Cuando China marque nuestras horas

“Nadie en Occidente parece estar dispuesto a afrontar el hecho de que hay un modelo de éxito para el crecimiento económico al que la democracia liberal le resulta completamente ajena”

Hong Kong, una de las ciudades más pobladas de China
Hong Kong, una de las ciudades más pobladas de ChinaDPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

El mundo occidental estaba convencido de que el crecimiento económico occidentalizaría a China. La realidad ha demostrado que China es absolutamente refractaria al modelo político y económico occidental y que allá donde impone su poder económico, lo hace también con sus reglas. Unas reglas que poco tienen que ver con los códigos occidentales. China reduce cada año su distancia con la primera potencia económica mundial; los EE UU. Su modelo de éxito está basado en un intervencionismo estatal que escudriña la actividad económica y las relaciones sociales determinantemente. El poder del Estado y también del «cuarto poder» caben bajo el amplio paraguas del Partido Comunista Chino en lo que califican sin rubor de un autoritarismo «armónico». El chino es un régimen que, con ese código, ha logrado un atajo hacia el crecimiento económico sacando a millones de ciudadanos de la pobreza pero aplastando eficazmente, a la vez, las revueltas de Tiananmen, el eco de la concesión del Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo o las protestas de Hong Kong. Ese código es el gran «consenso de Pekín».

Nadie en Occidente parece estar dispuesto a afrontar el hecho de que hay un modelo de éxito para el crecimiento económico al que la democracia liberal le resulta completamente ajena. Ese modelo se ha abierto paso en la propia Asia con acciones predatorias sobre los yacimientos de jade en Birmania o llenando el hueco que occidente ha dejado en Irán, Iraq o Pakistán –tradicional rival de la India con quien China mantiene el contencioso tibetano–. La última victoria ha sido la semana pasada con el anuncio de EE UU de retirar un portaviones del Mar de la China Meridional, lugar de tensión secular en el que China mantiene disputas con media docena de países por la soberanía de las Islas Spratly y con Vietnan por las Islas Paracel. Más allá del mar meridional de China, el gigante asiático ya ha reemplazado a EE UU como gendarme de Oriente Medio.

Además de en Asía, también en África y en América Latina, el estándar de «calidad democrática» chino es asunto que se pasa por alto por sus gobernantes. Es fácil de entender en parte del continente africano donde China encuentra que es más fácil llegar a acuerdos con gobiernos corruptos a cambio de zonas de exclusión económica. En los países sudamericanos han de emplearse más a fondo. En este caso, la irrupción de las empresas estatales chinas en la explotación de recursos agrícolas en Argentina o ferrosos en Perú, se han encontrado con una fuerte oposición política y social. Pero en todos los casos, las condiciones impuestas por las compañías chinas han hecho recordar con añoranza los modelos de explotación que en su día trajeron las empresas británicas o norteamericanas. En este proceso de reemplazo de unas empresas multinacionales por las suyas propias China jugó el discurso anticolonial y prometió infraestructuras a cambio de recursos naturales. El balance no es para nada mejor que la situación anterior.

Quizás al gigante asiático hay que verlo como una Nación-Civilización más que como una Nación-Estado. Así lo advierten Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo en «La silenciosa conquista de China»; un libro con una década de historia que apenas envejece.

La agenda política occidental europea tiene unas preocupaciones muy diferentes. Pensemos, por ejemplo, en la Unión Europea. Las alertas señaladas por sus autoridades ante la falta de garantía en la separación de los poderes del Estado en Polonia, Hungría o España de llevarse a cabo la reforma del CGPJ ¿qué recorrido tendrían de exigírselas a China so pena de denunciar cualquier acuerdo internacional?

Los directivos de empresas chinas –no sólo las estatales– trabajan repartidos por el mundo al servicio de su nación, con horarios de trabajo inasumibles para Occidente y salarios que serían despreciados por cualquier mando intermedio de una compañía multinacional al uso. Para realizar sus proyectos cuentan con el respaldo de bancos cuyas decisiones están guiadas por los intereses del Partido Comunista Chino y no por la rentabilidad económica necesariamente. Los dos grandes bancos al servicio de la expansión mundial de la República Popular China son el Banco de Exportaciones e Importaciones (Eximbank) y del Banco de Desarrollo de China (CDB). Sus fondos proceden de los bonos que compran los bancos comerciales en los que depositan su ahorro 1.400 millones de ciudadanos chinos cuya tasa de ahorro ronda el 40%. Para tener una visión comparativa baste pensar que las familias españolas tienen una tasa promedio de ahorro del 6% y que, además, este nivel es inusualmente alto y sólo explicado por el parón del consumo derivado de la pandemia.

Occidente parece rendido al «consenso de Pekín» ignorando que con él se renuncia a los estándares de libertad y derechos sociales que han costado siglos consolidar. China ha demostrado que el crecimiento económico no necesariamente pasa por la democracia. Es un resultado duro pero incontestable. La cuestión es si el resto del mundo está dispuesto a seguir poniendo alfombras a una hegemonía de este tipo o a defender unas reglas diferentes con relojes en los que quepa el trabajo y el descanso. Con naciones en las que quepa el progreso y la libertad.

* José Manuel Cansino es catedrático de la Universidad de Sevilla y profesor de la Universidad Autónoma de Chile