José María Marco

Repugnancia

La Razón
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La actitud, las decisiones y las palabras de algunos de los nuevos políticos, es decir de aquellos que, pertenecientes a la movida de Podemos, han llegado al poder municipal de la mano del PSOE, provocan (me provocan, por decirlo todo) una respuesta muy particular, que no encuentro otra forma de definir como no sea recurriendo a la palabra «repugnancia». He intentado reprimir esta sensación, que no debe formar parte de la opinión política. No se va, sin embargo.

Una forma de luchar contra ella ha sido intentar aclarar su origen. Así que pensé que podía residir en la filiación comunista de estos «nuevos» políticos, que, como siempre en el comunismo, no parecen tener inconveniente alguno en recurrir a la mentira sistemática. Es el medio que conocen para alcanzar el poder, algo de lo que no se dan cuenta sus adversarios, que andan siempre con las buenas intenciones a cuestas (la solidaridad, la desigualdad, etc., como si a los comunistas les importara algo cualquiera de estas cuestiones). La mentira sistemática, sin embargo, no produce repugnancia. Produce aversión, algo que es próximo a lo instintivo, pero que sigue siendo del orden de lo moral y lo intelectual.

Volví entonces a la filiación populista de estos dirigentes, aquella que les permite apelar con tanto impudor a las emociones. En este caso, sin embargo, la respuesta es más de disgusto, un disgusto del que siempre hay que desconfiar porque es una reacción demasiado aristocrática, del orden sobre todo de lo estético. Y en política no hay casi nada más nefasto que la estética. No queda otra cosa, por tanto, que intentar comprender la raíz de la repugnancia. Más allá del señoritismo del que estos políticos hacen gala, señoritismo total, inconsciente, ignorante de todo lo que ha sido necesario hacer y trabajar para que ellos desplieguen sus ocurrencias como si fueran el principio de una nueva era, está el desorden profundo que reflejan y que, por lo que llevamos visto, intentan contagiar al conjunto de la sociedad. Hay una desvirtuación esencial de lo político, que debería ser lo más serio de la vida humana, aquello que realiza nuestra necesidad de vivir con los demás, puesto aquí al servicio de un activismo de la deshumanización y la sordidez, que apuesta por las frustraciones como motivo único de la conducta del ser humano... Parece que el intento de vencer la repugnancia no ha hecho más que intensificarla.