, de sentimiento y compás, de vámonos que nos vamos, y una media abelmontada para abrochar el arte con más arte. Las chicuelinas del quite fueron de soniquete, y otra media, ahora a pies juntos, tuvo ángel. Lo de la muleta fue a la antigua.

El toro, que era manso, se movió desordenado y Morante respondió con la inspiración desatada y con un impecable sentido de la lidia, que no es otra cosa que hacer en cada momento lo que el toro te demanda.

Ayudados por alto sentado en el estribo como una estampa en sepia, redondos a media altura acompañando con la cintura, muy gitanos, naturales de muleta plana buscando en el cite la cara del toro, otra serie diestra más ligada y lenta, y más obligada. Como a ti te gusta Saúl, abriendo el compás y toreando largo y por abajo. Y luego, el apunte del kikirikí, el abaniqueo al paso, el cambio de mano y un molinete ayudado que dejó el toro listo para la muerte.

Como a Vega le dieron a Morante una oreja de ley, mientras que Manzanares se fue de vacío. Su lote no ayudó y esta vez no pudo ser por más que lo intentara con su reconocida voluntad. La tuya, Jiménez Fortes, es una voluntad de hierro que no claudicará ante nada ni ante nadie. Y aunque ahora te duelan las entrañas, pronto volverás a sentir el tacto de la muleta, la mirada del toro, el calor de las palmas, la pasión loca del toreo. Mientras, con los besos de tu gente se curarán más pronto las heridas. Recuerda, Saúl, que sólo a un torero le puede pasar lo que a ti te ha pasado. Y que ser lo que tú eres, torero, es lo más hermoso que hay en el mundo. Y que todo pasa y todo llega.

Un abrazo desde este tendido en el que hace un lustro vi a un malagueño con madera de torero grande.