Orejas y entrega bajo el granizo

Pase de pecho de Silveti al tercero en plena granizada
Pase de pecho de Silveti al tercero en plena granizada

Las Ventas (Madrid). Undécima de la Feria de San Isidro. Toros de Fermín Bohórquez y uno de Carmen Segovia (4º), bien presentados. 1º y 6º, deslucidos; manejables, 2º y 3º; bueno y bravo, el 4º; noble y con recorrido, el 5º. Casi lleno.

Juan Bautista, de turquesa y oro, pinchazo, estocada caída (silencio); estocada caída (oreja).

Juan del Álamo, de blanco y plata, buena estocada, aviso, cuatro descabellos (ovación); buena estocada (oreja).

Diego Silveti, de verde manzana y oro, pinchazo, estocada casi entera (oreja); estocada, tres descabellos (silencio).

De la resaca de la encerrona de Talavante a la muerte de Pepe Luis Vázquez. Así, nos plantamos en la undécima de feria. Las Ventas, constante punto de encuentro, escenario de idas y venidas, parada obligada de turistas y epicentro mundial del toreo era ayer más Torre de Babel que nunca. Así lo cantaba el cartel. Un francés, un español y un mexicano. Terna internacional con reses de Fermín Bohórquez, encaste Murube, y un remiendo (4º) de Carmen Segovia, que resultaron en conjunto colaboradores y propicios para el espectáculo.

Primero de los dos cartuchos en Madrid de Juan Bautista que, una vez más, sale vigorizado de su paso por Madrid, donde dos puertas grandes ya le catapultaron sucesivamente a la órbita taurina. Ayer sólo paseó un trofeo del cuarto, toro hondo y con mucha plaza, en el que se desmonteró Curro Robles por su segundo par. La oreja fue recompensa a una faena notable en la composición, con gusto, y que tomó vuelo merced a una buena serie al natural en los medios. Fue la cúspide de la labor del galo que, sin embargo, sí supo mantener el interés con muletazos de bello trazo. Mató de una estocada tan caída como efectiva, que acercó el citado trofeo. Previamente, rompió plaza con un toro que tuvo nobleza y buen fondo, pero le faltó raza. Esa transmisión que da la casta. Bautista lo toreó aseado y sin apreturas, a media altura, dejándolo a su aire. Ni por esas rompió el burel y no tardó en irse por el acero.

Juan del Álamo, que sólo disponía de esta baza para dar el aldabonazo anhelado, recibió a su primero con buenos lances a la verónica. Se lo sacó a los medios pudiendo al animal y con gusto en cada una de ellas. Remató con empaque en la media. Tras replicar el quite por delantales de Silveti con ceñidas cordobinas, se lo sacó a los medios. El pitón bueno era el izquierdo y el charro lo supo ver pronto. Le echó los vuelos de la muleta y la tomó con buen son el animal. Hubo buenos naturales, limpios y corriendo bien la mano, pero el toro tendía a quedarse fuera del embroque, lo que obligaba a Del Álamo a dar dos, tres, pasitos que deslucían ligeramente la ligazón de las tandas. La gente se metió en faena y respondió a las ganas del joven diestro, que finalizó su labor con media docena de manoletinas. Mató de buena estocada para rubricar su quehacer, pero el de Murube no dobló y al salmantino se le enquistó el descabello. Fuerte ovación desde el callejón. Con el mismo entusiasmo se abrió de capote en el quinto, otro toro notable, al que cuajó ya desde el recibo. Verónicas con cadencia y temple para firmar el mejor toreo de capa de lo que va de feria. Peleó con bravura, sobre todo en el segundo encuentro, ante el caballo y permitió el lucimiento de Domingo Siro con los palos. En la muleta, tuvo alegría y transmisión. Del Álamo, con entrega, le logró embarcar en la franela y logró varias tandas de derechazos de entidad. Se volcó con decisión sobre el morrillo y dejó una buena estocada. Oreja.

Profeta en su tierra, Diego Silveti buscó en Madrid darle ambiente a su periplo europeo. No contaba el azteca es con la furia de los elementos. Espectacular la granizada durante la completa lidia de su toro. Lejos de amedrentarse, Silveti fue a por todas. Quitó por ajustadísimas gaoneras y, presto, se fue a los medios para brindar al público. Atornilló las zapatillas y le pegó dos pases cambiados por la espalda, que metieron de inmediato al público en caliente. Continuó su labor Silveti sobre el derecho. Buenos muletazos, con el enorme mérito de resistir sobre un piso cada vez más resbaladizo y lleno de charcos. Las postreras bernadinas, con ese sello tan personal citando muy en largo, convencieron del todo a un público ya para entonces entregado. Pese al pinchazo inicial, el tendido comprendió el titánico esfuerzo de Silveti y le pidió con fuerza una justa oreja. Poco o nada pudo hacer con el sexto, el más deslucido del encierro. Parado y agarrado al piso, Silveti lo intentó en la corta distancia, pero era imposible.

El botín ya estaba en el esportón. Entre el granizo, una oreja de mucho peso, como sus compañeros, en tarde para valientes.