La isla del Pirata Glover

Este islote perdido en medio del mar Caribe, reserva marina declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no tiene lujos ni comodidades, pero sí un gran arrecife a su alrededor que hace las delicias de los amantes del submarinismo

La isla parece un paraíso perdido, escondite perfecto para piratas
La isla parece un paraíso perdido, escondite perfecto para piratas

Este islote perdido en medio del mar Caribe, reserva marina declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no tiene lujos ni comodidades, pero sí un gran arrecife a su alrededor que hace las delicias de los amantes del submarinismo

Dicen que la felicidad está en saber apreciar la grandeza de las cosas más pequeñas y en disfrutar del camino. Así que nos decidimos a buscarla, al menos durante unos días, haciendo un largo viaje por tierra, mar y aire a una minúscula isla perdida en el más meridional y aislado de los atolones de Belice.

No hay vuelos directos desde Europa hasta este país de Centroamérica, por lo que de las diferentes opciones que existen para llegar hasta allí elegimos hacer escala en Miami y de ahí volar hasta el aeropuerto internacional Phillip S.W. Goldson, donde nos espera un conductor de la zona que nos llevará a ritmo de Roy C durante las dos horas que nos separan de nuestro siguiente destino: Dandriga, un exótico pueblo costero repleto de mercadillos y calles sin asfaltar con un intenso sabor caribeño. Nos recomiendan pasar por esta pequeña población con una finalidad: realizar el avituallamiento para nuestra estancia en la isla. Cualquier cosa que necesites, debes llevarla contigo. Allí no hay nada ni se vende nada. No hay luz, no hay agua potable, no hay papel higiénico... Una vez hacemos acopio de las cosas necesarias para nuestro viaje, nos ponemos en marcha hacia el siguiente alto en el camino. Unas cabañas en el margen del río Sittee nos esperan. Ninguna comodidad y miles de mosquitos nos acompañarán esa noche, que se verá compensada al amanecer con el recital de la jungla y con un paseo en canoa por sus tranquilas aguas, con la incertidumbre de verlas perturbadas en cualquier momento por la presencia de algún cocodrilo. No ocurre.

- Hacia la isla perdida

En un pequeño pantalán se encuentra el siguiente y último medio de transporte hasta nuestro destino final. Un catamarán de fibra de unos 12 metros, sin mástil ni velamen, con el que navegaremos a motor por las verdes aguas del río durante un par de millas hasta desembocar en el mar Caribe, donde todo empieza a teñirse de azul y se abre ante nuestra vista un paisaje increíble en el que se nos amontonan a un lado y a otro islas de diversos tamaños. El paso de los huracanes ha dejado huella en el perfil de estas islas, donde sólo unos cuantos cocoteros de relativa altura se mantienen en pie.

Tres horas de travesía nos separan de nuestra ansiada meta. Cada vez más al sur y cada vez más solitarios. El mar se embravece, síntoma de que navegamos sin la protección de los arrecifes, pero custodiados a ratos por grupos de delfines. Volvemos a «pisar» aguas tranquilas. Ya estamos cerca, flotando en la barriga del atolón Glover, escondite en la década de 1750 de los piratas John y Rodger Glover y a los que debe su nombre este arrecife coralino. Aquí tenían su base, desde la que abordaban a los buques mercantes españoles cargados de riquezas provenientes del Nuevo Mundo. Hay quien todavía piensa que algunos de sus tesoros quedaron allí enterrados, cosa poco probable dada la alegría con la que los piratas dilapidaban sus botines.

Parte del atolón es una reserva marina declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que comprende además cuatro cayos. Divisamos a lo lejos nuestra isla, Cayo Noreste, y su pequeña selva de cocoteros. Conforme nos acercamos se abre ante nosotros una inmensa bahía azul turquesa. Realmente el lugar parece un paraíso perdido, idóneo como escondite de piratas. Un poco más cerca aparecen las cabañas flotantes. En realidad son chozas flotantes, maravillosas chozas flotantes en las que entra el agua cuando llueve y los almohadones salen volando por las ventanas cuando el viento galopa durante la noche. No es difícil acostumbrarse a eso. Ni al rugido constante del agua contra el arrecife. Ni al pescado fresco capturado una hora antes de la cena, aunque no siempre cocinado con acierto en la única cabaña común dedicada a sala de reuniones, aula para cursos de buceo o restaurante, según la hora del día.

- Bucear con tiburones

Aprendemos enseguida a abrir los cocos que encontramos por nuestra pequeña isla con la ayuda de una barra de metal clavada en el suelo. En este trozo de tierra de 3,6 ha la oferta es bastante limitada y uno de los puntos fuertes es el submarinismo. La isla está rodeada de arrecifes de coral en los que podemos bucear con tortugas, rayas águila, tiburones nodriza y, si estamos dispuestos a desembolsar el precio, podemos contratar una excursión en uno de los cayos cercanos a «Llighthouse Atoll», donde se encuentra el «Gran agujero azul», explorado por Cousteau en 1971. Un inmenso cenote de 123 metros de profundidad y 300 metros de diámetro en el que bucear entre estalagmitas y estalactitas gigantes. Dejarse caer al vacío en ese majestuoso pozo natural es una aventura muy recomendable para los amantes del buceo. No podemos resistirnos y, aunque el trayecto es largo, nos permite conocer un poco más la zona y bucear en este sitio único.

Los cortos paseos nocturnos de camino a la cabaña, totalmente a oscuras, bajo un manto infinito de estrellas compartido con cangrejos que se cruzan en nuestro camino reclamando que la noche es suya, ponen el punto final a los días. Esta isla no es un destino para los amantes del confort, ni para los que exigen atención y comodidad. No es un lugar para turistas necesitados de una guía interminable de actividades con las que ocupar todas las horas del día. Se trata de un lugar frecuentado por buceadores, pescadores, campistas y aventureros. Es una isla para perderse, que es encontrarse, y donde comprobar que con una caja y suficiente hielo es posible mantener la cerveza fría durante casi una semana sin necesidad de una nevera.