lunes, 22 mayo 2017
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Cultura

Andrés Trapiello: «“El Quijote” es el libro que más fracasos de lectura acumula»

Andrés Trapiello: «“El Quijote” es el libro que más fracasos de lectura acumula»

El próximo mes de junio, Andrés Trapiello sacará una edición de «El Quijote» insólita hasta ahora en nuestra lengua. Un «Quijote» adaptado al castellano actual, para que todos lectores, sin excusa, lo puedan leer y lo puedan comprender. El escritor ha abordado el canon cervantista desde la novela, con dos títulos aplaudidos por la crítica y respaldados por los lectores –«Al morir don Quijote» y el reciente «El final de Sancho Panza y otras suertes»– y desde el ensayo, con «La vidas de Miguel de Cervantes». Dos vertientes diferentes para abordar a un autor y a una obra que le han ayudado a conocer las dificultades y los escollos que supone para el lector corriente adentrarse en la biografía del autor y el conocimiento de este libro. El novelista, por eso, comenta cómo deben enseñarse las aventuras del Caballero de la Triste Figura en la escuela y cómo deberíamos celebrar la memoria de su creador en un día señalado como el de hoy.

–Usted se ha especializado en Cervantes y su obra. ¿Cuál cree que sería el mejor homenaje a su memoria? ¿Cómo considera que debería celebrarse el Día del Libro?

–No soy experto en nada. Bueno, sí, un poco en el Rastro y en cosas viejas y descacharradas y en las vidas a juego con eso. Les diría que leyeran el prólogo del «Persiles». Es breve. Se entiende muy bien. Lo escribió unos días antes de su muerte y es acaso una de las páginas más hermosas de toda la literatura universal. La prueba de que Cervantes, como decía Nietzsche, y teniendo motivos para ello, jamás levantó un falso testimonio contra la vida.

–¿Cómo vive los días previos a la publicación de su versión de «El Quijote» ante la expectación que ya ha levantado la noticia?

–Con curiosidad, y personalmente, con ilusión. Me he pasado la vida haciendo libros, escribiendo los míos, editando los de otros, y a veces escribiendo y editando los míos. Es lo que ocurre con este «Quijote». Lo he traducido y los editores, muy generosos, han permitido incluso que me ocupara de las cuestiones tipográficas, en las que ha colaborado también, como hace en otros muchos de los que hago, Alfonso Meléndez. Es nuestro primer «Quijote». Usted sabe que la ilusión de todo editor, tipógrafo e impresor es hacer en algún momento de su vida algunos libros, como los ocho mil de la literatura: la «Biblia», la «Ilíada», «El Quijote»... Libros para dos o tres generaciones. Hemos hecho un libro en cuarto, encuadernado en tela, en un solo tomo, en papel biblia y con tipos Minion, que es una letra de la familia de las Garamond, muy agradecida, muy bonita además. En fin, como dicen en Castilla, y dice Cervantes, «no se me cuece el pan». Es normal. Han sido quince años de trabajo. Todos los que han pasado por algo parecido conocen esa sensación de espera y de ligera zozobra. Esto por lo que se refiere al aspecto formal; en cuanto al modo en que será recibido, con curiosidad. ¿Lo recibirán con simpatía? La mayor parte de los lectores creo que sí, sinceramente. Y muchos, tal vez, con gratitud. Al fin podrán leer «El Quijote» en su lengua.

–Usted ha empleado un castellano clásico en «Al morir don Quijote» y «El final de Sancho Panza y otras suertes», que acaba de publicar. Ahora, aborda «El Quijote» con un castellano actual. ¿Cuál ha sido el principal reto en ambos lenguajes?

–El clásico que usted dice de mis novelas es más o menos el mismo que se emplea en esta traducción. No varía mucho. No tendría sentido si no. Un castellano o español comprensible, pero no rebajado, respetuoso y buscando la misma música del original. Por suerte, nuestro castellano no está tan lejos del de Cervantes como lo está el griego actual del de Homero. La idea de traducir «El Quijote» surgió cuando empecé a escribir «Al morir don Quijote», y ha seguido siendo así en la redacción de «El final de Sancho». Por las mañanas escribía esas novelas y por la tarde traducía. Teniendo presente siempre el hecho de que «El Quijote» es un libro más hablado que escrito, aunque en la actualidad se nos hubiera convertido en un libro más estudiado que leído, precisamente por haberse alejado tanto nuestra habla de la del siglo XVI.

–En «El final de Sancho Panza», el escudero cruza a las Indias. ¿Por qué? ¿España se les ha quedado pequeña?

–Tras haber conocido a don Quijote, se les ha quedado pequeña su vida. Muerto don Quijote, su sobrina y el ama, con la hacienda diezmada por las locuras de su tío, quedan en una mala posición. El bachiller Carrasco, al que tira más la vida aventurera y literaria que la eclesiástica, como hemos visto en el Quijote, y con una mala relación con su padre, quiere probar fortuna, como quiso el mismo Cervantes y tantos españoles, y pasar a las Indias, y Sancho, que sabe ya que la fortuna es de los audaces, no se quiere quedar atrás en su existencia de gañán, y se emplea con el bachiller. Qué mejor lugar que las Indias. Pero pasar a las Indias no es sencillo, y hasta lograrlo conocerán muchos infortunios.

–¿Cree que los personajes de «El Quijote» han superado en fama a su autor?

–La fama del Quijote, del libro, condiciona al propio don Quijote, como vemos. La segunda parte del Quijote, cuya aparición celebramos este año, es consecuencia de eso. El éxito que tuvo la primera parte de 1605 permitió a Cervantes un alarde narrativo que marcaría para siempre el género de las novelas, e hizo que don Quijote, ente de ficción, se leyera a sí mismo en un libro real. Durante la segunda parte, por donde quiera que va el caballero, se encontrará con gentes que saben ya de su existencia por ese libro y querrán pulsar por su propia mano la exactitud de lo que se dice en él. Digamos que en la segunda parte son todos los demás los que enloquecen, queriendo hacer que don Quijote cometa nuevas locuras, por reírse de él. En la primera parte don Quijote se tropieza con unos molinos de viento, que acomete creyendo que son gigantes. En la segunda, todos tratan de fabricárselos, para ver si pica. Ni que decir tiene que en esa segunda parte quienes a menudo son más cuerdos son los dos personajes, el caballero y el escudero, sin contar que tras pasar por la experiencia de los duques, don Quijote es cada vez más Sancho y Sancho cada vez más don Quijote.

–¿Cuál es el motivo de que haya resistido como «best seller» y como gran clásico de las letras castellanas durante 400 años?

–En cada época lo ha sido por razones distintas, pero hay una que es común a todas las épocas. Al principio, hasta el siglo XVIII, se apreciaban de él sus grandes virtudes cómicas. El XIX empieza a pensar que bajo esas risas hay muchas veras, y descubre el arrojo romántico de don Quijote, su amor por la libertad y la justicia, y su denuedo en defenderlas. El XX, el del abatimiento nacional tras las derrotas coloniales, el regeneracionismo halló en don Quijote un ejemplo de tesón y dignidad, en el caso de Unamuno, y ejemplo de liberalidad en el de Ortega o Azaña. Así que cada época ve «lo suyo» en él. Pero lo que ha seducido de «El Quijote» en tantas gentes de todas las épocas es propiamente la mirada de Cervantes, compasiva, inteligente, socarrona, jovial, bienhumorada, generosa, sin el menor resentimiento, sin queja nunca. Lo que le pedimos todos al mejor amigo.

–¿Cómo resiste el lenguaje de «El Quijote» respecto a otras obras escritas en su época? ¿Ha envejecido mejor o peor que otras?

–Las obras de Cervantes nacen de su vida errante, del conocimiento del habla, de su trato indiscriminado con las gentes. Me gusta repetir siempre dos aforismos para explicar su milagro. Porque Cervantes es un milagro, es decir un caso único. Él decía en «El amante liberal»: «Lo que se sabe sentir, se sabe decir». Y JRJ aquello de que «Quien escribe como se habla llega en lo porvenir y será más hablado que quien escribe como se escribe». Es lo que ha venido a suceder con Cervantes. Dijo en todo momento lo que sentía, y lo dijo como lo hubiera hablado. Pero no era un caso único. Al propio Cervantes le gustaba esa literatura sentida y hablaba, más que la culta, que, por cierto, conocía también muy bien. Le gustaba «El Lazarillo», le gustaba Santa Teresa, probablemente la aparición del Guzmán de Alfarache fue un acicate para que escribiera su «Quijote», y conocía también las vidas de otros muchos, que proliferaron en su tiempo, cautivos, soldados, aventureros que escribían y publicaban sus libros contando sus vidas. Cuando nosotros leemos esa literatura, crónicas, cartas, informaciones, toda esa literatura que está más cerca de la vida que de la literatura, sean las de Bernal Díaz del Castillo, la vida y las cartas de Santa Teresa o las maravillosas cartas de indianos que se conservan en el Archivo de Indias, vemos que Cervantes participa de todo eso. Pero además él nos da eso otro, lo cervantino, muy difícil de explicar pero muy perceptible, muy palpable.

–Usted, que ha relatado el final de Sancho Panza, ¿cómo ha observado el final de la búsqueda del cuerpo de Cervantes? ¿Cuál es su impresión?

–Inevitable. Estaba cantado que en algún momento a un alcalde o a un presidente de la cámara de comercio de distrito se le ocurriría. Ellos no quieren preguntarse por qué Cervantes ha permanecido cuatrocientos años en una fosa común. Buscan rentabilidades a corto plazo. Lo probable era que no encontraran nada. Ahora, si hubieran encontrado sus huesos, lo propio es que todos los hubiéramos honrado de una u otra manera. Pero no han encontrado nada, pese a lo cual parecen empeñados en hacer como que sí. De aquí a unos años, todos creerán lo contrario, que Cervantes está ahí, que Cervantes son esas esquirlas anónimas que apenas dan para un relicario. ¿Quién duda hoy que los restos que están en Compostela no sean los de Santiago? Y no por ello vamos a desmontar la catedral de Santiago.

–¿Los niños deben leer «El Quijote» en la escuela?

–Es una vieja polémica. Ortega desaconsejaba su lectura a los niños, por creer que don Quijote era un modelo que los desmoralizaba. El problema hoy es de otra naturaleza. Si se lo leyéramos tal cual, lo probable es que no entendieran una sola palabra no ya ellos, sino los profesores y maestros. ¿Sabe cuántas notas, sin la mayor parte de las cuales el Quijote no se entiende, tiene la edición de bolsillo de Rico? Más de cinco mil quinientas. Algunos dicen que por el contexto se saca el sentido. En absoluto. Ahora, hay gente que prefiere leer «El Quijote» por emanación, oliéndolo, por aproximación, con imaginación, por figuraciones, figurándose lo que querrá decir.

–¿Cómo hay que enseñarlo?

–Hay que empezar contándolo como un cuento, como una leyenda. Hablando de lo que representa, de su valores, de la generosidad de don Quijote, de su enseña, «con los débiles siempre», frente a los abusos de los poderosos. Viendo películas. La serie de dibujos animados de TVE era extraordinaria. Yo la vi con mis hijos, a los que entusiasmaba. Y luego, en una edad adulta, quizá venga la lectura. Claro que entonces le espera, o le esperaba hasta ahora, un libro difícil, que le costaba seguir, porque lo comprendía con dificultad.

–Antes, hace bastante, «El Quijote» se leía sin problemas entre los jóvenes. Ahora existen ediciones escolares. ¿Qué ha pasado para que suceda eso?

–Siempre hubo ediciones escolares. Yo mismo compré una. Mi primer libro. Una edición de editorial Vives, con algunas ilustraciones de Doré, con un glosario, con viñetas para explicar qué era un morrión o un ferreruelo. Y deben seguir haciéndose. Pero el problema que teníamos tanto con esas como con otras es que la gente no las entendía del todo. Obligábamos a leer no solo a los chicos sino a los adultos un libro en una lengua, el castellano del siglo XVI, que ni hablamos ni entendemos a veces cuando la leemos. Al contrario de lo que les sucede a los lectores de «El Quijote» alemanes o franceses, que pueden leerlo en su alemán o en su francés del siglo XXI.

­–Hay adaptaciones para estudiantes de «El Quijote». Su versión podría imponerse a ellas. Incluso al propio Quijote. ¿Qué opina?

–Las adaptaciones, co-mo decía, consistían en cortar, suprimir pasajes postizos (las novelas que Cervantes embuchó en el Quijote sin venir a cuento), pero no tocaban el lenguaje, el verdadero escollo, los hipérbatos, las palabras desusadas y refranes ininteligibles incluso para personas muy cultas. El chico leía menos Quijote, sí, pero entendía lo mismo que los que trataban de leerlo completo: poco o nada. Por eso «El Quijote» es el libro que más fracasos de lectura acumula. Miles de lectores, incluso buenos y cultivados lectores, a quienes su lectura, con todos esos miles de notas, abruma hasta la extenuación. La mayoría, al llegar al episodio de los molinos, desarbolados como don Quijote, se dicen: hasta aquí hemos llegado.

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