Zimbabue, mucho has tardado

Por Carlos Navarro Ahicart

La destitución de Robert Mugabe como líder del partido gobernante en Zimbabue, ZANU-PF, y el absoluto cerco en el que se encuentran él y su entorno para que abandone la presidencia del país son una realidad más que tangible. El político y militar de 93 años, que lleva gobernando Zimbabue desde que el país proclamase su independencia en 1980, tiene las horas contadas (al menos como político de éxito).

La presidencia de Mugabe no ha sido un camino de rosas, precisamente. La deplorable situación económica en la que se encuentra el país, junto a las constantes acusaciones de represión y autoritarismo, han provocado que gran parte de la población llevase años esperando ver caer al aparentemente intocable líder. Pero lo que realmente ha propiciado su caída ha sido la guerra interna en su partido en torno a la cuestión sucesoria. Porque, si algo estaba claro, era que Zimbabue tenía que seguir en manos de alguien cercano al presidente Mugabe.

Las maniobras de la primera dama, Grace, para provocar la destitución del ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa abrieron una peligrosa brecha en el ZANU-PF entre los partidarios de una y de otro. Ella, que se considera legítima sucesora de Mugabe por derecho matrimonial y por, según su parecer, ser adorada por las masas, se metió con la persona equivocada: un vicepresidente que llevaba desempeñando cargos políticos de primer nivel como ministro de distintas carteras y que se había labrado una excelente relación con los militares zimbabuenses. Tras acusarlo de conspirar contra el gobierno, encendió la mecha. El ejército no tardó en marchar hacia Harare, la capital del país, y sitiar los edificios más emblemáticos del gobierno de Zimbabue, manteniendo a la familia del presidente bajo arresto domiciliario a la espera de que este acepte su destitución como presidente. El propio Mnangagwa ha asumido ya el gobierno interino del país.

Y es que lo verdaderamente desolador de todo este asunto es que haya tardado 37 años en ocurrir. Ya desde principios de los años 2000, la situación de Zimbabue terminó de descarrilar para dirigirse a un abismo del que jamás saldría: la hiperinflación, principalmente causada por la confiscación de las tierras a la minoría blanca y su redistribución a la población negra, incapaz por falta de conocimiento y tecnología de gestionar las cosechas y mantener la producción de alimentos en el país. Aunque Mugabe y el ZANU-PF culpabilizaron desde el principio a la comunidad internacional por las sanciones impuestas y al FMI por manipular las divisas tras negarse al pago de la deuda contraída con el Fondo, lo que nadie puede negar es que los precios han estado duplicándose cada 24’7 horas durante años. La tasa de inflación en noviembre de 2008 era del 79,600,000,000%. Y no es que la situación haya mejorado desde entonces.

Zimbabue no ha sido más que un Estado fallido en manos de un gobierno autoritario y estatista cuya única preocupación ha sido garantizar la continuidad y el bienestar de la casta gobernante en torno a Mugabe. Y, ahora, solo cabe esperar para ver si el golpe de Estado de los partidarios de Mnangagwa supone el fin de una época y el comienzo de otra para el país, o se va a limitar a ser, únicamente, una lucha de poder más entre los líderes de otro país que no ha conocido otra cosa que la guerra, la pobreza y la dictadura desde la descolonización. Ese es el verdadero problema de África, y no el capitalismo, como dicen algunos.