Un puñado de curiosidades sobre los fieros vikingos

¿De dónde salieron? ¿Cómo fue su paso por España? ¿Cómo aconteció su final?

Saqueo vikingo a un monasterio. © Anders K. Rue / Desperta Ferro Ediciones
Saqueo vikingo a un monasterio. © Anders K. Rue / Desperta Ferro Ediciones

Hoy he traicionado a mis antepasados. Me desperté, desayuné como hago todos los días y luego me fui derechito a traicionarles. Es que no puedo dejar de sentir una fascinación virulenta, como seguro que sentirán otros, cuando escucho la palabra que todavía nos aporta un saborcillo de sangre inocente y de ambiciones paganas. Fui a traicionarles en el museo vikingo de Roskilde. Incluso pagué por la traición, como un Judas revertido. Mi propia saliva escupe sobre mi propia sangre y la sangre de mis padres se mezcla con mi saliva. Es que hoy parece tan sencillo ser traidor al pasado que una más o una menos no parece que importen demasiado. Fíjese que ayer disfruté de un filme de Hugh Grant y que por verlo les pagué un buen dinero a esos marineros, a los británicos, y que conduzco sin despeinarme una furgoneta Peugeot, un regalo de los herederos del imperialista Napoleón. Incluso creo recordar que no hace ni dos días que critiqué a Francisco Franco. Así estamos. Entonces desayuné, fui al museo y toqueteé pensando en ti algunos barcos reconstruidos a escala real. Me subí en uno de ellos e hice el indio, sediento de violencia real.

¿De dónde salieron los vikingos?

Nadie sabe con exactitud de dónde procede la palabra vikingo. Unos dicen que se sirve del nórdico antiguo vik, que significa fiordo. Y como vinieron de los fiordos, estaban allí agazapados, vivían en los viks, pues son los vikings; otros magos dicen otras cosas pero abracadabra pata de cabra, nace con mucho humo la palabra temida, tiene espadas, y las espadas siegan sangre cristiana desde Escocia hasta Sicilia sin dejar de invocar el nombre del Padre Odín.

Los vikingos eran al fin y al cabo unos bichos raros en Europa. Mientras el cristianismo se había distendido desde hacía siglos por el continente casi sin que quedase una esquina libre, todo ello gracias al Imperio Romano, y las calzadas habían unido este pedazo de tierra hasta convertirlo en un único reino, mientras tanto los germanos (antepasados históricos de los vikingos) habían peleado contra los césares a las orillas del Danubio casi sin sudar. Durante siglos y siglos. En ocasiones establecieron frágiles lazos comerciales, o no tan frágiles, con los romanos. Cuando el cuento se acabó pues perdieron el interés en el resto de Europa y miraron hacia el norte. El viento parecía decirles: “un viento del norte soy yo para higos maduros”, venid a mí y yo os daré refugio en mis fiordos. Durante cerca de 200 años los bárbaros que hasta ahora habían habitado mayoritariamente Germania se diseminaron hacia tierras más frescas, meridiano arriba, como quien dice.

Los espectaculares fiordos de Escandinavia sirvieron de base y protección para las flotas vikingas.
Los espectaculares fiordos de Escandinavia sirvieron de base y protección para las flotas vikingas. FOTO: EU, COPERNICUS SENTINEL-2 IMAGER via REUTERS

Mataron a los cuatro gatos que vivían allí, violaron a sus hijas como pedían los viejos ritos y se asentaron, encendieron fuegos duraderos. Cultivaron las pocas remolachas que nacen en ese suelo inhóspito y juguetearon brevemente con el comercio. Pero todo esto les aburría. Eran los herederos de esos fieros germanos. Los historiadores consideran que los vikingos salieron de su escondrijo, precisamente como respuesta a la creciente presencia del cristianismo a sus puertas. Después de décadas mejorando la calidad de sus barcos para su uso comercial, asustados por la humedad de la cruz, aburridos en el hielo, se reunieron en un concilio que nadie transcribió y quisieron demostrar a los franceses de Carlomagno que ellos meaban más lejos. Volvieron la vista al sur de Europa y allá que fueron, míralos ahora, son formidables, míralos con las espaldas anchas y las mejillas pintarrajeadas con runas aterradoras.

Los ataques vikingos a la Península

¿A nuestros abuelos sevillanos y gallegos les invadía un sentimiento similar de regocijo y temeroso asombro cuando escuchaban que llegaban, comoquiera que fuera que llamaban ellos a esos piratas almonides? Quien sabe. Por las crónicas de la época sabemos que saquearon Pamplona, Sevilla y Cádiz (entre otras localidades de la Península) pero quién sabe cómo se sentían entonces porque en aquella época lo de los sentimientos no era una moda en la literatura, hablamos de los años 800 y 1400. Allí los propios frailes se ceñían el casco y decapitaban a sarracenos para ganarse un sitio en el Cielo, me refiero. Ocurrirían machismos y todos los traumas infantiles que se te ocurran pero aquél era un mundo donde el nombre de Cristo se escuchaba en las batallas intercalándose con el nombre de Hela (diosa de la Muerte), hablo de ese tipo de mundo de antes que ahora es casi imposible que entendamos.

Se sabe incluso de un valiente, Sisnando Menéndez, un obispo de Santiago que combatió contra los vikingos en la batalla de Fornelos y que finalmente fue asesinado en ese día fatal (para él). Para los vikingos se trató de una excelente mañana de domingo rezando a sus dioses del trueno y del martillo. Y terminaron una de las siete grandes razias que asomaron por las olas de Jakobsland, la tierra de Jacobo, que es como ellos conocían Galicia.

Cajita de San Isidoro (León), es el único objeto vikingo en España. Toda prueba de su presencia en la Península procede de la tradición escrita.
Cajita de San Isidoro (León), es el único objeto vikingo en España. Toda prueba de su presencia en la Península procede de la tradición escrita.

Ahora estamos aquí, viendo estos barcos que se parecen sospechosamente a los cayucos africanos que arriban cada cuando en cuando en nuestras costas (aunque estos de aquí tienen velas mejores) y vemos en un mapa las larguísimas expediciones que hicieron los valientes vikingos entre el siglo IX y mediados del XI. Entre daneses, noruegos y suecos llegaron hasta Bagdad, también a Moscú, y, no te lo pierdas, asolaron las costas de Marruecos, comerciaron en Constantinopla y dominaron una buena parte de Irlanda y la mitad norte de Inglaterra durante no menos de cuatro siglos. Que eran infames, de eso no cabe duda: sólo accederían al Valhalla si morían matando o durante la lucha, o con un gesto de honor que convierta en héroe hasta al más vil de los villanos. Pero que eran astutos como Loki, de eso tampoco cabe duda.

Pegando alaridos y con su religión firmemente agarrada a la lanza, se expandieron por el este y el oeste hasta que supuestamente llegaron incluso a las costas de Canadá. Y quién sabe adónde más llegaron porque eran unos analfabetos maravillosos y geniales que aprendieron a desdeñar el mar, al subyacerlo mediante un sutil giro de muñeca bajo la ira del trueno de Thor. Algún chalado tocado por la mano de sus dioses pudo haber llegado al África subsahariana o incluso al actual Brasil, quién sabe, solo necesitaba un barco y veinte chalados como él. Unos analfabetos que, mire, que luchaban con arrojo, que los legendarios berserker a cuerpo descubierto y puestos de alucinógenos daban un miedo que te atragantas, pero que los nuestros también hacían de las suyas porque en la Península la palabra “guerra” se utilizaba tanto como la boca para rezar.

Vale que eran muy listos y que secuestraron a nosequé caudillo pamplonés y consiguieron equis dinares a cambio de su pellejo pero que los nuestros les derrotaron en la batalla de Santiago y los musulmanes de Al- Ándalus también vencieron en la batalla de Tablada, después de que los vikingos saquearan Córdoba. Fíjese que uno de su líderes sanguinarios, el rey Olaf Haraldsson II de Noruega, dedicó los primeros años de su mandato a ser derrotado en Galicia y luego, escarmentado, se convirtió al cristianismo en Normandía y, fue curioso, el mundo pegó un giro enorme en una charca de Normandía.

Fin de la cultura vikinga... en bucle

El rey noruego sacó la cabeza del agua y los grandes dioses con santuarios en Uppsala y Roskilde ardieron sin hacer un ruido, hasta que cayeron cuatro lluvias y se terminó de colar la ceniza. No sin ciertos pataleos por parte de ciertos sectores de la sociedad vikinga, el rey Olaf (hoy conocido como San Olaf y con una capilla dedicada a tres kilómetros de Covarrubias) y sus sucesores terminaron de imponer el cristianismo en todo Escandinavia. Se trajeron incluso obispos ingleses para ayudar en la Evangelización, en lo que se convirtió en el mejor y más sigiloso contraataque que le haya hecho Inglaterra a ningún enemigo.

La literatura y la ópera, y ahora las series, han ayudado a popularizar ciertos mitos sobre el pueblo vikingo
La literatura y la ópera, y ahora las series, han ayudado a popularizar ciertos mitos sobre el pueblo vikingo

Pronto el cristianismo erradicó un nervio fundamental en el funcionamiento vikingo, como es lógico, al erradicar el Valhalla aniquilador a favor del benevolente Reino de los Cielos. Ahora mismo podemos ver los estragos que causó en el museo vikingo de Roskilde, están pudriéndose a plena vista. En esos barcos resquebrajados podríamos escarbar entre la brea y rascar gotas valiosas de sangre de nuestros antepasados, y si las voces tuvieran tacto, si la madera escuchó tantos tratos y desembarcos aderezados a cuchillazos, entonces la silenciosa sala del museo se transformaría en un bramido insoportable.

Pero deberíamos cuidarnos mucho con qué escuchamos hoy sobre ellos. Cuando éramos pequeños Vicky el Vikingo tenía más cuernos que Hillary Clinton y luego nos dijeron en el colegio que en realidad no tenían cuernos en el casco, pero resulta que en investigaciones recientes descubrieron que ni siquiera llevaban casco, apenas un pedacito de cuero; se baraja decir en próximas ediciones que iban en pelota picada y predicando la máxima del “paz, hermano” con las setas cogidas en un racimo, serán definitivamente unos incomprendidos escandinavos víctimas de la policía de la Verdad y ya nadie podrá comprender la mentalidad bruta y exclusiva en esos hombres y mujeres salvajes por igual.

Pero ese es otro cuento. En este caso, el poder debilita y cuando te debilitas no importa de qué religión seas, te ofuscas igual. Tras poco menos de siete siglos los vikingos habían navegado, explorado, negociado, asombrado, asesinado y perdido el mundo de la palma de su mano porque se les olvidó llevar un escriba consigo. Un elemento importantísimo en los viajes que, por fortuna, los españoles siempre tuvimos la previsión de llevarnos.