Lo que va de ayer a hoy

Manuel Escribano, que cortó dos orejas, no pudo salir a hombros al sufrir una fortísima cornada

Manuel Escribano recibiendo a su oponente con una larga cambiada
Manuel Escribano recibiendo a su oponente con una larga cambiada

Con el recuerdo de la maravilla protagonizada por José Tomás y la réplica dada por Manzanares veinticuatro horas antes, los aficionados que casi llenaron el coso alicantino en la cuarta función del abono tuvieron ocasión de presenciar ahora un espectáculo distinto. Por cómo discurrió la función y, principalmente, por el ganado lidiado, claro. Toros de Adolfo Martín largos, escurridos, con su cuajo y serios, muy serios. Y exigentes, con mucho que torear y que no perdonaron fallos ni dudas. Toros que pedían manos expertas, disposición y faenas cortas, como pudo comprobar Manuel Escribano, que se alargó mucho en su segundo trasteo y se recreó más de la cuenta al matar, resultando prendido por el muslo izquierdo, saliendo despedido con una muy fea cornada. Antes se había estirado al veroniquear y brilló al banderillear con exposición y riesgo como preludio a una faena en la que exhibió seguridad y firmeza, llevando siempre por bajo a su antagonista, que respondió cuando se le hicieron las cosas bien. Fue aplaudido de salida el que abrió plaza, aunque el ¡oh! de admiración enseguida se trocó en el ¡oh! de decepción cuando el animal se fue al suelo tras salir del caballo. Pero enseguida se fue arriba y con él Escribano se hizo ovacionar al dejar tres pares de no poco compromiso, aguantando luego, en el tercio de muerte, miradas muy poco tranquilizadoras. Pero se mostró muy firme y enseguida vio que había que llevarle tapado y dejarle la muleta siempre puesta, bajando mucho la mano para que su antagonista no se creciese, sacando, muy valiente, partido de un toro que no se lo puso fácil y que se fue quedando corto conforme avanzaba su lidia. También Francisco José Palazón supo en sus carnes lo que es pasarse de faena. Fue en su primer turno, en el que se enfrentó a un astado con el que se echó enseguida la muleta a la izquierda y evidenció una vez más su clase y maneras, pero que no siempre acertó a llevarle tapado en un trasteo que alargó demasiado y que provocó tanta dificultad en la suerte suprema que acabó escuchando los fatídicos tres avisos. El quinto, vaya por Dios, fue el malo. Regateó con peligro y pese a que buscaron bajarle los humos en el caballo llegó al último tercio agazapado y a la espera, sin dar la más mínima opción al alicantino. Recortó y apretó de salida el tercero, más cortito y veleto, poniendo en apuros a los banderilleros de Ureña, que tuvo el gesto de brindar su muerte al atribulado Palazón. Luego el murciano anduvo muy sereno y puesto, tragando mucho y sin inmutarse ante los parones y regates de un toro que no se entregó con facilidad, revolviéndose con presteza y siempre pendiente de un torero que supo en todo momento qué hacer, cómo y cuándo. El sexto, el de más volumen del encierro, esperó mucho en el segundo tercio y embistió a cabezazos, sin emplearse y defendiéndose, sin permitir a Ureña sino mostrar su tenacidad y hambre de triunfo.