Conoce Sejong, la capital más joven del mundo, y el sufrido proceso de la creación de ciudades

La nueva capital administrativa de Corea del Sur, corre el riesgo de ser un fracaso

¿Por qué se crean las ciudades?

Hablamos con frecuencia sobre la importancia de hacernos las preguntas adecuadas. Si nos limitamos a tropezar por el ancho mundo sin escarbar en cada pedazo de tierra que se nos presenta, si no manchamos nuestras uñas con el barro de la curiosidad, de poco serviría caminar con los ojos abiertos o cerrados. Sin curiosidad hacemos mejor quedándonos en casa. La pregunta de hoy se lanza al azar, de forma casi instintiva, viendo extenderse Madrid con sus barbas de cemento gris y de cristal: ¿cómo se forma una ciudad? Entran pequeños y grandes detalles en una respuesta cuyas primeras frases son evidentes: se busca cierto dominio geográfico (Roma, París y Estambul están levantadas sobre colinas), una cercanía con respecto a las zonas acuosas, ya sean ríos o lagos (bien lo saben Londres y Sevilla) y, a ser posible, próximas al mar. Un simple vistazo a las capitales africanas demostrará al lector que la amplia mayoría de ellas se encuentran en zonas costeras. Requiere cierto ingenio situar una ciudad, si se desea que esta aguante los bruscos bandazos de la Historia.

Pero el mundo cambia, nuestro mundo es nuevo, cada día se moderniza un poco más, y las viejas excusas para construir una ciudad comienzan a evolucionar. Desde la delimitación de fronteras fijas en la mayoría del planeta y la lenta unión de decenas de pueblos bajo una misma bandera (Alemania, Italia, Vietnam, España), han surgido nuevos problemas que cada gobierno debe resolver de la forma más acertada posible. Entra un nuevo símbolo en la ecuación: el orgullo. El orgullo siempre ha estado allí, antes lo llamaban honor, y junto con la riqueza y el racismo puede considerarse uno de los mayores desencadenantes de guerras en la Historia. El orgullo es peligroso. Levanta y barre imperios con la facilidad de un parpadeo. Y todos esos pueblos unificados bajo un único himno y una única bandera se estudian recelosos por ver quién importa más, quién será el pueblo entre pueblos que se levante para guiar a los demás. Ocurre por ejemplo en Senegal, donde una etnia y otra discuten diariamente por buscar un dialecto que puedan convertir en su lengua nacional, para desterrar definitivamente el idioma francés.

¿Por qué se creó la nueva ciudad de Sejong?

Volemos ahora con la fiereza del halcón, cruzando Europa, Asia Central y China, sorteando la cordillera del Pamir y dejando atrás el desierto del Gobi, con los ojos privilegiados fijos en nuestro objetivo a tratar: Corea del Sur. Dicen los emisarios de esa tierra que una nueva ciudad se levanta en su sector central, y que además se trata de la nueva capital administrativa del dulce país asiático. ¿Cómo, una nueva capital en los extremos de Asia? ¿Y no se nos ha informado hasta ahora? Urge recoger los informes necesarios para rellenar los archivos de nuestra curiosidad. Estantería CS (Corea del Sur), carpeta C (Capitales). Ah, aquí está. Algo de información sí teníamos. Parece ser que han llamado Sejong a su nueva capital.

Ya hemos hablado del orgullo que rige a cada pueblo de la tierra, incluidos los más pequeños. Pero no habíamos hablado de que, dentro de ese orgullo, cabe el miedo a perder las razones para ostentarlo, es decir, que una cosa u otra lleven al orgulloso pueblo de turno a caer en la desgracia o, peor todavía, en el olvido, convirtiéndolo en un simple punto difuminado en los mapas. Ocurre habitualmente cuando los pueblos vecinos brillan con especial intensidad, cegando con su luz los terrenos a su alrededor. En Corea del Sur, según nuestros archivos de la curiosidad, ciertos territorios han visto su influencia seriamente dañada por el perpetuo dominio de la ciudad de Seúl desde el siglo XIV. Su renombre en el mundo globalizado la ha tratado con mimo, hasta el punto de que casi podría decirse, utilizando algunos conceptos clásicos para simplificar la imagen, que Corea del Sur lo componen territorios subordinados al Imperio Seulés. Sí, ocurre a veces, y así lo sienten ciertos pueblos orgullosos. Parece que las capitales de sus países son en realidad pequeños territorios que mediante complejos juegos burocráticos crearon sus pequeños imperios, todos ellos conocidos internacionalmente bajo el nombre de “país”.

En Corea del Sur, el poder del Imperio seulés (permítaseme este concepto) ha hecho temblar el orgullo de los territorios vecinos, y tras muchos quebraderos de cabeza se tomó la decisión de crear una nueva ciudad que sirviese como capital administrativa del país, más al sur, en la región de Hoseo, y decidieron llamarla Sejong. Irónicamente, este nombre se debe a un rey coreano que nació y murió en Seúl. Claro que hubo quien se opuso a esta entrega deliberada de poder por parte de Seúl. Entre las opiniones contrarias a esta división de poderes pasaba, precisamente, la idea de que la capital coreana era demasiado importante a nivel internacional como para restarle un ápice de influencia. Supongo que también hubo posturas contrarias cuando se dividió en dos el Imperio Romano.

Las trabas al proyecto, bastante sano a la hora de mantener la serenidad social en el país, fueron constantes. El Gran Partido Nacional hizo de portavoz contra este cambio, consiguiendo en una primera instancia que numerosos ministerios se quedasen en Seúl, y apelando al Tribunal Constitucional cuando fue preciso, pero el cambio era inevitable. Nueve ministerios y dieciséis organizaciones estatales ya han sido trasladadas a la nueva ciudad desde su inauguración en el año 2012, y se prevé que el resto se movilicen antes del 2030. La Asamblea Nacional será el único organismo relevante que se mantenga en Seúl.

La ciudad inteligente de Sejong

¿Y cómo es esta nueva capital? ¿Qué excitantes novedades ofrece con respecto a otras ciudades de corte más antiguo? Estas son las preguntas correctas. Como era de esperar, la nueva ciudad de Sejong es una ciudad inteligente, es decir, utiliza múltiples sensores para recopilar datos de sus ciudadanos y conocer sus gustos y rutinas, sus intereses, para así ofrecerles las mayores comodidades posibles. Amplios espacios verdes, en comunión con los exigentes tratados internacionales a favor de una reducción de emisiones, colorean de verde extensas zonas de la ciudad, y siguiendo la misma línea cuenta con métodos de tecnología urbana inteligente y sostenible.

Las imágenes del ambicioso proyecto muestran una ciudad del futuro, tal y como las imaginábamos en las películas. Vivir en ella es un lujo, un lujo barato debido a la necesidad de poblarla rápidamente (en 2017 contaba con 250.000 habitantes frente a los 25 millones de Seúl) y en este lujo tan asequible comenzamos a descubrir los problemas que encara la ciudad. Muchos afirman que ha terminado por ser un fracaso a todos los niveles, y las razones de ello son tres, principalmente: los funcionarios que viven a caballo entre Seúl y Sejong pasan más tiempo en la histórica capital que en la nueva, haciendo imposible traspasar de facto las tareas administrativas, y nadie quiere mudarse a Sejong, estando todas las oportunidades laborales en Seúl. El último problema, también el más evidente, son las normas de la vida real.

Una capital no suele crearse en un chasquido de dedos, regando millones de dólares y organizando ingeniosas campañas de publicidad. Aunque Sejong no es la primera ciudad capital del mundo levantada desde cero, también se han efectuado estrategias similares con Canberra en Australia (1913) y Brasilia en Brasil (1960), o Naypyidaw de Myanmar (2005) y Astana en Kazajstán (1997), lo más habitual es que estas nuevas ciudades sean un fracaso clamoroso. Fluye el viento por sus calles vacías y nadie las tiene demasiado en cuenta.

Una ciudad no extiende su dominio por fuerza de capricho. Necesita hacerse valer, eso es lo primero, y demostrar su fuerza a los habitantes que un día llegarán a poblarla. Esto requiere ciertas dosis inevitables de sufrimiento, las más grandes han sufrido epidemias, saqueos, hambrunas, revueltas, revoluciones, breves momentos de intenso destello. Una ciudad no la componen piedra y dinero. Una ciudad se hace a fuego lento, que es el fuego inclemente del tiempo. En un mundo caracterizado por el poder de un chasquido de dedos, donde rige el estiércol veo y estiércol quiero, algunos parecen haber olvidado las normas básicas de la Historia. Ella es lenta, y sus engranajes no los mueven nuestros caprichos, ni el dinero. Por encima de todos ellos rige el tiempo.

¿Será la nueva capital, cuyas noticias traen los vientos del Este, una ciudad que pase a la posteridad? No lo sabemos. Si lo consigue, cosa que actualmente parece complicado, será mediante un proceso muy lento, y ese proceso requerirá de más paciencia y menos dinero. Menos orgullo y más acierto.