Viajes

De la Luna a Ceuta

La ciudad autónoma conserva el espíritu marinero propio de los pueblecitos costeros de Andalucía, pero cuenta con suficientes detalles arquitectónicos, gastronómicos, históricos y culturales que la convierten en un destino único

Dicen que hay una carretera que sube hasta la Luna cuando está llena. Apenas son un par de kilómetros zigzagueantes, pero suficientes para admirar la belleza que allí se concentra: el sonido del mar y las luces de la noche adornan Ceuta con tanto desparpajo como aquellas palabras que Luis López de Anglada le dedicaba en sus poemas. Ahí, en mitad de ese recorrido hacia el infinito, uno puede darse cuenta de que la ciudad no solo goza del título de «joya del Mediterráneo» por méritos propios, sino también por la calidez y la amabilidad de quienes se cruzan en ese camino. El mismo que se disputaron fenicios, vándalos, romanos, visigodos, árabes, portugueses y españoles y que, finalmente, se ha convertido en propiedad de sus vecinos. Pues en este punto afroeuropeo ellos son quienes conservan el espíritu marinero y quienes hacen de la ciudad un destino tan atractivo como entrañable. Si Ceuta merece una visita es sin duda por la vida que habita en cada una de sus calles.

Suena malagueña y parece gaditana. No hay más que ver su espectacular entrada a puerto. Minutos antes de que del barco procedente de Algeciras atraque, el turista ya puede notar cierto nudo en el estómago. Los coloridos edificios, las estiradas palmeras y una peculiar luz se erigen imponentes bajo la mirada de Hércules. El más fuerte de todos los hombres llegó a los confines del mundo buscando la isla de Eritrea. Durante su periplo se encontró multitud de obstáculos que remontó con la mayor celeridad posible, entre ellos la creación del Estrecho de Gibraltar. Así, separó las dos extensiones de tierra que formaban Europa y África con sus propias manos, colocando a ambos lados unas columnas. Situó la primera de ellas en el Monte Calpe (Gibraltar), mientras que colocó la segunda en el Monte Hacho (Ceuta). Desde allí, puede admirarse una de las mejores postales de la ciudad. Eso sí, sin perder nunca de vista el agua. El mar es un referente para el ceutí. Mire donde mire, lo ve, lo escucha, lo siente.

El Atlántico y el Mediterráneo confluyen en el foso de San Felipe, situado en las Murallas Reales. Era el límite de la ciudad antigua: el puente que lo une al Baluarte de los Mallorquines se elevaba y, a cierta hora de la tarde, un cañón avisaba de su cierre como sistema de defensa. Algo parecido a lo que hoy sigue ocurriendo a las 12 del mediodía. Ceuta es una de las diez ciudades del mundo que aún conservan la tradición de disparar un cañonazo en un momento determinado. En el siglo XIX, el objetivo era marcar el ritmo y el horario de la prisión. Hoy, en cambio, el de la ciudad. A esta hora, las tapas ya empiezan salir de las cocinas y el bullicio comienza a concentrarse en la Plaza de los Reyes o en la Gran Vía. En muy pocos metros, se concentran la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, el Palacio de la Asamblea, las Baños Árabes, el mercado central, la basílica tardorromana, el templo hindú y las playas urbanas de la Ribera y del Chorrillo. Todos ellos, impregnados por un particular olor a café y a hierbabuena.

El jaleo continúa en torno al edificio Trujillo, la Iglesia de San Francisco o la Casa de los Dragones, puntos en los que no cabe un alfiler durante la Semana Santa, el Carnaval o la Navidad. Sus múltiples bares dan fe: desde Bugao (Independencia, 15) hasta El Mentidero (Queipo de Llano, 20), pasando por La Barraca, en el parque Marítimo del Mediterráneo. He aquí el orgullo de los caballas: lagos de agua salada, islotes plagados de exóticas plantas, cascadas pronunciadas. Para su diseño, César Manrique se inspiró en el Lago Martiánez, en Tenerife. Es el lugar perfecto para pasar un día de ocio, pues además de tomar un baño, se puede disfrutar de la gastronomía local, solariums para tomar el sol, áreas de recreo, pistas de pádel o discoteca. Un vergel en mitad del Poblado Marinero, donde se concentra la marcha nocturna. Ahí, entre copas y música, hay algo que nunca pasa desapercibido: aquella desconocida carretera no conecta realmente Ceuta con la apreciada Luna, sino ésta con un sorprendente oasis separado de la Península por muy pocos kilómetros.