Toros

Manolete, leyenda y centenario

Hay fechas que, por mucho que el tiempo pase, son de obligada reflexión para recordar lo que significaron. Este año se cumple setenta años de la fatídica tarde en la que «Islero», de Miura, le arrancó la vida a Manolete y cien años de su nacimento. Por ello Las Ventas le rememorará este San Isidro 2017

Escribir sobre Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete (Córdoba, 4 de julio de 1917-Linares, 29 de agosto de 1947), es una metáfora borgeana al destino, donde la escritura hace suyo aquel enunciado de Julio Cortázar: «Las palabras no alcanzan, cuando lo que se quiere decir desborda el alma». Para caligrafiar ese sentimiento, hay que pedir a los dioses que te mimen siquiera en algunas de las sílabas de los fragmentos y puntos y aparte; y más aún cuando el llanto y las lágrimas se reúnen en el recuerdo de aquella cogida que Islero, un toro negro entrepelado de Miura, infligió al diestro, en la plaza de toros de Linares, aquella tarde del 28 de agosto de 1947. Manolete ya había escalado todos los peldaños que conducían a la primacía del escalafón. Genial en el ruedo y fuera del mismo, su inteligencia proverbial, su lirismo y su metapoética le habían hecho asimilar y sintetizar, con la rima homérica de la inspiración y el valor, los estilos sublimes de Joselito y Belmonte. Los tres, con originalidad, y métrica proustiana, habían escrito, párrafo a párrafo, los fundamentos del toreo moderno. Ese que Ordóñez, Camino, Antoñete, Yiyo y José Tomás inmortalizarían y esculpirían en capítulos, en los que tal vez el hombre se asemeja a un dios; al menos, en los instantes en los que la perfección es una antología mirífica en el áureo tratado de la tauromaquia.

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Cuando el toreo se hace luminoso don, no es necesario que las preguntas tengan respuesta, ya que la mitología es la que contesta para decir, con exactitud, que la grata música del zéjel se parece a un natural ligado con el de pecho en el espacio inverosímil que exigen la quietud y el temple. Para recordarnos que solo la elegía lorquiana o los poemas de Gerardo Diego o Agustín de Foxá al universal matador pueden convertir la memoria en eterno adiós. Aunque, quizá, para ser más consecuentes con el silogismo de la verdad, aquella que siempre hay que buscar en el periodismo, como decía Ben Bradley, el gran director del Washington Post, hay que privilegiar como documento excepcional las fotografías de Francisco Cano Lorenza, Canito, aquel día trágico de 1947. Manuel Rodríguez versificó el arte de torear, puesto que fue elegido por la deidad para ello. De familia de toreros, en sus genes estaban ya reunidas excelsas cualidades para llegar a ser quien fue. Aquella manera de interpretar la autenticidad, el dominio, la armonía y la ligazón era humana, mas también divina en esos minutos en los que el buen aficionado no sabe muy bien si el toreo manoletista era poema o pintura, mientras el hombre y la fiera se hermanaban en perfecta comunión. «El toreo está tan lleno de Manolete como los cielos y la tierra de la voluntad de Dios», caligrafió Clarito en un fragmento que vuelve puntual.

Decían lenguas viperinas que Manolete no sabía torear. Los argumentos necios no tienen recorrido, porque se pierden, río abajo, en el desagüe de su pérfida condición. Manuel Rodríguez era un grandioso torero, que, en cada actuación, bebía los vientos por la página predilecta de una tauromaquia, que, con razón y fundamento, heredaría José Tomás, con la verdad por delante. De aquel concepto, más que de ningún otro, surgían los pases al natural: eternos, como la sublimidad de la Gioconda, como el misterio del Greco, como un soneto de Quevedo, como el pincel de Velázquez, como un beso de Ava Gardner, como la sonrisa de Marilyn Monroe. La música callada de Bergamín encontraba, así, un antecedente en el IV califa. Cuando toreando con ambas manos se llega a la infinitud, como si fuera una rima albertiana que nos hace decir, de nuevo, con Borges: «Tú quisiste morir eternamente», la hermosa dilección de la prosodia se transforma en interjección y en fonología y fonética de un ¡olé!, que diseña una manoletina, la cual bruñe la gramaticalidad de la crónica. En la luna de los recuerdos, que se hacen endecasílabos, la corrida de la Asociación de la Prensa, el 6 de julio de 1944, y aquella histórica faena a un sobrero de la ganadería de Pinto Barreiro: Ratón. Verónicas, para la eternidad. Una media, que fue una oda. Un quite, que fue una égloga. Naturales, ligados con el de pecho, entre Goya y Picasso. Pases en redondo, entre Guerrita y Chicuelo. Manoletinas y pases cambiados con aura cervantina. Una estocada en todo lo alto para los anales. Un toreo espiritual, hondo, senequista, puro, místico, que tenía algo de Mozart.

No puede faltar en la emoción del instante, que se hace elegía, cuando el reloj de la época, colgado de la pared, fotografía su tic tac, el nombre de Lupe Sino, Antonia Bronchalo Lopesino (¡ahí está el juego de palabras!); musa, más allá de la literatura, con su melena ondulada, ojos verdes, mirada de cine, como la de Lauren Bacall, y enamorada del torero, al que conoció en el bar madrileño de Chicote. Los presentó Pastora Imperio. Desde luego, ni Adrien Brody es Manolete, ni Penélope Cruz, Lupe. En hojas sueltas de hermosos poemarios, perviven aquellos versos, que se traslucen en la analepsis del mito: «Yo saludo al torero más valiente del ruedo. / Saludo al abanico difícil de tu izquierda, / que hace al toro satélite, / luna de tu oro antiguo, / con órbita de estrellas». El cartel del 28 de agosto, enmarcado entre el duelo y la leyenda, lo componían Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez, Manolete, y Luis Miguel Dominguín. Los toros fueron de la ganadería legendaria de don Eduardo Miura. Lleno en los tendidos. Y diez mil personas, que nunca pensaron que, al ejecutar la suerte suprema, marcando los tiempos con la emotividad y valentía de un héroe griego, el «Monstruo» sufriría una terrible cogida en el triángulo de Scarpa, que desgarraría venas y arterias, lo que produjo un reguero de sangre en el albero linarense. Voces, gritos y desesperación, mientras llevaban al diestro a la enfermería. Ahora sí, ahora sí, hay que recitar, otra vez, con lágrimas de esta escena eterna, los alejandrinos de Agustín de Foxá, los tercetos encadenados de Gerardo Diego y los memorables poemas de García Nieto, José María Pemán, Muñoz Rojas y Federico Muelas. Y el romance de Adriano del Valle, («Allí naciste torero / porque lo quiso tu sino / con tu tristeza de sauce / y tu empaque de obelisco»), que hemos hallado como se halla un manuscrito al cabo de las generaciones. El soneto de Alfredo Marqueríe, con endecasílabos, llenos de soledad y tiempo: «Miércoles de ceniza es tu faena / ya lo anuncia el mechón sobre la frente», ya estaba y era. Y el mítico cante de Manolo Caracol paró los relojes: «Tiene los ojos “cerraos” / el mejor de los toreros / también se llama Manuel / lo mismo que el Espartero».

Cuando el centenario de su nacimiento y el 70 aniversario de su muerte se acercan, nuevamente el verso se hace pausa en su historia universal: «Y te vas recto, recto / ¿cómo el río a la mar? / A la mar de la muerte / tus alamares van». Heptasílabos, sentimientos, que se tornaban en sollozos, ya inmortales en la tierra. En homenaje a la rememoración de un torero, que fue, entre los claros nombres, el más grande en su diálogo con la vida y la muerte. Lo posible y lo imposible, cuando hasta el alba se estremece. «Don Luis, no veo. Don Luis, no veo». José Flores, Camará, su apoderado, le cerró los ojos. El antiguo reloj, a péndulo, en el mueble de roble oscuro, marcaba las cinco y siete minutos del 29 de agosto de 1947.

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CON NOMBRE PROPIO

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El centenario del nacimiento de Manolete y el setenta aniversario de su muerte deben constituir un motivo de reflexión sobre una figura de época, que renovó y revolucionó el toreo con un estilo basado en la quietud, en la verticalidad, en el juego de muñeca, con la muleta retrasada, en el temple, en el mando y en la ligazón. En su concepto están caligrafiados con prosa cervantina los argumentos del toreo moderno. El sentimiento y la inspiración se proyectan, así, como una verdad que nace en el ruedo y se refleja en la propia literatura de los hechos. Poetas como Agustín de Foxá y Gerardo Diego versificaron con sintaxis manriqueña su búsqueda de la perfección. Manuel Rodríguez es, como escribe Joaquín Pérez Azaústre, un personaje propio de Scott Fitzgerald. Mas también, de Orson Welles y Francisco Umbral. La figura de Lupe Sino no fue tampoco ajena al cine y a la leyenda. Injustamente preterida, y difamada por diversos sectores, fue el verdadero amor del torero. La fotografía de Manuel y Lupe es un alba diferente y un hermoso amanecer. Un poema que regresa allí donde estén. Las primeras sílabas del día convocan a los aedos.