Opinión

BLAUEN DONAU

Aquilino Duque. Foto: Manuel Olmedo
Aquilino Duque. Foto: Manuel Olmedo

El vals más famoso del mundo retumbaba en la sala dorada del Musikverein vienés, como cada 1 de enero, y en el correo electrónico ya tintineaba el aviso de llegada de su réplica digital, ese mensaje que Aquilino Duque envía semanalmente –más o menos, porque los genios escriben cuando les da la gana– desde una cuenta en cuya firma figura el seudónimo Blauen Donau, Danubio Azul en la lengua de Johann Strauss hijo. Consuela, entre el vértigo de tanto cambio, contar con la inmutabilidad de ciertas tradiciones y también con el criterio de observadores que ofrecen puntos de vista originales y opiniones desacomplejadas. El autor de «El mito de Doñana» es, para empezar, un pensador de primer orden y, de rebote, uno de los pocos intelectuales españoles que proclamam abiertamente su derechismo y su fe católica, lo que hace treinta años era un acto de valentía, tal vez, pero ahora no es más que un ejercicio de libertad lógico en quien ha vivido libérrimamente siempre y no iba pues a arredrarse en la edad provecta. Cumplirá 89 años, en plena forma, el día de la Epifanía. Hace lustros que Duque no se rebaja a debatir en público con los pigmeos que marcan tendencia. Estudiante en Cambridge y traductor de la ONU en Ginebra y Roma cuando en las Naciones Unidas se gobernaba realmente el mundo, sus análisis están macerados en lecturas y vivencias que tardaríamos seis existencias bien aprovechadas en igualar. Es un privilegio estar entre los receptores de sus billetes y una gran responsabilidad tratar de trasladarle al lector siquiera un gramo de su pensamiento. Se echa de menos el activismo de Sally, su esposa, una ecologista cabal y de primera hora –nada que ver con los mamarrachos al uso– que quizá se ha cansado de denunciar arboricidios, acumulaciones de porquería y desafueros urbanísticos.