La macrobiótica no es una dieta sino un estilo de vida

Estos alimentos de temporada y de proximidad son cocinados e ingeridos despacio en un ambiente tranquilo y combinados al estilo oriental

Es necesario comer en un lugar tranquilo y estar sentados de manera adecuada
Es necesario comer en un lugar tranquilo y estar sentados de manera adecuada

La macrobiótica despierta un encendido debate en el ámbito de la Nutrición por los efectos tanto beneficiosos como nocivos que puede suponer para la salud en función de quién y cómo se sigan los consejos que esta filosofía basada en creencias orientales propone. Muchos especialistas y la propia Federación Española de Dietistas-Nutricionista (FEDN) llevan años poniendo el grito en el cielo cuando «la dieta de las famosas y las reinas» salta a la palestra como fórmula mágica para mantenerse en forma o cuando una televisión pública dedica todo un programa en horario de máxima audiencia a la cocina macrobiótica o, más aún, cuando este tipo de alimentación se ofrece como tratamiento alternativo contra varias enfermedades crónicas. Como «fraude de alto riego sin base científica» han llegado a calificar sus detractores a la corriente de pensamiento nacida en Japón en los 70 de la mano del filósofo y naturista George Ohsawa.

En efecto, no hay evidencia científica de que la alimentación macrobiótica cure el cáncer, la diabetes mellitus tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión o la osteoporosis. No es un fármaco ni un tratamiento médico ni mucho menos un milagro; se trata de un estilo de vida que promueve una dieta rica en cereales integrales y verduras y pobre en lácteos, carnes rojas, azúcar y harinas refinadas, que fomenta el ejercicio físico, la correcta respiración, la reducción de la exposición a la contaminación ambiental y al estrés, y aconseja comer con moderación evitando los excesos para mejorar el bienestar de las personas sanas y servir también como terapia complementaria de los tratamientos médicos convencionales en algunos enfermos crónicos. Y eso puede funcionar cuando no se es niño ni mujer embarazada o en periodo de lactancia, cuando se realiza bajo control médico y si no se lleva al extremo de comer sólo cereales y restringir la ingesta de agua.

Así, hay numerosos testimonios de los seguidores de la macrobiótica sobre el aumento del bienestar emocional y físico incluso en personas enfermas ya que el estado de ánimo es también un factor clave entre quienes tratan de mejorar su cuerpo a través de la alimentación. Esta dieta busca el equilibrio nutricional con alimentos que identifica por su energía con el Yin y el Yang (acidez y alcalinidad, respectivamente), el equilibrio de los sabores y también de los colores, las formas y los olores. Lo explicaba Marisa Fernández, experta en concina macrobiótica con más de 25 años de experiencia, en un taller impartido recientemente en Madrid para poner en valor dos de los principio macrobióticos más importantes: elegir alimentos de temporada y de proximidad.

Con ellos, Fernández prepara paté de tofu y shiitake, crema de puerros y amendras, tomates cherry con anchoa de la Escala, empanada de verduras y algas, mousse de garbanzos, cordero con arroz integral de Pals y con cebolla caramelizada de Figueres y un postre de semilla de chía con zumo de manazana del Ampurdán y nueces crespianas. «En España cocinamos demasiado tiempo las verduras», explicó. «Con dos o tres minutos en agua hirviendo con sal es suficiente, queda más crujiente, sus propiedades se mantienen mejor y su color verde es mucho más intenso». El secreto de la macrobiótica, sostiene, está en «la cocina natural en busca de los nutrientes, sin fritos ni rebozados, con productos de temporada y cercanía, así como en cocinar muy despacio y a fuego lento (30º o 40º)».

Predominan en esta dieta tres grupos de alimentos: algo más de la mitad de la ingesta diaria está compuesta por cereales integrales de grano entero, sobre todo, el arroz integral; el 40% son verduras y hortalizas, frutas que aportan fibra, vitaminas y antioxidantes; y el 10% restante está integrado por leguminosas, que ofrecen minerales y proteínas de origen vegetal. También están presentes los frutos secos (calcio) y las algas marinas; en menor medida, los pescados blancos y mariscos. Muy pocos lácteos, huevos o aves de corral; y apenas carnes rojas. El té verde y el agua de manantial son las fuentes principales de líquidos y de minerales. Se recomienda consumirlos antes y después de las comidas, pero no durante las mismas porque aseguran que diluye las enzimas digestivas y dificulta la digestión. Los condimentos han de ser también naturales: sal marina, salsa de soja o miso. Y el ambiente. Es necesario comer en un lugar tranquilo y ventilado, estar sentados de manera adecuada y comer despacio masticando muy bien los alimentos.