Conoce la inquietante historia tras el flautista de Hamelín

Ya fuera como referencia a las trompetas de la guerra, a un pedófilo o a un brote de peste, numerosos expertos consideran que el cuento de los hermanos Grimm pudo tener una base real

Dibujo del flautista de Hamelín seguido por los niños.
Dibujo del flautista de Hamelín seguido por los niños. FOTO: Kate Greenaway

Cuando hablamos sobre los cuentos y las leyendas, es muy difícil creer que ocurrió un momento pasado donde miles de personas, en ocasiones incluso naciones enteras, sufrieron un ataque colectivo de paranoia que les llevó, de la noche a la mañana y sin excusas, a creer en historias tan extravagantes como esas que hablan de maromos peleándose a garrotazos contra leones (Hércules), reyes legendarios de reinos perdidos (Arturo) o personajes humildes capaces de resucitar a los mismísimos muertos (Jesús). No.

La imaginación humana necesita una base en la realidad. Es alto improbable que un individuo llamado Hércules cazara una cierva con cuernos de oro y pezuñas de bronce, no nos cabe duda, pero siempre que escuchamos una leyenda sentimos el regustillo de la curiosidad susurrándonos: ¿y esta milonga? ¿Cuánto tiene de realidad? ¿En qué hecho verídico puede basarse?

Nos hacemos esta misma pregunta cuando caminamos por la calle de Bungelosenstraße en Hamelín (Alemania) y nos percatamos de que un extraño silencio pesa sobre la calle empedrada. Un transeúnte aleatorio nos indica que desde hace más de siete siglos no está permitido cantar o tocar música en esta calle concreta de la ciudad.

Un cartelito muy mono señala la casa del flautista de Hamelín (Rattenfängerhaus, la casa del cazador de ratas, según la intrincada lengua alemana), un personaje siniestro donde los haya. Niños y familias entran muy alegres y como despreocupados en la casa, mientras nosotros esperamos a que salgan vivos devorándonos las uñas.

El cuento de los hermanos Grimm

La ciudad de Hamelín estaba sucia, muy sucia. Tan sucia que pronto tuvieron que enfrentarse a una plaga de ratas, con todas las graves consecuencias que este obsceno animalejo acarrea. No solo preocupaba a los hamelinenses una propagación de enfermedades infecciosas, sino que los bichos se comían también el trigo, la carne salada, los dulces, incluso los puñeteros huevos en salmuera se comían.

Pero tuvieron suerte porque un flautista se presentó en casa del alcalde y anunció a bombo y platillo (aunque supongo que en su caso sería a flauta y flautilla) que él libraría a la ciudad de la asquerosa plaga. Acordó una recompensa con las autoridades y, llevándose la flauta a los labios, tocó una curiosa tonadilla que reunió a todos los roedores en torno a su figura, luego echó a caminar sin dejar de tocar y salió de la ciudad seguido de los animalitos.

Una vez fuera de la ciudad, se ignora qué hizo con las ratas: quizá las dejó marchar, puede que las matara a todas para hacerse un abrigo nuevo. Pero cuando regresó a Hamelín para cobrar su recompensa, resultó que el alcalde era un necio y un tacaño, y el alcalde le dijo que nanay, que de recompensa nada, que puerta, que cierre al salir.

Cartel que señala "la casa del flautista de Hamelín".
Cartel que señala "la casa del flautista de Hamelín". FOTO: Gunold dreamstime

El flautista se cogió un enfado de tres pares de calzones y volvió a llevarse la flauta a los labios para tocar una extraña melodía. Solo que esta vez, a falta de ratas, quienes acudieron a él como hipnotizados fueron los niños de la desgraciada ciudad. Luego el flautista salió nuevamente de Hamelín, siempre tocando la flauta, seguido por los chiquillos que no eran dueños de sí mismos, y jamás se le volvió a ver. Ni a al flautista ni a los niños. Solo se salvaron un niño sordo que no escuchó la música, otro cojo que no pudo mantener el paso de la macabra procesión y un tercer niño ciego que se perdió del grueso del grupo.

Aunque la versión más popularizada del flautista de Hamelín ha llegado hasta nosotros gracias a la plumilla de los archiconocidos hermanos Grimm, sabemos que la narración original se remonta al siglo XIV, concretamente a la cristalera de una iglesia hamelinesa.

Parece ser que dicha cristalera fue destruida en los años 1400, aunque diferentes documentos avalan la existencia de dicha cristalera y especifican que allí podríamos encontrar la versión más antigua del cuento. Las fechas cuadran porque el cuento es muy exacto con las fechas, demasiado exacto para que podamos olvidarlo, tan exacto que los hermanos Grimm indicaron que los niños de Hamelín desaparecieron el 26 de junio de 1284.

El quebradero de cabeza de los expertos de todo el mundo se debe precisamente a la fecha. ¿Cuántos cuentos conocidos y con tintes tan absolutamente realistas nos han indicado la fecha exacta de sus sucesos? Pocos, casi ninguno. Los expertos concuerdan: la existencia de una fecha implica necesariamente que los sucesos acaecidos en Hamelín durante el 26 de junio de 1284 supusieron un trauma para la ciudad. Que el trauma fuera provocado por un flautista mágico, tal y como dice el cuento de los hermanos Grimm (escrito más de cinco siglos después de los hechos), eso ya es otra cosa. ¿O no?

¿Qué nos cuenta la Historia?

Ahora saltaremos de la historia a la Historia. Nuestra curiosidad no hace sino incrementarse cuando descubrimos una estrofa escrita en la Edad Media y transcrita en 1603 (la versión original se perdió, igual que la cristalera que mencioné más arriba), cuya copia puede verse hoy inscrita en una placa de la calle Bungelosenstraße. Esta placa dice así:

En el año de 1284 en el día de Juan y Pablo

siendo el 26 de junio

por un flautista vestido con muchos colores,

fueron seducidos 130 niños nacidos en Hamelín

y se perdieron en el lugar del calvario, cerca de las colinas.

Estatua del flautista en Hamelín.
Estatua del flautista en Hamelín. FOTO: Venemama dreamstime

Ya tenemos la localización del suceso, la fecha y, por si esto fuera poco, el número exacto de niños que se perdieron. Son demasiadas casualidades. Pero hay más. Existe una nota en los registros de la ciudad, datada en 1384, que asegura que “han pasado 100 años desde que se fueron nuestros hijos”. Otro manuscrito del siglo XV alude a la desaparición de 130 niños que siguieron a un flautista en junio de 1284, hasta terminar en un lugar por determinar llamado Koppen. Todo esto podemos aprenderlo durante cualquiera de las visitas guiadas relacionadas con el flautista y que se organizan en la ciudad. Entonces ya casi podemos arrodillarnos frente a la evidencia y reconocer que el vengativo flautista fue un personaje real o, al menos, que la localidad perdió un verano de 1284 a sus queridos niños.

Posibles teorías sobre la identidad del flautista

Las teorías son muchas. Unos piensan que un brote de peste contagió especialmente a los niños hamelinenses, y que la ciudad se vio obligada a expulsarlos para detener la propagación de la enfermedad (de allí el detalle de las ratas, portadoras de la pulga que transmite la peste), dejándolos morir a sus suerte con todos los traumas que esto acarrearía a los papás. Pero esta teoría no encaja con las fechas de la peste negra en la Europa medieval. Otros aseguran que, ya fueran 130 niños o 50, el caso es que una inundación se llevó por delante a los infantes que jugaban junto al río Weser. Incluso hay quien asegura que la historia del flautista contiene tintes que hacen referencia a la pedofilia del flautista (relaciones fálicas de la flauta, los niños como víctimas de su maldad...), que este era en realidad un tipejo que secuestraba a los niños para saciar sus nauseabundos apetitos.

La teoría más aceptada, sin embargo, habla de una posible campaña militar que se llevó a los jóvenes a una guerra de la que ninguno regresó jamás. Que la flauta simboliza en realidad las trompetas de la guerra. ¿Sería que los jóvenes de Hamelín participaron de alguna manera en la Guerra de Sucesión de Limburgo, librada precisamente entre 1283 y 1289? ¿Y que el teléfono escacharrado de las leyendas ha transmutado el término “jóvenes” por el de “niños”? ¿O quizá sea una referencia a la Cruzada de los Niños? Esto es harto probable si tenemos en cuenta que en torno a 30.000 niños alemanes participaron en este esperpéntico episodio de 1212, y que los desafortunados chiquillos terminaron esta aventura muriendo de hambre, ahogados en el Mediterráneo o tomados como esclavos en Egipto.

Fachada de Hochzeitschaus, donde unas figuritas de madera representan la leyenda de Hamelín al son de las campanadas.
Fachada de Hochzeitschaus, donde unas figuritas de madera representan la leyenda de Hamelín al son de las campanadas. FOTO: 22tomtom dreamstime

Sea como fuere, parece que el flautista no se trata solo de un personaje de ficción, parece que las notas perdidas de su melodía intentan contarnos un poquito más. Por eso no puedo evitar sentir un escalofrío al pasar junto a la fachada del Hochzeitschaus, en el centro del caso antiguo de Hamelín, cuando unas figuritas de madera representan con mucha gracia el cuento desde las ventanas, mientras los niños de abajo ríen entusiasmados. Como si esta actuación que encandila a los niños contemporáneos todavía guardase rastrojos del embrujo del flautista de Hamelín.