Los humedales andaluces, un terreno pantanoso

Andalucía tiene 224 de estos espacios naturales reconocidos por la Consejería y 25 forman parte de la lista Ramsar internacional pero prácticamente todos sufren sobreexplotación

Los humedales andaluces conforman parte de la riqueza ecológica en peligro de la comunidad. JUNTA DE ANDALUCÍA
Los humedales andaluces conforman parte de la riqueza ecológica en peligro de la comunidad. JUNTA DE ANDALUCÍA FOTO: JUNTA DE ANDALUCÍA JUNTA DE ANDALUCÍA

Andalucía cuenta con 224 de estos espacios naturales reconocidos en el Inventario de Humedales de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible y 25 de ellos forman parte de la lista Ramsar de importancia internacional pero prácticamente todos ellos sufren sobreexplotación por la presión humana. Un asunto difícil de solucionar debido a las necesidades de la agricultura y el consumo humano que no paran de crecer.

El Parque Nacional de Doñana ha saltado a las primeras páginas de la actualidad por la tramitación en el Parlamento andaluz de una polémica ley que busca regularizar regadíos hasta ahora ilegales en la corona norte del entorno del parque. Doñana siempre es un asunto delicado y de primera importancia porque es probablemente la reserva natural más conocida de España. Sin embargo Andalucía es una de las regiones de Europa con una mayor cantidad y diversidad de humedales y los que no son tan conocidos también necesitan de la protección de las instituciones. Aquí entran desde La Laguna de Orcera, en Jaén, Los Nacimientos del Parrica, en Granada, el Salar de los Canos, en Almería, o el complejo endorreico de La Lentejuela, en Sevilla. Nombres todos ellos que por lo general no reconoce el ciudadano medio ya que muchos son humildes charcas que a primera vista pueden parecer simplemente terreno embarrado. Pero estos terrenos inundados, ya sea de forma constante o temporal, cumplen un importante papel en el ecosistema para especies clave como insectos, anfibios o aves. Es lo que recuerda el vocal del Colegio Oficial de Biólogos de Andalucía, Jorge Fariña. Reconoce que a día de hoy la sobreexplotación agrícola y las necesidades del consumo humano son los principales problemas a los que se enfrentan las zonas húmedas. Por eso advierte de que la solución no es fácil ya que pasa por conjugar las actividades humanas de las que viven miles de familias con la supervivencia de estos espacios imprescindibles para el medio ambiente. «No hay una solución que pueda contentar a todos. Por eso todos los implicados tienen que aportar», incide.

El delegado de Greenpeace en Andalucía, Luis Berraquero, afina más la responsabilidad y culpa directamente de la desecación de ciertos humedales a un sector en concreto: la agroindustria o agricultura intensiva. Dentro de ella, Berraquero destaca la cada vez más numerosa práctica del olivar de regadío. Este tipo de cultivo aumenta cada año pues permite sacarle más rendimiento a cada árbol en contraposición al tradicional cultivo de secano que todavía es el predominante en la comunidad. El gasto de agua en el caso del de regadío se multiplica en comparación con el de secano, lo que afecta directamente a ecosistemas como la laguna del Rincón, en una provincia tradicionalmente olivarera como Córdoba, que apenas tiene ya agua. Berraquero también critica las políticas de la Junta en materia hídrica: «La consejera de Medio Ambiente cree que hay agua para todos pero no es así. Su política es de agua para hoy y hambre para mañana», denuncia en relación al reciente caso de Doñana. Y es que cuando un humedal desaparece es muy complicado recuperarlo por completo. «Es como cuando se te cae un jarrón al suelo y se rompe. Se puede reconstruir pegando los trozos pero al final se ven las costuras», detalla Fariña. Sin embargo se puede hacer.

La Consejería de Agricultura anunció el pasado 1 de febrero, día mundial de los humedales, la movilización de veinte millones de euros para su recuperación. Un esfuerzo importante que todavía está por concretar. El ejemplo más dramático de la desaparición de un gran humedal por la acción humana es probablemente el de la Laguna de la Janda. En los años 60 el gobierno franquista decidió desecarla y usarla para fines agrícolas. De las cerca de nueve mil hectáreas que se inundaban de forma natural con las lluvias y el desbordamiento de los ríos cercanos de este enclave en la zona norte de la localidad gaditana de Tarifa no queda nada. Los embalses de los ríos Barbate, Almodóvar y Celemín y la construcción de unos enormes túneles de drenaje debajo de la N-340 y que desembocan en las marismas de Barbate hacen imposible que este espacio, que en su momento era el mayor humedal interior de Europa, pueda volver a ser lo que era. Sin embargo, la Asociación de Amigos de La Laguna de la Janda, constituida en 1994, no desiste en su objetivo. Pero los embrollos administrativos lo complican todo, como explica el presidente de la asociación, José Manuel López: «El caso es una patata caliente porque los terrenos pertenecen al estado pero los gestiona la Junta de Andalucía y están ocupados de forma irregular por grandes empresas desde hace mucho. Nadie quiere meterse en ese pintón». Sin embargo sus acciones han llegado hasta la Comisión Europea que recientemente ha admitido a trámite una queja formal de la asociación para reclamar su recuperación.

Y si todo esto no fuera suficiente, la sequía cada vez más acuciante ejerce todavía más presión sobre las zonas húmedas andaluzas. Tan sólo este pasado mes de enero el descenso de las lluvias en comparación con la media histórica ha descendido un 86%, según datos de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. La preservación de los humedales es un asunto clave para garantizar un ecosistema saludable pero la agricultura y la ganadería también necesitan subsistir. Un terreno pantanoso que involucra a muchas administraciones y que mezcla ecologismo, política y economía. Necesitamos a los humedales y ellos también a nosotros.