La honestidad de Jiménez Fortes

La vuelta a Málaga del diestro, dos veces casi al borde de la muerte el pasado año, se esperaba con ansiedad en los tendidos. A pesar de la entrega no pudo rematar lo que se intuía como un triunfo de ley

La vuelta a Málaga del diestro, dos veces casi al borde de la muerte el pasado año, se esperaba con ansiedad en los tendidos. A pesar de la entrega no pudo rematar lo que se intuía como un triunfo de ley

- Málaga. Corrida de Primavera. Tres toros de Luis Algarra, primero, segundo y sexto; y tres de Jandilla. De escaso juego, en general, destacó el tercero por su nobleza. Unas 7.000 personas en los tendidos.

- Miguel Ángel Perera, de lila y oro, estocada (silencio) y media muy caída (silencio).

- Cayetano, de grosella y oro, estocada (palmas) y estocada (ovación).

- Jiménez Fortes, de verde y oro, media tendida y tres descabellos (ovación tras aviso) y estocada (ovación).

Cuando Saúl Jiménez Fortes, dos veces al borde de la muerte hace menos de un año, cruzó el ruedo para recibir de rodillas al tercer toro de la tarde, un relámpago de angustia recorrió los tendidos. Resuelto el trance de la larga cambiada con una buena dosis de incertidumbre pues el toro se le frenó a medio metro del embroque, Fortes comprobó rápido que el enemigo era mansito pero de dulce. El malagueño se explayó con el capote en dos buenos quites, uno por chicuelinas mezcladas con saltilleras; y otro de gaoneras, ambos muy aplaudidos y que fueron el preludio a una notable faena de muleta. Sin sobresaltos, el joven toreó con temple cuando se lo permitió el viento racheado, que incomodó mucho más que el noble toro de Jandilla. En redondo y cargando la suerte, Saúl se gustó y convenció a sus paisanos, que vieron la versión más clásica de un torero forjado a sangre (demasiada sangre) y fuego. Sus redondos tuvieron enjundia, y los pases de pecho, de pitón a rabo, largura y lentitud. Y con la izquierda, con el viento arreciando, también hubo buen trazo por momentos. Sólo el mal uso de la espada, problema que debe corregir con urgencia, le privó de un triunfo de ley.

A Miguel Ángel Perera, en cambio, fue un lote de complejos enemigos lo que le cerró las puertas del éxito. Sin recorrido y muy soso el primero; y más temperamental pero incierto el cuarto, no se prestaron a muchas alegrías. No obstante Perera se arrimó mucho, y en especial su pugna con ese cuarto ejemplar de Jandilla tuvo más mérito que brillo, más verdad que oropel. Con una quietud apabullante y un temple sólo propio en toreros de auténtico valor, le bajó los humos con un poderío imponente que incluso minimizó las dificultades de su oponente, que no fueron pocas. Sólo al entrar a matar le tembló el pulso, hecho que condicionó el resultado final.

El tercero en discordia, Cayetano, se mostró como un diestro limitadísimo técnicamente, y evidenció sus carencias frente a sendos toros grandullones y de mal estilo. Su voluntad fue innegable, y también su heterodoxa habilidad como estoqueador, pero fue incapaz de corregir uno solo de los problemas planteados por sus bureles. Su primero tuvo poca clase, y el otro, peligro sordo, de manera que no cabía esperar ninguna faena brillante. Sí se echó en falta, en cambio, un atisbo de madurez que parece, pese al paso de los años, no llegar nunca. La gente, santa, hasta le aplaudió.

Ya con la noche cerrada y con el festejo sin romper a bueno, saltó un sexto toro de Algarra también grande, basto y de escasa armonía. La presidenta, que rechazó una corrida de Núñez del Cuvillo con varios toros impecables, prefirió en cambio este sexteto de dos divisas que supuso una auténtica escalera por su desigualdad morfológica. Su lamentable y, como de costumbre, caprichosa decisión, volvió a marcar un festejo que, con una corrida de mejores hechuras, hubiera ofrecido diferente resultado. Fortes, jugándose ese cuerpo machacado a cornadas, se fajó con el buey con hombría y entrega, que ya fue mucho. Su regreso a Málaga, sin éxito, tuvo el siempre valioso sello de la honestidad.