La pista de nos hará libres

Recién estrenada en HBO España, la nueva serie de Ryan Murphy se sitúa entre el musical y el melodrama para recrear la cultura «ballroom» de los años 80

La actriz Dominique Jackson da vida a Elektra Abundance / HBO
La actriz Dominique Jackson da vida a Elektra Abundance / HBO

Recién estrenada en HBO España, la nueva serie de Ryan Murphy se sitúa entre el musical y el melodrama para recrear la cultura «ballroom» de los años 80.

La nueva serie de Ryan Murphy acompaña a personas negras homosexuales y transgénero en un lugar –Nueva York— y una época –finales de los 80– en los que el sida era una sentencia de muerte y la cultura «ballroom» vivía su apogeo. Pero, aunque ambientada en el pasado, «Pose» es un modelo para el presente. Cuenta con el mayor elenco de actores transgénero jamás visto, y numerosos miembros de la comunidad LGTBQ forman parte de su reparto y de sus equipos de técnicos, guionistas y demás miembros de producción. Es una serie con una misión: celebrar una cultura que ha sido tradicionalmente arrinconada en los márgenes de la sociedad y demostrar que puede ser representada en pantalla de forma respetuosa y apropiada. Es una serie importante y, sobre todo, convencida de serlo. Y esa autoconsciencia le pesa como una losa. Tanto es así que la sitúa en una extraña posición: la de ser la menos aguda, mordaz y viperina de las producciones de Murphy pese a que está ambientada en un submundo que valoraba esas cualidades por encima de ninguna otra.

El «ballroom», recordemos, era un espacio en el que jóvenes «queer» o «trans» mayormente negros y latinos celebraban su diversidad mientras se desafiaban los unos a los otros en competiciones de baile, diseño, postureo y exuberancia. Y detrás de esas celebraciones había un sistema de casas, familias sucedáneas que proporcionaban cobijo y seguridad y sentido de pertenencia a personas que habían sido repudiadas por sus propios padres a causa de su sexualidad y su identidad genérica. Buena parte de «Pose» transcurre entre los miembros de una de esas comunidades. En concreto la historia arranca cuando una mujer «trans» llamada Blanca Rodríguez (M.J. Rodríguez) forma su propia casa, House of Evangelista, y poco a poco va acogiendo a un variopinto grupo de mujeres trans y hombres gay más jóvenes.

Luchas individuales

A través de las luchas individuales de estos personajes y las relaciones que mantienen entre ellos, y articulando una idea esencial –que la familia que uno encuentra es mucho más importante que aquella en cuyo seno nació–, Murphy rinde tributo a un grupo de personas marginadas que lograron un sitio para sí mismas, en el que reivindicar precisamente aquellas cosas por las que el resto de la sociedad las condenaba.

En el proceso, inevitablemente, habla de racismo, transfobia, homofobia, desigualdades económicas y, decíamos, la creciente crisis del sida y la indiferencia con la que la administración Reagan trató la enfermedad. Los personajes de «Pose» sienten miedo por un preservativo que se desliza durante el coito, o por los resultados de un test, o por todos los amigos que han perdido a manos del virus. Y quizá porque ellos se sienten perseguidos y vulnerables, la serie se muestra decidida a protegerlos a toda costa.

Lo que impulsa la narrativa no es el sufrimiento de los protagonistas sino su alegría y su ambición. El mundo los ha tratado con crueldad, así que la nueva serie se niega a hacerlo. Y eso no sería problema alguno de no ser porque, con ese fin, Murphy ha retratado a personas que en su inmensa mayoría son exageradamente admirables y fuertes y resueltas e inconfundiblemente nobles. Tanto se ha preocupado por elevarlas a la categoría de parangones que, paralelamente, las ha privado de ser seres creíblemente humanos.