Sobredosis de naturaleza en La Pinilla

No muy lejos de Madrid podemos encontrar un paraíso vestido de blanco

La Pinilla.
La Pinilla. FOTO: Abel Roman dreamstime

No necesitamos nada más. Cuando se conjugan una serie de elementos de la naturaleza de apariencia contradictoria (agua y nieve, roca y musgo, hojas y árboles desnudos) alcanzamos a comprender que en la matemática de la naturaleza no existen términos opuestos sino complementarios. Mientras los sapiens nos obcecamos en crear un mundo de definiciones, un breve paseo por la montaña nos muestra la estulticia de las ciudades creadoras de conceptos. No existen términos opuestos. Bajo la nieve de aspecto desolador se esconden los brotes pacientes de la primavera. En lo troncos desnudos que se asemejan a huesos putrefactos se agazapa el entusiasmo de las hojas que nacerán. En el musgo resbaladizo y de fama traicionera se cobijan millones de insectos para sobrevivir al invierno. No necesitamos nada más. No necesitamos conceptos ni definiciones enrevesadas, no necesitamos la política ni la literatura ni los equipos de fútbol. La plenitud de la naturaleza y sus sonidos compenetrados elaboran una melodía con un ritmo contagioso.

Existe ritmo en las aparentes diferencias que se despliegan a nuestro alrededor, y esto solo es posible gracias a la compenetración de los números de la naturaleza. Ningún hombre podría conseguir este nivel de armonía, ni haciendo uso de cien definiciones intrincadas, ni utilizando todo el poder de la ciencia y sus teorías. Esto es así, y lo sé porque yo mismo soy un hombre sumergido en el aparente enfrentamiento con la naturaleza pero, otra vez, la naturaleza me acopla en su forma moldeada, aceptándome también a mí. La naturaleza remodela sus ecuaciones hasta tener cabida para mí. Mis pasos crujiendo sobre la nieve se han incorporado a la eterna melodía.

Hayedo de la Pedrosa (Segovia).
Hayedo de la Pedrosa (Segovia). FOTO: Alfonso Masoliver

Paraísos sin adulterar

Escribí estos dos parrafitos sentado en una roca del Hayedo de la Pedrosa, alucinado por la psicodelia del escenario. Verdes y grises y marrones y blancos y negros y amarillos giraban a mi alrededor como componentes químicos del LSD, como una droga barata pero, curiosamente, en extremo beneficiosa para nuestra salud. Y no podría haber comprendido esta armonía de la naturaleza encerrado en la ciudad, ni mucho menos: es necesario salir allí afuera para recoger las verdades de la vida. Pero no hace falta irse tan lejos como Etiopía o Camboya o Perú. Si somos madrileños, bastará conducir una hora y media para zambullirnos en la cara B de la Sierra de Ayllón, pasear entre sus bosques de pinos, robles y hayas e intercalar los tragos a la botellita de agua con amplias bocanadas del aire limpio y aromatizado por las coníferas.

El paraíso no tiene palmeras; pincha como las encinas. El paraíso no tiene playas de arena blanca; sus rocas de granito son resbaladizas. El paraíso no nos bendice con un clima cálido; el frío acuchilla hasta los pulmones. El paraíso no es idílico; el paraíso es realidad. Por este puñado de razones podemos calificar La Pinilla (Segovia) y sus alrededores como un generoso mordisco del paraíso, aún más realista y sincero que el paraíso de los anuncios y las religiones del milenio. Es un paraíso primigenio, como ese que vivieron sin lugar a dudas nuestros primeros antepasados. Un paraíso matemático. El Hayedo de la Pedrosa y las pistas de esquí de La Pinilla son ejemplos perfectos pero hay más, recovecos del paraíso más difíciles de descubrir y que se parecen a las misiones secundarias de un videojuego. Es en estas “misiones secundarias” donde descubrimos la esencia auténtica de nuestra conversación.

Pedraza

Pedraza, Segovia
Pedraza, Segovia FOTO: Civitatis Shutterstock

A 38 minutos (40 si conduces más despacio, 35 si eres un loco al volante) de la estación de esquí segoviana, se encuentra una de los pueblos castellanos con más encanto. Domina la localidad el castillo que perteneció a la pintoresca dinastía de los Trastámara y que hoy sigue de la mano de los descendientes del genial pintor Ignacio Zuluaga (podemos acceder a él con una visita guiada). A su alrededor aletean bandadas de buitres leonados (las verdaderas aves del paraíso) con los cuellos retorcidos en busca de un animalejo putrefacto que devorar. Hoy, los viejos arrabales de Pedraza son ruinas, pero desde la distancia murmuran viejas conversaciones de ilusiones y de miserias, que son los dos platos que más se cocinan en los arrabales de todo el mundo a lo largo de toda la Historia. Puntitos diminutos que parecen bosquejos de vacas o caballos hacen de cortacésped para la mamá naturaleza, maman de su teta verde con una dejadez fascinante. Y más lejos, aunque tan cerca que parece que puedan cabernos en la palma de la mano, las montañas de Caradhras Ayllón esnifan la cocaína de los cielos con la ansiedad psicopática de Tony Montana, un minuto antes de derrumbarse y expirar.

Una oportunidad

Y mira que podría escribir más datos y utilizar otras analogías inquietantes para cualquier psicólogo, pero es que el paraíso sin adulterar no es algo que se explore con un mapa, un artículo, una lista de recomendaciones. ¿Que los cochinillos que sirven en los restaurantes de la Plaza Mayor de Riaza están para chuparse los dedos y mordérselos y devorarnos el propio cuerpo? Pues sí. ¿Que en Paredes de Buitrago hay una ruta fascinante por la “Frontera del Agua” de la Guerra Civil? Pues también. ¿Que he encontrado un alojamiento ideal en La Pinilla, si viajas con tu pareja y buscas desconectar del mundo para conectar con tu otro yo? Claro que sí. Pero el paraíso no se escucha ni se lee, el paraíso se busca por cuenta propia, y te lo dice un desgraciado que ha recorrido casi cien países en busca de algo que tenía a menos de cincuenta kilómetros de su casa.

Claro que cada uno tiene su paraíso. Lo que para mí es un paraíso podría ser un infierno para ti, por supuesto, no quiero ser uno de esos periodistas de viaje que llaman paraíso incluso al co** de la Celestina, todo porque nos invade un tipo de inanición creativa que, después de escribir 600 artículos de viajes, nos impide usar cualquier adjetivo que salga de los términos “paraíso”, “ganga”, “gratis”, “plan para niños”, “relax”.... No querría caer en ese cliché, solo porque mi oficio me obliga a recomendar clichés. En cualquier caso. Si eres de Madrid o de Soria o de Segovia, aprovecha a cogerte un fin de semana y pásate por La Pinilla con tu familia. No te vas a cansar de buscar. Hasta que cojas una piedra minúscula, un sencillo granito de arena, y lo tomes con la palma de tu mano y lo mires con fijeza histriónica, diciéndote para ti, para preocupación de tu santa esposa y confusión de tus hijos: el resto del mundo es violento y desagradable; pero aquí, en este granito de arena que se voló de algún lugar muy lejano o que quizás vomitaron hace pocos millones de años las entrañas de la Tierra, he encontrado un pedacito del deseado Paraíso. Y ya no me hace falta buscar más.