José Lugo

La vieja política

“Si yo fuera el presidente, me acordaría de Balbín acompañado por señores y señoras que fumaban, pensaban y tenían qué decir”

La presidenta del Parlamento de Andalucía, Marta Bosquet
La presidenta del Parlamento de Andalucía, Marta BosquetJOAQUÍN CORCHERO/EUROPA PRESSJOAQUÍN CORCHERO/EUROPA PRESS

Se murió Balbín y como el humo que salía de su pipa se aleja un poco más la Transición aquella de Fraga, Carrillo y Guerra jugándose a los chinos la democracia pero sin humillaciones con el perdedor. Todos cedían, todos ganaban. Me fascina esa vieja política, infusionada en la cultura, agitada con la movida y presentada en bandeja a esa Europa que hoy nos sigue dando de comer. A aquello ya no volveremos, sólo hay que levantar un poco la moqueta para ver que más mierda no cabe, que los que la tienen que limpiar prefieren meterse en otros jaleos, que apesta y que un litro de gasolina cuesta más de dos euros. Balbín chupaba de la pipa como el mago de un cuento y en sus volutas en suspensión quedaba más periodismo que en todas las tertulias actuales. Herederos sin gracia del Guiñol de Canal+ que por la mañana te cuentan la reforma del CGPJ, a mediodía aseveran que la guerra se estancará con el verano y por la noche que a Pedro Sánchez no le caben más enanos en su cuarto. El zurriagazo de Juanma Moreno el otro domingo ya es pasado, la campaña nos la ventilamos como si fuera una caja de polvorones, sin ganas y atragantados, pensando ahora mismo en quién será el señorito que ocupe el sillón. Si yo fuera el presidente me acordaría de Balbín acompañado por señores y señoras que fumaban, pensaban y tenían qué decir. Querría esa vieja política que cansa a los blanditos asesores áulicos, que directamente acojonan al universo «agradaor» que prepara ya cómo buscarse el alpiste los próximos cuatro años. Esta realidad «soft» ha puesto un manto de terciopelo en esto primeros siete días de gloria y decepción, con nombres propios y apellidos saltando de un cargo a otro dentro de un disparatado crucigrama en blanco. Balbín y su pipa, la vieja política de verdad, la que nos hace falta: nada de experimentos y gente a la que no le importe el humo a su alrededor.