Luz a la penumbra

«Poesía y prosa», recoge por primera vez en un único volumen la totalidad de la obra literaria «corta pero intensa» del escritor sevillano Juan de Sierra

El poeta Juan Sierra
El poeta Juan Sierra

Juan Sierra no tuvo la vocación de permanecer en la soledad donde la crítica y la «tradición» le han colocado dentro de la hagiografía lírica sevillana. Lo demuestra el reciente volumen publicado por la editorial El Paseo, «Poesía y prosa», que reúne la obra completa, por primera vez, del escritor al que se le ha querido tildar de huidizo, esquivo y solitario. Bien es verdad que los que le trataron recuerdan un tono intimista en su forma de entender el mundo y una voluntad de permanecer al margen del gregarismo poético habitual de la capital andaluza.

Sierra no se escondía, ni escribía versos al margen de las tendencias de su época, al contrario, formó parte desde el principio del grupo «Mediodía» junto con Alejandro Collantes de Terán, Eduardo Llosent, Joaquín Romero Murube, Rafael Porlán, Fernando Labrador y Rafael Laffón. «Ni uno más, ni uno menos», ellos formaron paralelo batallón poético a los integrantes de la Generación del 27, con quienes mantuvieron relaciones más o menos distantes a lo largo de los años. Fueron los «manicomiables», en su propia afirmación, que quedaron fuera de la muralla moral y social de la ciudad que a un tiempo les dedica el mayor de los fervores y a la vez les somete al más profundo de los olvidos, porque lo mejor que se puede hacer con un poeta es leerlo y no nombrarlo cada dos por tres. Como pocas ciudades, Sevilla es capaz de fagocitar lo mejor de ella, de derruirlo, mal venderlo, prostituirlo e incluso olvidarlo, para al mismo tiempo hacer bandera y orgullo de lo que ella misma se ha encargado de hacer desaparecer. Ejemplos como el de Sierra los son también el de Manuel Chaves Nogales, Antonio Núñez de Herrera, Manuel Díaz Crespo o el propio Romero Murube, ahora «recuperado» a causa del cincuentenario de su muerte.

La reclusión de Sierra en su casa del Barrio León, en su plaza de funcionario de Hacienda, dentro de ese paréntesis del «poeta de la Semana Santa», no viene por su propia voluntad sino por el desconocimiento y la falta de interés de sus propios paisanos. Lo demuestra «Poesía y prosa» y lo explica fantásticamente la introducción de José María Rondón, pese a que ésta se titule «Juan Sierra, exquisito en la penumbra». Es más, dejando aún lado los textos publicados al calor del final de la Guerra Civil en las páginas de F.E., escribe desde 1939 hasta comienzos de los años setenta en ABC de Sevilla, El Correo de Andalucía, La Hoja del Lunes, pero también aunque con menos intensidad, en el diario madrileño Informaciones y en la revista Semana. No se trata de lugares más apropiados para quien busca la oscuridad. Asegura Rondón: «Los periódicos vinieron a ser un laboratorio luminoso para este ser de bálsamo y penumbras. Del lado de las publicaciones informativas, su escritura partía siempre de una realidad inmediata, de ahí, desarrollaba la fiesta de la gracia y la sabiduría». Para quienes únicamente lo observan como la criatura solitaria que imagina poemas para vírgenes y cofradías, Sierra hasta publica un artículo en 1939, poco antes de la II Guerra Mundial, sobre el acuerdo entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin en el que incluso aplaude el esfuerzo inútil de Kerensky. La edición de Rondón además incluye textos recogidos en «Sevilla en su cielo» (1984), donde se percibe la personal estética con la que mira a su ciudad natal, quizás circuito y cárcel voluntaria para su expansión como poeta, al que acompañan los libros de poemas «María Santísima» (1934), «Palma y cáliz de Sevilla» (1944), «Claridad sin fecha» (1947) y «Alma y cedro» (1982). Una producción corta pero intensa en la que se encuentran los temas capitales de una poética que va madurando desde la sencillez de los poemas dedicados a la Virgen hasta la profundidad de las últimas incursiones ante las puertas de la muerte.

De la luz a la próxima oscuridad eterna aparece un arco con piezas delicadas y sugerentes como «Isla de Panay» o «Melancolía». En «Poesía y prosa» ilustra la anécdota de la visita de Borges a Sevilla en 1984, cuando el escritor argentino preguntó si vivía Sierra aún. «¿Borges? Bueno, que venga», fue su lacónica respuesta cuando le comentaron si le apetecía la visita del argentino. Otros tantos se habían acercado antes para buscar su magisterio durante décadas, haciendo real la predicción de Adriano del Valle en 1934. «Juan Sierra, con su cabeza de puño bastón, padrearía a muchas generaciones de poetas sevillanos». Su producción poética hace gala de su apellido, sube cima y baja valles, pero no por la calidad sino por el vacío entre una y otra publicación.

Sin embargo, parece que ya existe una cierta unanimidad al colocarlo junto con Cernuda en la más alta cota de la lírica sevillana, fuera de los cuatro lugares comunes adobados, nunca mejor dicho la referencia al adobo, por los cenáculos cofradieros que se empeñan en nombrar y clasificar sin leer un verso o una línea que no sean las manoseadas al calor de la Semana Santa. «Aquí estoy sometido al tiempo/altivo por la costumbre del dolor/mi corazón ya herido para siempre», se lamenta en el poema «La vejez» recogido en su último poemario. De este final, solitario y casi ciego, a la luz que aporta esta obra completa recién publicada que coloca el foco, de una vez, en la totalidad de un escritor deslumbrante, luminoso, al que envolvieron en las tinieblas.