Tarde especial sólo por fuera

Enrique Ponce y El Fandi abren la Puerta Grande en Castellón

Enrique Ponce y El Fandi, a hombros en Castellón

Castellón quiso, en un año tan especial para Enrique Ponce -no todos los años se cumplen veinticinco como matador de alternativa-, homenajearle con motivo también de su retorno a esta plaza y la empresa que organiza la feria le montó una corrida goyesca -la segunda que se celebra en la ciudad de la Plana: la otra fue en 1934- con una escenografía de Ripollés -delirante y surrealista: la barrera estaba decorada con paneles de vinilo que representaban cangrejos, mariposas, autorretratos del artista... y el ruedo pintado con motivos que luego Ponce hizo borrar porque molestaban para torear...- y un encierro de Matilla cuyo ganado poco tuvo que ver con que se lidiaba en los tiempos del pintor de Fuendetodos: fue desigual, terciadito, flojo, bajo de raza y tendente a rajarse. Fue un festejo especial en su envoltorio pero previsible en su contenido y desarrollo.

Ponce, majestuoso en su casaca de Caprile, se las vio con un primer oponente claudicante y modorro, abanto y queriendo rajarse ya de salida y al que no se lo consintió, convenciéndole poco a poco, dándole confianza, animándole hasta que logró meterle en el engaño para, a partir de ahí, torear a placer, con suavidad, sin violencia, con cadencia y ritmo y recreándose en cada lance, haciendo bueno a un toro que no lo fue y dando otra lección de técnica y dominio antes de tumbarle de una gran estocada. El cuarto, manso y renuente, fue prácticamente imposible y pese a volver a intentarlo bastante hizo con mantenerlo en pie antes de entrar a matar.

Y, como era de esperar, El Fandi siguió fiel a su estilo y planteamientos. Largas de rodillas, vistosos quites, exhibición atlética en el segundo tercio, inicios de faena de rodillas y mucha fiesta al tendido, mucho efectismo, mucho populismo y toro y torero a su aire. Primando una vez más la cantidad sobre la calidad. Mató con prontitud y el público, rendido totalmente al diestro granadino, le procuró una oreja de cada uno de los toros de su lote, por lo que acompañó a Ponce en su triunfo.

Tampoco Sebastián Castella se apartó del guión que interpreta desde hace tiempo. Compuso una primera faena vibrante en sus inicios, sentado en el estribo, y arriesgando mucho. Llevó luego a los medios a un astado que fue a más y terminó acometedor en la muleta, sacando una faena muy firme y asentada, de arrojo y agallas que terminó metido entre los pitones, si bien no acabó de acompañarle el animal. Hasta cuatro pases cambiados por la espalda, escalofriantes, instrumentó para recibir al sexto. Fue lo más emotivo de su labor ante un ejemplar andarín y desconfiado con el que pronto acortó distancias y agobiando en demasía.

En la plaza de toros de Castellón, cuarta de feria. Se lidiaron toros de Hermanos García Jiménez y Olga Jiménez (4º y 5º), desiguales de presentación y justos de raza y fuerza. Enrique Ponce, dos orejas y silencio; El Fandi, oreja y oreja con aviso; y Sebastián Castella, ovación y ovación tras aviso. Casi lleno.