La perversión de la Segunda Enmienda

Estados Unidos falla a la hora de garantizar el derecho más elemental de un ciudadano como es su propia vida. Sin embargo, su clase política evoca la Constitución para defender su inmovilismo. La matanza del Douglas High School perpetrada por Nikolas Cruz con su AR-15 vuelve a dejar muda a la clase política norteamericana que prefiere centrar el tiro en los problemas mentales del joven de 19 años que en la propia salud del sistema norteamericano. La Segunda Enmienda consagra el derecho de los norteamericanos a poseer y portar armas pero está redactada en 1791, en un contexto de guerra y sin un Estado vertebrado. No quedan apenas rasgos de ese Salvaje Oeste en la cultura norteamericana excepto el apego a este artículo anacrónico de la Constitución. Estados Unidos es ahora una superpotencia militar y el único país moderno que no ha entregado al Estado el monopolio de la violencia. Es el indudable líder del primer mundo que, sin embargo, registra índices de criminalidad similares a los de los países subdesarrollados. Estados Unidos registró 33.880 muertes por armas de fuego, según las estadísticas de la Campaña Brady, Venezuela 26.616 en el mismo 2017, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia. La gran perversión es apelar a la Segunda Enmienda como garantía de seguridad para los ciudadanos cuando la normalización de las armas se ha convertido en uno de los principales agujeros negros de Estados Unidos. El derecho a portar armas no hace la sociedad americana más segura sino más vulnerable y violenta. El ex congresista Patrick J. Kennedy, hijo de Ted Kennedy, dedicó sus años en la Cámara de Representantes a recabar apoyos para aumentar un control de las armas. En una entrevista con mi compañera Esther S. Sieteiglesas en LA RAZÓN nos expresó su impotencia por el rechazo de la clase política a abordar una modificación de la Segunda Enmienda. Ya no está en primera línea. La matanza de Douglas High School es la mayor desde la ocurrida en la Escuela Sandy Hook en 2012. Entonces murieron 20 alumnos, la mayoría de seis años. Obama lloró pero ahí quedó todo. No se atrevió a abrir el debate de la Segunda Enmienda y apenas logró aprobar una tímida restricción de la venta de armas que su sucesor, Donald Trump, no ha titubeado en levantar. No sé cuántos Alyssa Alhadaff, Nicholas Dworet o Jaime Guttenberg deben perder sus vidas hasta que la sociedad norteamericana despierte y exija a sus políticos que protejan a sus hijos. Los 17 estudiantes asesinados en Florida no son números, ni estadísticas son sueños rotos con nombre propio.