Pilsen, capital cultural con sabor a cerveza

Disfrutar de una buena cerveza en la Cervecería Purkmistr de Pilsen es uno de los mayores placeres que debe vivir el viajero
Disfrutar de una buena cerveza en la Cervecería Purkmistr de Pilsen es uno de los mayores placeres que debe vivir el viajero

Pilsen, capital de la Bohemia Occidental, es la cuarta ciudad más grande de la República Checa. Con un casco histórico no muy extenso, es ideal para visitarla andando tranquilamente, lo que permite disfrutar de sus bellos edificios que no pasan inadvertidos a los visitantes. Son muchas las ciudades checas que conservan estas pintorescas casas de diversos estilos –barrocas, renacentistas, neoclásicas, modernistas, etc–. Y si hay algo que en Pilsen destaque, así a primera vista, es precisamente esto: las calles del centro histórico, que conservan sus casas en perfecta armonía con variopintos colores, que van desde el amarillo al verde pasando por el azafrán. Si a esto le añadimos los numerosos tranvías pintados, los antiguos de amarillo y los nuevos dependiendo del anuncio que lleven, se obtiene un efecto cautivador en las calles.

A lo largo de los tiempos, Pilsen ha jugado en una escala inferior, por un lado a la sombra de la exuberante, monumental y preciosa ciudad de Praga, y de las ciudades balneario como Karlovy Vary y Mariánské Lázné por otro. De hecho las rutas turísticas iban de una a las otras, parando en Pilsen, a lo sumo, para tomar una cerveza. Sin embargo, desde hace algunos años, esta incomprensible actitud viajera ha ido cambiando. La ciudad sólo tenía que enseñar sus armas para reinterpretarse a los ojos del mundo. Y bien que lo ha hecho. De ser una ciudad dormida en el limbo, se ha transformado –ya para siempre– en una ciudad reconocida por su oferta tanto artística, como cultural y gastronómica. Y el que haya sido elegida este año como Capital Europea de la Cultura es el premio que ha merecido por su buen hacer, enseñando a todo el mundo lo que puede dar de sí .

La torre más alta del país

Como casi todas las ciudades bohemias, el centro de la vida popular es la plaza del mercado. Normalmente de forma oval o cuadrangular, suele estar presidida por una estatua, fuente o columna. En esta plaza llamada Námestí Republiky, se encuentra el edificio más notable de la ciudad: la catedral de San Bartolomé, un edificio gótico con una torre que es la más alta del país. Además de la catedral, en la plaza destaca el antiguo Ayuntamiento, de estilo renacentista italiano, que es posiblemente el más llamativo de la ciudad, y que alberga en su interior una fantástica maqueta del centro histórico de Pilsen. Justo enfrente del ayuntamiento, una columna conmemora la desaparición de la peste en 1681. Merece la pena pasear tranquilamente por esta plaza, admirando así todos los edificios que la configuran y, si se tiene suerte, también acoge en algunas ocasiones un mercadillo donde poder comprar recuerdos típicos.

Una curiosidad de Pilsen es que buena parte del centro se encuentra oculto y profundo en una red de calles subterráneas. Construidas a lo largo de los siglos, sirvieron desde refugios en épocas de guerra hasta bodegas para almacenar la cerveza o graneros de las viviendas. Se puede hacer una visita guiada de un kilómetro, de los más de diez que tiene, hasta llegar a una noria que abastecía de agua a la ciudad. Justo encima de la noria, pero ya en la superficie, se encuentra la Torre del Agua, hecha de piedra a mediados del siglo XVI y justo al lado, un museo de la cerveza.

Y ya que mencionamos el agua y la cerveza, qué mejor que hablar de esta última, como la reina indiscutible por la que se conoce mundialmente a Pilsen. Dice un proverbio checo que «la sed es más hermosa sólo con cerveza», y no les falta razón, porque presumen de ser los fabricantes de la cerveza más conocida internacionalmente: Pilsner Urquell.

Entrar a la fábrica cervecera, donde se elabora la Pilsner Urquell, es como entrar a la «Shangri-La» de la cerveza. Una puerta monumental construida en 1842 da entrada al lugar más emblemático de la fábrica que ha dado a Pilsen su fama internacional. Una fábrica que se muestra con visitas guiadas de casi dos horas de duración, y que es tan grande que hasta se hace un trayecto en autobús. Recorrer sus instalaciones, incluidas las bodegas de fermentación (tanto antiguas como modernas), no deja indiferente a nadie. Durante la visita aprendemos que el lúpulo que utilizan, que es lo que da amargor a la cerveza, proviene de Zatec, un pueblo cuyas tierras producen el mejor lúpulo del mundo. También descubrimos palabras checas relacionadas con la cerveza que nos facilitan la movilidad por el país, como «Pivovar» (fábrica de cerveza); «Pivo» (cerveza) o «Pivnice» (taberna).

Como colofón del recorrido, hacemos una degustación de cerveza Pilsner Urquell, sin filtrar ni pasterizar, tirada directamente de los barriles de madera de roble apilados en los fríos sótanos, que nos dejan un excelente sabor de boca. Y es que no hay que olvidar que la República Checa es el país que más cerveza consume del mundo percápita.

Después del sabroso regusto que nos ha dejado la cerveza en el paladar, y aprovechando la gran oferta de exposiciones y propuestas culturales de la que presume Pilsen por su capitalidad europea, seguimos nuestro recorrido cultural por la ciudad, visitando, entre otras, un par de casas decoradas por el gran arquitecto funcionalista checo, Adolf Loos; los restos de la antigua muralla; el edificio renacentista del Gran Teatro; la casa modernista de Mestanská Beseda; la Gran Sinagoga, (la tercera más grande del mundo) y, también, el antiguo monasterio donde estudió Smetana que, junto a Dvorák, conforman los iconos musicales checos, son algunas paradas imprescindibles.

La jarra «curativa» de la felicidad

A poco más de media hora de Pilzen se pueden visitar tres de los balnearios checos más importantes: Karlovy Vary, Mariánské Lázne y Frantiskovy Lázne. También conocidos por su nombre en alemán de Karlsbad (los baños de Carlos); Marienbad ( baños de María) y Franzensbad (baños de Francisco). El pasear por cualquiera de las calles de estas tres ciudades significa trasladarse al siglo XIX y principios del XX, época en la que la nobleza europea, escritores, artistas y músicos disfrutaban de esas aguas que brotan de las entrañas de la tierra, y que curan diversos males. Para tomar esa «medicina» las gentes del lugar utilizan una típica jarrita, que llenan del agua curativa que sale de las fuentes termales y que van bebiendo lentamente. Mientras tanto, en los elegantes jardines y en las bonitas balconadas y columnatas se escucha una obra romántica de algún compositor clásico checo como Smetana o Dvorák. No es de extrañar que Goethe definiera a Frantiskovy Lázne de «paraíso terrenal».