Gánsteres para un nuevo mundo

Protagonizada por James Norton, candidato a meterse en la piel de 007, «McMafia» demuestra hasta qué punto se ha diluido la línea que separa al criminal del hombre de negocios.

Los principales protagonistas de «McMafia», serie producida por BBC
Los principales protagonistas de «McMafia», serie producida por BBC

Protagonizada por James Norton, candidato a meterse en la piel de 007, «McMafia» demuestra hasta qué punto se ha diluido la línea que separa al criminal del hombre de negocios.

En una de las primeras escenas de «McMafia», alguien afirma que las guerras modernas entre malhechores «no se libran en las calles sino en las salas de juntas», y esa afirmación sirve para ubicar el universo en el que transcurre este nuevo drama producido por la BBC británica y disponible desde el pasado martes en Amazon Prime: uno en el que el crimen organizado mundial ha dejado de estar encarnado por gánsteres de pelo engominado y reyertas territoriales para convertirse en un asunto corporativo.

Reflejo de la realidad

En él, la estrella emergente James Norton da vida a Alex Godman, el hijo de un antiguo jefe de la mafia rusa cuya familia vive ahora en Londres. Alex es administrador de un fondo de inversiones junto con su novia Rebecca (Juliet Rylance) –quizá el único personaje de toda la serie que no resulta sombrío–, y por principios nunca invierte en negocios rusos por miedo a que circulen rumores sobre las conexiones criminales de su apellido. Quiere operar dentro de los límites de la ley. Sin embargo, las peligrosas amistades de su tío Boris (David Dencik) lo empujarán al submundo de la delincuencia a gran escala con el fin de proteger a los suyos.

Mientras viaja por todo el planeta siguiendo el rastro del dinero, McMafia retrata un mundo de corrupción omnipresente –compuesto por blanqueadores de dinero en Dubai, cibercriminales en Mumbai, traficantes en Zagreb, señores de la droga en Medellín, explotadores sexuales en El Cairo y contrabandistas beduinos en el desierto de Negev–, en el que la clandestinidad tal y como la conocíamos simplemente ha dejado de existir. Ese mundo, lo sabemos perfectamente, es exactamente el nuestro. Atrás han quedado los días de los nudillos ensangrentados y los rostros surcados por enormes cicatrices. De forma inevitable las líneas que separaban a los chorizos de los respetables hombres de negocios han desaparecido, y así lo demuestran escándalos como el de los papeles de Panamá o el de los del Paraíso, o como las oscuras conexiones entre el gobierno de Putin y la administración Trump. Uno no tiene más que sentarse a ver las noticias para verse obligado a preguntarse a dónde va el dinero que gastamos o ahorramos.

En buena medida, «McMafia» se basa en el libro homónimo de no ficción publicado en 1998 por Misha Glenny, periodista especializado en el crimen organizado global que trabajó como corresponsal para Europa Central y del Este para «The Guardian» y la BBC –y que es uno de los productores de la serie–. Glenny entrevistó a gánsteres, víctimas y agentes de la ley mientras investigaba asuntos sucios en los cinco continentes. El guionista Hossein Amini, que creó y coescribió la serie mano a mano con el director James Watkins, se inspiró tanto en el trabajo de Glenny como en su propia experiencia vital como parte de una familia iraní en Inglaterra, exiliados de su tierra natal tras la revolución de 1979.

Más allá de sus conexiones con el estado financiero del mundo, en todo caso, el tema principal de «McMafia» es uno que incontables ficciones a lo largo de los años han convertido en arquetipo: la imposibilidad de escapar del pasado. Cuando conocemos a Alex, se halla en la situación de tener que tomar algunas decisiones esenciales al respecto de su futuro pero, para cuando un par de matones uzbekos le cortan el cuello a Boris con un cuchillo para el caviar, parece claro que su pasado y su destino ya se han tomado la libertad de decidir por él. Mientras lo contemplamos cobrar conciencia de sus circunstancias, casi es posible escuchar de fondo el vals que Nino Rota compuso para los Corleone.

Sea como sea, «McMafia» funciona como efectivo curso introductorio para todo aquel cuyo conocimiento de los bajos fondos empiece con «El padrino» y acabe con «Los Soprano». Después de todo, el acceso privilegiado de Glenny a figuras criminales reales le otorga un marchamo de verosimilitud del que otras ficciones similares carecen. Y ese realismo no siempre juega a su favor.

Dado el énfasis que Amini y Watkins ponen en dejar claro que actualmente el trabajo de los malos se efectúa sobre todo a los teclados de un ordenador, el mundo retratado por la serie –al menos en sus primeros compases; quizá episodios posteriores sigan otro camino– está dominado por un pragmatismo y una falta de glamur no especialmente fotogénicos.

Renqueante

Asimismo, la atención prestada a los pormenores de las finanzas internacionales y los negocios de importación/exportación hace que su capítulo inicial avance dramáticamente renqueante, y que para aquellos de nosotros no especialmente familiarizados con el léxico y los mecanismos de las finanzas no siempre quede del todo claro qué es lo que los personajes se están contando. Y en realidad no es hasta que el tipo de brutalidad que uno asocia al hampa hace acto de presencia –tarda lo suyo– que ese primer episodio toca tierra firme. Posteriormente, en el segundo episodio vemos a gente cayendo de lo alto de edificios y un momento particularmente desagradable que incluye uñas arrancadas, pero está por ver qué relación exacta decide McMafia tener con la violencia.

El otro gran interrogante, por supuesto, reposa sobre los hombros de su protagonista. Después de pasar dos horas junto a él, no es posible saber a ciencia cierta si Alex es un pobre tipo que lidia como puede con las circunstancias o un criminal nato de corazón frío como el acero. En cambio, hay una cosa que sí está clara: si James Norton se está cansando de que la gente lo considere uno de los más probables candidatos a suceder a Daniel Craig en la piel de James Bond, más le vale tener paciencia; «McMafia» no va a hacer más que intensificar los rumores. El actor tiene el rostro adecuado y el carisma necesario, y resulta suficientemente convincente mientras se sacude esbirros de encima. Y el esmoquin le sienta como un guante.