De todo y para todos

Padilla y Manzanares salieron a hombros con un manejable encierro de Núñez del Cuvillo

Manzanares y Padilla, en su salida por la Puerta Grande
Manzanares y Padilla, en su salida por la Puerta Grande

Castellón. Tercera de feria.Toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados, nobles y manejables. El sexto fue el mejor.

Juan José Padilla (de botella y oro), entera, oreja; entera, oreja. Morante de la Puebla (de frambuesa y oro), pinchazo y estocada, ovación; entera caída, ovación. José María Manzanares (de negro y azabache), casi entera, silencio; gran estocada, dos orejas. Curro Javier saludó tras banderillear al tercero. Casi lleno.

Se reanudó el abono de La Magdalena con una corrida -la primera de las tres programadas- en la que hubo de todo: triunfo, triunfalismo, decepción, fases de buen toreo, muletazos extraordinarios y hasta espejismos. Por haber hubo quien se entusiasmó con bisutería barata, público que dio por muy bien empleados los 50 o 60 euros de la entrada y aficionados conspicuos que renegaban de tanta oreja concedida. Pero, lo más importante, al final, la gente que casi abarrotó el coso castellonense se fue contenta.

Se lidió un encierro de Núñez del Cuvillo, de correcta presentación y, en general, buen juego, bajando el inválido tercero y destacando el mucho más brioso sexto. Lote descompensado que correspondió a Manzanares, que, vestido de luto, reaparecía tras el parón que se impuso a la muerte de su padre, allá a finales de octubre. Poco pudo hacer, pese a sus ganas -hasta brindó al público la lidia de su primer oponente- con ese tercero de la tarde, que rodó por la arena al salir del único y levísimo puyazo que se le administró. Le cuidó su matador pero fue en vano, a la más mínima exigencia se iba a al suelo, por lo que el torero alicantino, muy a su pesar, no tuvo otro remedio que desistir. Muy distinto fue el que cerró plaza, mas cuajado, con más volumen y, desde luego, mucho mas empuje, con el que se lució al quitar y en una faena muy templada y ligada en sus primeros compases, en los que firmó los mejores muletazos de la función, pero en la que, después, abusó de los tiempos muertos, no ya entre serie y serie, sino entre pase y pase, lo que redundó negativamente en la unidad de un quehacer que perdió brillo en su tramo final. No obstante, mató de una estocada formidable, que tiró sin puntilla al animal y a sus manos fueron dos orejas que le abrieron la primera puerta grande de su campaña.

Le acompañó en su salida a hombros Juan José Padilla, a quien correspondieron dos toros nobles y pastueños con los que estuvo muy animoso y decidido. Recibió con largas cambiadas de rodillas a sus dos toros, brillando al banderillear y dejando dos faenas de muy parecido corte, inicio a lo tremendo, algo más de reposo -no mucho- en una segunda parte y luego, enseguida, el lío, muy de cara al tendido y dando más importancia a la cantidad que a la calidad. Pese a que no mató a la perfección -sus dos estocadas fueron traseras y tendidas-, esas deficiencias no influyeron en la concesión de los trofeos recibidos.

Morante fue el único que se fue de vacío. Intentó estirarse al veroniquear a su primero, distraído y sin fijeza, pero la cosa, pese a las ganas de buena parte de los espectadores, encandilados de antemano y que le aplaudieron a rabiar, no pasó de la buena voluntad. Tampoco cuajó al astado con la muleta, yendo su labor, en la que buscó más la estética que otra cosa, muy a menos con un antagonista que llegó ya sometido y con poco fuelle a ese tercio de muerte. Apretó de salida el quinto y aunque pareció desinflarse en el caballo se fue arriba en banderillas, embistiendo después un tanto rebrincado pero con gas y pujanza sin que el de La Puebla lograse acoplarse ni sentirse a gusto en una faena en la que recorrió todo el ruedo sin conseguir fijar ni parar al toro, muy desordenada y sin apenas contenido.