Objetivo La India: perdiendo trenes

Tras alcanzar Ulán Bator y dejar atrás a sus compañeros de ‘Chavalería Ligera’ (y a ‘La Merche’), el siguiente paso es llegar al país del contraste y el color

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07 de octubre de 2019. 11:00h

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Alfonso Masoliver.  7/10/2019

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Hay mañanas en las que abro los ojos y he olvidado dónde estoy. Finas hebras de luz resbalan entre las paredes de mi habitación, incrustándose en mis sueños sin misericordia, y por unos segundos solo me rodea el silencio. Engañoso silencio, indagando dónde puedo estar hoy. Busco pistas tanteando las paredes del cubículo donde duermo pero no me ayudan, todas son igualmente rectas, y las mantas rugosas y dudosamente limpias huelen igual al resto. Son unos segundos, con todo. Rápidamente acuden a mí fantasías del día anterior y al cuerpo lo invade la excitación de la curiosidad, tan latente desde que salí de Madrid hace dos meses y medio. Ahora recuerdo. Estoy en Manila, los ladridos interminables del perro han venido a recordármelo. El sudor deshaciéndose sobre mis párpados lo confirma. Estoy en Manila, y esta mañana tengo un vuelo con destino a Palawan.

Todavía conservo frescos los recuerdos más recientes de Japón, y esperando a López, mi nuevo amigo taxista que vendrá a recogerme en una hora para llevarme a la Terminal 4, escribo esta crónica narrando los últimos acontecimientos.

¿Dónde nos quedamos la última vez? Fue en Osaka, escondido en una pequeña casa entre las montañas, viendo la niebla dispuesta a devorarme escalar la ladera sin agarres. Parece que esa niebla pegajosa me engulló hace muchos meses, y aunque no llevo ni veinticuatro horas en Filipinas, el continuo movimiento me ha otorgado la capacidad de acostumbrarme en tiempos récord a cada nueva cama. Tan rápido que a veces dudo que me acostumbre del todo a ningún lugar. Salí para siempre de esa casita y bajé en un tierno autobús a la estación de tren. El vehículo estaba impoluto, vigilado por la mirada serena del conductor, pulcro en su vestir, meticuloso en su tarea. A través de un pequeño altavoz dictaba con voz pausada cada parada. Yo me revolvía nervioso porque veía que no llegaba a tiempo para coger el tren a Nara, y al final venció la impaciencia para empujarme fuera del autobús tres paradas antes de la estación. Corrí con la mochila bamboleándose, como un borracho en viernes noche, los últimos quinientos metros hasta el andén. Lo vi marcharse cuando apenas me faltaban cinco pasos para alcanzarlo. Las puertas se cerraron a cámara lenta frente a mi mirada perpleja, sorda a mis gritos suplicando esperar dos segundos más. Este era el tercer tren que perdía en Japón. En Japón, la puntualidad es casi microscópica. No tuve más remedio que esperar media hora hasta el siguiente.

objetivo la india

Llegué a Nara tras hora y media de viaje. Por mi ventanilla se desgarraban los paisajes, ahora verde, luego el gris de los tejados; el tren frena dos minutos en una parada de nombre indescifrable, arranca y la tormenta de imágenes se reanuda. Nara, en la región de Kansai, fue capital de Japón durante su época medieval. Testigos de ello son los innumerables templos poblándola, un jugoso destino para cualquier viajero que busque adentrarse en la historia del país, templos cercados por amplios parques de ensueño. En estos parques pastan los ciervos sika sin miedo a los transeúntes, incluso exigiéndoles mansamente que les alimenten con alguna que otra galletita. Son una especie de ciervo muy pequeña, el más grande no llega a la cadera, y parecen juguetes si los comparamos con el majestuoso ciervo europeo. Son como un cuento. Aquí pude comprobar esta faceta del pueblo japonés, inmerso en tantas leyendas y fábulas y mitos, que da la impresión de que ellos mismos buscan vivir su propio cuento. No les basta con pasar una agradable tarde en el parque. Es importante, además, poder acariciar el lomo claro de un cervatillo tamaño bolsillo.

Rodeados de templos. Acarician ciervos en parques limpios a la sombra de templos con seis o siete siglos, como el Todai-ji, Kofuku-ji o Yakushi-ji. La ciudad de Nara explica por qué es tan hermoso viajar. Porque cuando te atreves a cruzar el arco de entrada en estos templos, increíbles misterios aguardan: una estatua del Buda con mil brazos (eran cuarenta y cuatro, los conté) sujetando todo tipo de instrumentos y símbolos de misericordia, protectores de la fe budista fuertemente armados y con la mirada colérica, pequeños sujetos haciendo muecas... Y los guardianes de los cuatro puntos cardinales, aterradores pese a ser de teca rígida. Si les tomas una fotografía maleducada, se lanzan con las espadas a tu yugular.

Regresé a Osaka el jueves, esta vez al centro de la ciudad, el tiempo justo para visitar el museo memorial de Shiba Ryotaro, antes de que la noche cerrase religiosamente, como hace todos los días, los centros turísticos a las cinco de la tarde. Esta psicodélica obra, del arquitecto Tadao Ando, es una gigantesca biblioteca construida en honor al escritor Shiba Ryotaro, cuyas estanterías rebosantes de libros alcanzan los once metros de altura, pintando por sí mismas las paredes de cemento desnudo. Es una oda al arte escrito. Una oda desenfrenada y abrumadora. Pude verla, cenar e irme a la cama. Al día siguiente debía tomar un avión rumbo a Filipinas.

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Antes de comentar mi odisea aeroportuaria, haré un breve inciso sobre la gastronomía nipona: deliciosa. Solo he comido mejor en España. Cada plato es un mundo minúsculo creado sobre sedimentos de porcelana, preparado con el mimo de un padre educando a su hijo, y los sabores estallan y restallaban en mi paladar hasta varias horas después de haberlos comido. Sí, fue complicado para un celiaco como yo encontrar nada sin gluten, porque usan la salsa de soja hasta para lavarse los dientes, pero quiso la fortuna que hiciera un amigo turco que me recomendó el soba, unos fideos hechos con trigo sarraceno y exentos de gluten. Deliciosos. Probé también la carne de Kobe, un capricho que hasta ver la cuenta no supe que me saldría caro. Deliciosa. Mil combinaciones de sushi, como un jeroglífico alimenticio. Deliciosos. Sopas cuyo nombre nunca aprendí. Deliciosas.

Finalmente, llegó la hora de irse. Dije adiós a Japón y cogí mi último tren al aeropuerto. Perdí el tren, cogí el siguiente. Llegué al aeropuerto tres minutos tarde para hacer el check-in. Perdí el avión. Tiré la mochila al suelo maldiciendo la legendaria eficacia japonesa, me senté en la terminal y esperé veinticuatro horas hasta el siguiente vuelo, luchando internamente contra los malos augurios que insinuaba mi aerofobia. Me aterra volar, siempre. Sin embargo, mientras mascullaba en contra del avión perdido como ya había hechos con tantos otros trenes, sí experimenté cierto placer desesperado al descubrir que, esta vez, fueron mis miedos quienes huían de mí, y no yo de ellos. Pero fue solo una ilusión, los miedos no se fueron. Y en pocas horas volveremos a enfrentarnos, a diez mil metros sobre el suelo.

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