«Dark»: ¿Cuántas cosas raras caben en un agujero de gusano?

La serie alemana es, probablemente, la ficción más extraña y estimulante de todo el catálogo de Netflix.

  • Louis Hofmann interpreta a Jonas Kahnwald, uno de los protagonistas de los entresijos de «Dark»
    Louis Hofmann interpreta a Jonas Kahnwald, uno de los protagonistas de los entresijos de «Dark»

Tiempo de lectura 4 min.

19 de agosto de 2019. 02:57h

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Nando Salvà.  19/8/2019

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Cuando la primera temporada de «Dark» se estrenó en Netflix en 2017, la serie fue descrita casi unánimemente como una versión alemana de «Stranger things». Y, por un lado, esa comparación tiene sentido, puesto que ambas ficciones implican misterios sobrenaturales que afloran en torno a la desaparición de un niño, y ambas transcurren entre un grupo de familias interconectadas en una pequeña localidad. Por otro, sin embargo, el símil no sirve por una razón muy sencilla: «Stranger things» es una medianía, y «Dark» va camino de convertirse en una obra monumental de ciencia-ficción.

Su segunda temporada está en perfecta sintonía con la primera, y eso esencialmente significa que es demencialmente compleja. Y no solo a causa de sus continuos saltos temporales desde 1921 hasta 2052, pasando por 1953, 1986 y 2019, sin seguir necesariamente ese orden y a través de una caverna que en realidad es un agujero de gusano. Asimismo, posee el que quizá sea el mayor reparto de cualquier serie de la historia de la televisión, gracias al hecho de que sus protagonistas aparecen en cada una de las fechas mencionadas interpretados por diferentes actores a diferentes edades; algunos personajes se hacen mayores de manera lineal, otros envejecen incluso antes de nacer, otros engendran al futuro novio de su propia hermana. El lenguaje no logra hacer justicia a «Dark»: en uno de sus episodios, una madre descubre ser la hija de su propia hija –tal vez haya una palabra en alemán para ese tipo de parentesco–. Haría falta que Netflix publicara un diagrama en el que se explicara no solo quién es quién sino también cuándo y dónde, y en relación a quién.

El libre albedrío

Por si todo eso fuera poco, «Dark» incluye frases de diálogo como «¿No se dio cuenta, profesor, de que la falacia del tiempo y la falacia del libre albedrío están entrelazadas?» –pronunciadas, ojo, por una niña de 9 años–, y códigos latinos secretos, y relojeros de ojos raros cuyos libros oscuros sobre la naturaleza de la temporalidad son la clave para predecir lo que sucederá, y cadáveres infantiles con los tímpanos destrozados y los ojos quemados, y adulterios, y sociedades secretas que libran guerras paralelas a través de diferentes épocas de la historia humana simultáneamente, y preguntas sobre el destino y el libre albedrío, y a un sacerdote malvado que parece estar orquestándolo todo por razones fanáticas. Quizá no haría falta aclarar que «Dark» no es el tipo de serie que uno consume de forma casual mientras se acerca una y otra vez a la nevera o chequea constantemente el móvil; quien pruebe a verla de esa manera, tal vez acabe tan confundido que tenga que llamar a urgencias. Quizá incluso muera.

Por si aún no ha quedado claro: «Dark» posee más complicaciones narrativas de las que cualquier serie debería ser capaz de sostener; y, aun así, en su segunda temporada se muestra capaz de desarrollar las relaciones humanas que ocupan su centro e introducir nuevos antagonistas y, en general, de expandir su mitología. En todo caso, que nadie se atreva a visionar esa tanda de episodios sin haber visto antes la anterior. Por mucho que sea una serie basada en la noción de que el tiempo ni empieza ni acaba o ni siquiera existe, hay que verla desde el principio. Y, sobre todo, hay que verla.

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