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El toreo sin espada tras la sombra del coloso

Importante tarde de Perera, Fandiño y Padilla con difícil corrida de Jandilla

Manoletina de Iván Fandiño, ayer en Bilbao
Manoletina de Iván Fandiño, ayer en Bilbao

Bilbao. Octava de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Jandilla, desiguales de presentación. El 1º, mansito y noblón; el 2º, tan justo de poder que deslucido; el 3º, complicado; el 4º, malo y peligroso; el 5º, complicado y de mal estilo; y el 6º, de buen juego. Tres cuartos de entrada.

Juan José Padilla, de verde botella y oro, aviso, estocada caída (leves palmas); estocada, dos avisos (saludos). Miguel Ángel Perera, de habano y oro, estocada (saludos); aviso, estocada baja (vuelta al ruedo). Iván Fandiño, de nazareno y oro, dos pinchazos, estocada, aviso, descabello (silencio); dos pinchazos, estocada, aviso (saludos).

Igual por la tarde era uno más. ¿Quién sabe? Un espectador más de Vista Alegre. Pero por la mañana José Garrido había sido un coloso inalcanzable capaz de hacer historia. La suya, la mítica. Ni en sueños. Seis orejas se entretuvo en cortar en ese «solo» matinal que no tuvo buena convocatoria de público, pobres los que se lo perdieron, cazar una jornada así entra dentro del privilegio. Pasarán los años, a saber dónde estaremos, pero la brutal capacidad de Garrido seguirá teniendo eco en algún lugar de la historia. Buena novillada de El Parralejo, encastados unos, exigentes algunos, con muy fondo y más facilones los dos últimos para dar rienda suelta a la torería y clase de un torero versátil e imaginativo, que nos dejó soñar e ilusionarnos con su toreo de principio a fin. Variedad con el capote, en los quites, en la réplica, en la manera de llevar el toro al caballo, en los comienzos de faena, de rodillas, por estatuarios, o en esa magistral faena al quinto sin ayuda. Así todo. Podríamos vivir en los matices de esta mañana mucho tiempo. Pero la tarde, también nos arrancó el toreo y contra todo pronóstico, porque la corrida de Jandilla puso las cosas difíciles. Lo impuso Perera ante el quinto, que en diciembre cumpliría los seis años, y volvió a dejar sobre la arena negra una faena inmaculada de valor, poder y sometimiento bajo la ley del silencio. Sin necesidad de venderlo. El fondo de esa labor era extraordinario, porque el jandilla se rebrincaba, hacía hilo, protestaba, tenía mal estilo y Perera planteó faena fiel a sí mismo, exacto patrón, idéntica pureza. Y así, consintiendo y tragando logró engañar al toro en una tanda y que la tomara por abajo con entrega. Como es su ley le sometió por aquí y por allá, mandón el torero. Dominador y pulcro en la distancia corta. La estocada, puñetera, se le fue muy abajo. La petición fue unánime y el presidente no cedió. Si atiendes a que la primera oreja es del público el premio tenía que haber sido suyo; pero en verdad la estocada fue un manchón. Solvencia contrastada tuvo con un segundo, de buen aire pero tan justo de poder que duró un suspiro.

Fandiño se llevó el único toro con movilidad y repetición del encierro. El último. Fue un balón de oxígeno. Sobre todo cuando el de Orduña lo embarcó al natural muy adelante y tiró de él. Una eternidad cabía ahí. Supo que era el pitón, o el toreo más puro, y por ese lado tuvo consistencia la faena. Fueron varias tandas buenas en conexión con el público bilbaíno hasta que la espada se cruzó en el camino y no fue. Y ni el toreo de uno ni el de otro tuvo recompensa. El tercero fue un toro con muchas incógnitas que desvelar desde que salió, andando, midiendo, apretó mucho para dentro y engañó en una tanda que se explayó después. Pero fue eso nada más. Luego sacó lo que tenía, quedarse por debajo y buscar. Le plantó cara Fandiño de verdad.

Con Padilla sufrimos. Un horror con el cuarto, que sabía latín y griego, más por el derecho y el gaditano se empeñó en ponerse por ahí y una vez medio esquivó; la otra le cogió de lleno. Espantosos momentos. Le echó coraje, le mató a la primera pero abusó en la agonía del toro con la espada dentro. Y eso no sólo no gusta sino que se castiga y la faena que se había vivido con emoción quedó en una ovación. Antes había sido un paseo con el mansito pero noblón primero. Lo duro estaba por llegar.