Alcázar de Segovia.Gavillapixabay

La arquitectura del poder: un ejemplo tras otro en el Alcázar de Segovia

Bastaría visitar la que fue residencia de decenas de reyes para comprender los métodos que se utilizaron, durante siglos, como sustento de los agentes del poder

Ya conocemos uno de los requisitos indispensables para mantener el poder. El poder con mayúsculas, que digo, del que nosotros solo podemos atisbar leves destellos en ocasiones muy contadas, y que por lo habitual percibimos en forma de normas, leyes, prohibiciones y desfiles durante los días señalados. Sobran los ejemplos en el Palacio de Versalles, la Ciudad Prohibida de Pekín, el Palacio de Invierno en San Petersburgo, incluso en el propio Palacio de la Moncloa donde hoy se asientan nuestros agentes del poder, que permanece a buen recaudo tras muros altos y cámaras de seguridad. Dentro de estos complejos el mundo gira a un tiempo diferente que el nuestro, ni más despacio ni más deprisa, gira diferente, nada más, como un mundo paralelo; los palacios se encuentran salpicados por una serie de adornos y protocolos que, afortunadamente, nosotros los de debajo no tenemos la necesidad de seguir.

Aunque sí podríamos diseccionar uno de estos palacios, desgajar sus muros y rebuscar entre las columnas, olfatear los aromas que fluyen en el ambiente, rascar el suelo para desenterrar posibles leyendas. Escuchar las órdenes de reyes muertos que ya no importan a nadie. Quizá comprendamos de esta manera cómo funcionan las complejas estructuras de la arquitectura del poder, por qué no, a partir del Alcázar de Segovia.

Vista de la parte del alcázar que da al barranco del Clamores.gayulopixabay

Muros, impenetrabilidad

Resulta imprescindible, al hablar del palacio de un gobernante, mencionar la inexpugnabilidad del mismo. Desde su primera construcción, el Alcázar estuvo situado en el extremo occidental de Segovia y formó parte del grueso sistema de murallas de la ciudad. Mientras su cara norte se encuentra situada al borde de un barranco que cae hasta el río Clamores, resultando imposible de trepar durante un asedio, su lado más próximo a la ciudad está separado de la misma por un profundo foso cavado en la roca de 26 metros de profundidad, 56 de longitud y 22 de anchura máxima. Diferentes tramos de muralla, los más antiguos datados de la época romana, sirven como protección añadida a la parte que lame el río Clamores; Alfonso VI y reyes sucesivos implementaron nuevos tramos de mampostería en las murallas, siempre en función de lo peligrosos que fuesen sus reinados.

La Torre de Juan II, rectangular y de apariencia gruesa, escasa en ventanas, elevada sobre el barranco y sobre las murallas, se añade a la presencia robusta de la Torre del Homenaje, semicircular y diseñada a conciencia para repeler cualquier ataque posible.

La Torre del Homenaje en el Alcázar de Segovia.Alfonso Masoliver

Nos detenemos frente a este peculiar entramado de murallas, muretes, torres, muros lisos y tan altos como una nube, que desde fuera dibujan una férrea apariencia de impenetrabilidad. En sus años dorados resultaba imposible saber si había nadie dentro del Alcázar, si sus moradores caminaban preocupados o aliviados, si el rey mismo se encontraba en sus habitaciones o lejos, de cacería o practicando la guerra, dentro de estos muros gruesos se desarrollaban una serie de actuaciones y tomas de decisiones cuyo escenario se trataba de un misterio para el vulgo. No conocían el color de las cortinas que muy oportunamente cubrían las ventanas, ni imaginaban los ribetes de las alfombras, ni el aroma de los inciensos. Rodeaba al Alcázar un aurea de misterio, bien protegida tras los fosos y las murallas y los barrancos naturales, que impregnaba a sus selectos habitantes con la luz inigualable del poder. Como era habitual esta falta de conocimiento sobre entorno del poder, el pueblo se reconocía que poco sabía o poco podía opinar sobre tan complicados temas, dejándolo todos en manos de quienes entraban en palacio.

Lujo

En cualquier caso, resultaba inevitable que algunos miembros de la plebe entrasen en palacio, si la ocasión lo requería. Un puñado de afortunados podían palpar las misteriosas cortinas y asombrarse por sus colores chillones, incluso pisaban las alfombras antes de inclinarse ante el rey o cualquiera de sus ministros para solicitarles su favor. En situaciones de este estilo, el intrincado sistema de misterios que se habían alzado en torno al Alcázar se desmoronaba con la rapidez con que se dan dos pasos, y hacía entonces falta añadir nuevos sistemas que paralizasen al plebeyo, que abriesen su boca hasta alcanzar diámetros obscenos y empujasen con fuerza su espalda hacia el suelo.

Alfonso Masoliver

De esta manera, cualquier palacio del mundo fue decorado, no solo para satisfacción de sus moradores, sino que también se dedicaba a inclinar con sus maravillas las espaldas desgastadas de los siervos. Siervos, enemigos y dignatarios de otros países. Por ejemplo al entrar un hombre corriente en la sala de la Galera, costeada por Catalina de Lancaster y donde se derrochó el oro, el color azul y el púrpura; al levantar la mirada y ver el exquisito techo de madera barnizada que recuerda al casco de una galera; al sentirse rodeado por las suaves vestimentas de la Corte, cualquier idea contraria al régimen que pudiese surcar la mente de este hombrecillo se desvanecía rápidamente al sentirse tan pobre y pequeño.

Los enemigos del reino que podían entrar en el Alcázar para negociar sus vanidosas intenciones con el monarca, lanzando largas zancadas hacia delante, veían como sus pasos se volvían diminutos en la sala de los Reyes. A cada zancada más pequeños, mientras sentían clavados en su nuca los ojos de todos los monarcas castellanos, desde Alfonso X hasta Juana I de Castilla, reprochándole por haber osado levantarse contra su rey y señor. Allí están, rodean sus figuras la sala de los Reyes con estricta autoridad. Después de haber sufrido esta regañina muda, habiendo cruzado ya el amplio Patio de Armas donde decenas de armaduras impenetrables tintineaban entre sí, el enemigo de la corona no tenía más remedio que rezar por conseguir una victoria o, en todo caso, apelar a la clemencia del rey.

Vidriera en la Sala de la Galera.Alfonso Masoliver

Los dignatarios extranjeros, algunos acostumbrados a la vida dura del desierto, otros caprichosos por la riqueza de sus reinos, alababan y asentían entusiasmados al visitar la sala de las Piñas - cuyo techo artesonado resulta en una pequeña delicia - y viendo la luz cruzar con florituras las cristaleras del Alcázar. Regresaban a sus reinos y murmuraban en las orejas de sus gobernantes: “este rey de Castilla conviene como amigo y aliado, pues su reino es rico y vive en un gran castillo. Mejor será que no le molestemos”.

Secretos a medias

Es sabio el dicho que dice “ojos que no ven, corazón que no siente”. De esta manera, el cúmulo de esquinas, muros y cortinas que escondían lo secretos del Alcázar podrían haber llevado a un pasotismo por parte del vulgo. Ojos que no ven, corazón que no siente, así que de nada servía para el pueblo interesarse por lo que ocurría tras sus muros si vivía sumido en la ignorancia, como ya se dijo antes. Pero de haberse dado esta situación, si el pueblo hubiese ignorado absolutamente los devaneos de palacio, el Alcázar se habría derrumbado sin remedio. Como toda criatura viva, el Alcázar necesitaba su alimento, que en este caso se trataba de los misterios, la pasión, la intriga, el Alcázar y sus habitantes requerían que, llegado el momento, el vulgo no dudase en matar y morir por su defensa. Mientras, un hermetismo extremo de cualquier arquitectura del poder termina siempre en el derrumbe de la monarquía - véase Francia, Rusia, China... -.

Dos elementos resultaron claves para mantener este equilibrio entre el secretismo y la información en el Alcázar. El primero, muy importante, las leyendas. Los rumores. La comidilla del pueblo porque mientras el palacio se sustenta a partir de los misterios, el hombre corriente se alimenta de los comadreos. Así, podemos escuchar esa leyenda del príncipe y la aya, fácil de conocer a partir de la cruz situada en el balcón central de la Sala de los Reyes. Dice que el bastardo de Enrique II de Trastámara, Pedro de Castilla, cayó cuando tenía doce años por aquél balcón y murió en el acto. Su aya, aterrorizada, se lanzó también al vacío por temor al castigo de su señor.

Sala de Armas. El Alcázar de Segovia comenzó a utilizarse desde 1764 como Colegio de Artillería y actualmente guarda el Archivo General Militar.Alfonso Masoliver

Aunque la historia real señala únicamente al pequeño como víctima de la tragedia, se creó esta leyenda terrorífica al incluir a la aya, una leyenda que establecía un poderoso nexo de unión entre los habitantes del Alcázar - simbolizados por Pedro - y los habitantes del exterior - simbolizados por la aya -, en una sutil forma de expresar que si caía el noble, caía el pueblo tras él.

Un segundo elemento viene precisamente de la mano de los niños. Se podría perder la cuenta de cuántos príncipes, pequeños nobles e infantes corretearon alegremente por los pasillos del Alcázar. Juan II de Castilla, Doña Urraca, María de Castilla y Enrique IV, también los bastardos de Alfonso XI y de Enrique II disfrutaron de su infancia en este asombroso edificio, además de todos los hijos e hijas de los reyes que decidieron hacer de este su residencia. La presencia de niños en el Alcázar lo podía convertir en una residencia familiar, si la ocasión lo requería, casi tan común como cualquier otra, donde vivían madres preocupadas por sus hijos y se escuchaban juegos y regañinas a los niños. La apariencia dura del Alcázar se suavizaba con la piel tierna de los chiquillos.

De esta manera se conseguía culminar la arquitectura del poder: tras una impermeabilidad de secretos y muros frente al pueblo, se escondía el lujo sombroso y la opulencia en su interior, y sobre todo esto se escuchaban pequeñas leyendas y criaturitas corriendo de un lado a otro, para deleite de los corazones más o menos tiernos.