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Nati Mistral: «Nos vemos en mi entierro»

Hace tres meses la artista sufrió un derrame cerebral del que aún se recupera internada en una residencia, aunque no deja que se sepa cuál, y sólo responde y se despide con estas palabras con quien tiene un ineludible compromiso de amistad

Jesús Mariñas. 
REINA DEL MUSICAL. Mistral se adelantó 50 años al género que hoy es el pan nuestro de cada dia. Su belleza era la del cliché de la morena clásica
REINA DEL MUSICAL. Mistral se adelantó 50 años al género que hoy es el pan nuestro de cada dia. Su belleza era la del cliché de la morena clásica
Cristina Bejarano

«Fulano calla dónde estoy internada –y aquí dijo el nombre de un amigo más suyo que mío, salta a la vista– porque se lo he prohibido. Felices fiestas, nos veremos en mi entierro». Tal mensaje me envió protestona usando el portátil del aludido cuando el 13 de diciembre, para su 88 cumpleaños, quise enviarle unas flores. Pedí la dirección al susodicho y ni me contestó. Le dije, bueno, le puse, de todo. De ahí la respuesta clara, rotunda y contundente de Nati Mistral fiel a su genio y figura, un físico muy «made in Spain» que en tiempos dio la vuelta al mundo como morena de la copla. No es lo suyo, pero no podía esconder su fina estampa de manos largas que movió, y ya no mueve, ¡ay!, como nadie. Era un espectáculo remarcando el «Zorongo gitano» de Lorca, «Los mozos de Monleón» o el sueño imposible de «El hombre de La Mancha», un musical que gracias a su genio convirtió en obra de mujer. Superando al Luis Sagi-Vela que en los 50 la estrenó con ella. Fue el primer musical norteamericano en España cuando aquí triunfaban las «alegres chicas de Coslada» o Alfredo Alaria. No tuvo éxito incluso con personajes tan nuestros como Alonso Quijano, Sancho y Dulcinea. Lo dirigió José Osuna, produjo Nati y se adelantó a lo que hoy, 50 años después, es pan nuestro de cada estreno cuando en Madrid lleva cinco años «El rey león». «El hombre de la Mancha» estuvo a punto de estrenarlo en Broadway, donde lo reponen constantemente porque ya es un clásico. Nati hizo un disco, que afortunadamente poseo, que rompía sus grabaciones como máxima recitadora de García Lorca, al que Franco nunca prohibió, como tampoco Valle-Inclán, con cuyas «Divinas palabras» en los 60 Nati inauguró el Teatro Bellas Artes emparejada con el maestro Manuel Dicenta. Una fotografía todavía perpetúa en el vestíbulo aquella «Mari Gaila» descamisada. Su belleza creó, o recreó, el cliché de la morena clásica, título que luego paseó por el mundo, y años después la ví reponer en el D.F. mexicano sacada entre volandas entusiastas. Ha sido, con Nuria, la más internacional de nuestras actrices, siempre haciendo autores españoles. Como cuando décadas después pasmó con la «Inés desabrochada» de Antonio Gala, que, fiel al repertorio, solía alternar con la mejor «Malquerida» de los últimos años: unía dramatismo a su belleza y era mas creíble lo de «el que quiere a la del Soto, tiene pena de la vida./ Por quererla quien la quiere,/ la llaman la malquerida».

Se cansaba de los géneros y enloqueció Madrid con cuplés en «Te espero en Eslava», donde cantaba «De España vengo, de España soy» o «Qué doloroso es amar», de Leonor de Aquitania, donde ponía algo más que voz y gemidos: era como un autorretrato, casada en Montserrat ante La Moreneta con Joaquín Vila Puig, tío de Joaquín Vila, que fue el primer director de LA RAZÓN.

Hace tres meses sufrió un derrame cerebral del que se recupera, aunque siga ejercicios rehabilitadores del brazo y la pierna derechas. No puedo imaginarla postrada, me dicen que durmiendo mucho, quizá porque en los últimos años repetía constantemente lo de «quiero morir». Pero a Dios gracias no lo consigue. La ví por última vez en los funerales de Ana María Amestoy y luego cenamos, caliente aún su última actuación, recital y concierto en la iglesia de San Ginés. Fue un venturoso Viernes de Dolores donde, a tono con la festividad, recitó, rezó y cantó en su altar mayor dejando en la calle a cuatrocientas personas que ansiaban entrar. Un vídeo eterniza «Sin vivir en mí, poemas y canciones del alma», donde, dirigida por Ángel Montesinos, enardeció mirando al Crucificado diciéndole: «No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido», especie de premonitorio testamento, en el que perdió 14 kilos para entrar en un traje de gasa negra de Berhanyer –su modisto preferido con Pertegaz–, fiel a su eterno moño bajo y negro pelo con reflejos caoba.

El arte es eterno y universal y en Buenos Aires por la calle le llaman «la ídola». Actuó y vivió 20 años recorriendo México y California siempre «españoleando». En las dos capitales hispanas tenía casa, la azteca en la cara zona de San Isidro, qué mejor sitio para la madrileña que canta el chotis en plan castizo pero no chulángano. Nati lo elevó de categoría. Madrileña del Rastro, desde que se casó vive en El Viso, un chalé individual del que sólo usa la planta baja. Arriba amontona trajes y recuerdos. A la última de nuestra grandes, la más dúctil de Lope a César Vallejo y sus sombríos «Heraldos negros» o el «En paz» de Amado Nervo, podríamos aplicarle: «Muy cerca de mi ocaso,/yo te bendigo, vida/porque nunca me diste/ni esperanza fallida,/ ni trabajos injustos,/ni pena inmerecida./ Vida, nada me debes,/ Vida, ¡estamos en paz!».

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