«Como era en un principio»: cuando el gran misterio es la propia familia

El escritor Daniel Blanco aborda los desafectos a través de una novela de intriga doméstica

Un reloj de oro perdido y devuelto a su dueña en un sobre sin remite treinta años después, hecho real ocurrido en el seno de su familia, fue aprovechado por el escritor Daniel Blanco (Moguer, 1978) para construir una historia de intriga y terribles desafectos. «Como era en un principio» (Algaida), finalista del Premio Ateneo de Novela 2019, se inmiscuye en las vidas anodinas de cuatro mujeres –una madre, sus dos hijas y la hermana de la primera– en el instante en que la protagonista, a punto de jubilarse, recibe un paquete en su trabajo con la joya que creía haber perdido tres décadas atrás.

«A una tía mía le regalaron en 1987 un reloj carísimo y cuatro meses y medio más tarde en el trabajo va a lavarse las manos y ve que el reloj no está», relata Blanco, que explica que «aquella aparición le hizo replantearse la relación con su círculo más íntimo, ya que la noche anterior había tenido una cena en casa con amigos». En la vida real nunca supieron qué ocurrió ni quién fue el responsable, una incógnita que el autor despeja en la novela mientras hace saltar por los aires a una familia tan disfuncional como cualquiera. «El misterio funciona como la zanahoria del caballo, pero es una novela para hablar de los laberintos familiares, de los afectos y los desafectos y sobre todo de cómo la familia muchas veces es una trampa», reflexiona Blanco. En ella están atrapadas la madre y las hijas ya adultas, una casada y con hijos; la otra, con casi cuarenta años, sin trabajo y viviendo en la casa materna sin más perspectivas que buscarse un ligue y estar pendiente de sus redes sociales. El padre, ya fallecido, y la tía son parte de ese cepo del que resulta difícil escapar, como de los roles familiares asumidos por cada uno.

La hija pequeña, «antiheroína» en conflicto con su madre desde niña, ahonda a través de ese misterio de andar por casa en la construcción de las relaciones familiares y en cómo las vivencias personales forjan la personalidad de cada uno de sus miembros.

Como toda novela de intriga, la investigación acaba por revelar al culpable, pero el dato es irrelevante porque el agujero originado supera la ausencia del reloj y precipita una sucesión de miserias, ocultas hasta entonces. «Esos silencios que por cualquier casualidad salen, explotan y tambalean de tal forma la familia que nunca vuelve a ser igual», apunta el autor, que sitúa el problema es que «nos han convencido de que en ella nace todo lo bueno y muchas veces normalizamos formas de comportarnos porque vienen de ahí. Muchas familias están construidas sobre silencios y secretos». ¿Y cuándo se rompen? «Ante un terremoto de esta magnitud la única solución es aprender a relacionarse de otra forma. En la vida real se ha quedado algo mucho peor –confiesa en relación a su caso– que es la sospecha. Nadie sabe quién ni por qué lo hizo».

El elenco casi eminentemente femenino no es casual: «Creo que para hablar de los conflictos emocionales y domésticos nadie tiene más voz ni más autoridad que las mujeres porque son las que se han hecho cargo de la vida, de la gestión y de apagar los incendios». Blanco expone unas «relaciones tan tóxicas que no sobrevivirían en cualquier otro contexto», pero la familia lo «soporta todo». «Son relaciones que se construyen sin hablar de las cosas importantes –analiza–, dando por hecho que lo que no se nombra no existe y no nos puede afectar. Y al final es todo lo contrario».

Como autor se adentra en ese microuniverso y disecciona los comportamientos de la sociedad actual. «Si hay algo que cuenta la historia de una sociedad es la historia de las casas, lo que pasa en las relaciones familiares cuando la puerta se cierra», opina. En sus libros también convoca el mundo de los pueblos como un espejo de la familia, donde «muchas veces es más importante la leyenda que la verdad. No importa la verdad, si no lo que un pueblo asuma como verdad», dice este moguereño, que creció siendo «Dani, el hijo de la maestra». «Los que nos hemos criado en un pueblo tenemos un sentido de la comunidad diferente porque no existe el anonimato. Es un poco claustrofóbico y te hace sentirte continuamente vigilado», resume. Pero en esos dos puntos, el mundo reducido de la familia y el del pueblo, es donde Blanco destila a sus personajes. Y pese a su deliberada inspiración en un suceso vivido de cerca, rechaza que guarden parecido alguno con sus allegados: «Siempre hay que negar la mayor», mantiene entre risas.