Clímax y entrada en pérdida

Finito, con el primero de su lote
Finito, con el primero de su lote

Comenzó como un tiro la corrida de El Pilar presagiando rendir honores a tardes legendarias de otros años. El salmantino hierro de los Fraile ha sido el de mayor regularidad y brillantez del último lustro en Sevilla. Y ahí están para dar testimonio de ello las embestidas de los «Niñito» o «Guajiro». Toros de altura alpestre, atanasios hombretones que se encelaban con la muleta queriéndosela comer con boyantía sin límite. El primero fue un buen toro de El Pilar pese a que en los primeros tercios huyera con instinto hervíboro de los capotes. Comportamiento nada inhabitual en este encaste. Fue de menos a más hasta espumar como gran toro en el tercio definitivo. Colorao, ojo de perdiz, 550 kilos, «Portilloso» inclinaba la cerviz desde las alturas rompiendo la ley de la gravedad y entrando en las telas con templada codicia. Sobre todo por el izquierdo. Por el izquierdo aquello era una exhibición acrobática. Y por ese pitón llegó la tanda más rotunda de toda la tarde. El clímax de algo más de dos horas de corrida. Se arrancó «Portilloso» en su camino elíptico hacia los vuelos de la muleta y Finito le enjaretó tres, cuatro naturales vibrantes, toreados con el cuerpo entero. Fue de esos momentos en los que el toreo cruje y sale sangre. ¿Qué es lo que levanta el «óle» largo y abisal en un tendido? Un resorte irracional que emana del arte, el punto G –con perdón– que estalla con la combinación sincrónica de los tiempos, las formas y un punto inexplicable. Fue el clímax y a partir de ahí la corrida comenzó a perder vuelo hasta caer en pérdida. Fino estuvo mucho mejor de lo que acostumbraba en otras épocas en las que se limitaba a abrir cartel y cobrar la soldada. Pero estando mejor le faltó ese paso al frente, ese compromiso para redondear una faena que dicho queda voló alto en muchos momentos. Perfumados los cambios de mano de remate, embraguetada la media con el capote, pisar y estar en torero en definitiva. Con los descabellos se esfumó la oreja y a partir de ahí comenzó otra historia. La tensión se mantuvo en el segundo y en el tercero, que tuvieron posibilidades –menos– pero las tuvieron. Ambos descollaron por el pitón zocato que ni exprimió Manzanares ni exprimió Daniel Luque. Acabó la llamarada inicial de la corrida –subido el mercurio, casi lleno, mantillas en el Palco de los Maestrantes, desembarco matritense en los tendidos, trajes de gitana, alguna lipotimia, un fandango rebujitoso en una grada de sol– con una brisa aburrida y un cambio en el orden de lidia por indisposición de Manzanares, que despenó, como pudo, al último. El ambiente de Farolillos ya está instalado en Sevilla. No sólo en la Maestranza. Desde los barrios la gente se lanza en racimos al Real. Hay más coches de caballos que bicicletas. Huyan, es un gustazo comer sin apreturas en el centro. LOS TOROS - Pág. 47