Reflexiones de un joven pensador

Estoy con los jóvenes que queremos ser personas libres y comprometidas, capaces de tomar decisiones y expresar nuestras opiniones con espíritu crítico, negándonos a participar en lo que sea para ser aceptados y abriendo nuevos caminos. Defiendo la diversidad, la singularidad y la igualdad educativa.

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Sobreproteger a los hijos fabrica inútiles

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Sobre el autor

Álvaro Cabo

14 años. Escritor, Blogger y conferenciante. Colaborador en Prensa, Radio y Televisión. A los 10 años irrumpió en el mundo de la actualidad con su blog “Mi país a través de mis ojos”; a los 11 años publicó su libro “Ser inteligente no es un delito” y desde los 12 imparte un Ciclo de Conferencias denominado “Tu éxito está en tu esfuerzo”. Ha sido reconocido como talento Marca España 2016 y es miembro de la Red Mundial de Conferencistas y de la Cámara Internacional de Emprendedores. Aficionado a la novela histórica, marketing, actualidad política, económica y social; futbolero y practicando artes marciales casi desde que empezó a andar. alvarocabo.com

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En el capítulo XI de mi libro “Ser inteligente no es un delito” escribo: “No nos podemos convertir en unos ‘blanditos’, rendirnos y ponernos a llorar cuando algo no nos sale como nosotros queremos. Los niños y jóvenes no podemos y no debemos dejarnos consentir por nuestros padres, maestros ni sociedad en general. Ellos están para ayudarnos, no para hacérnoslo todo. ¡Por favor! No nos tachéis de pobrecitos cuando nos quedemos una noche estudiando o madruguemos para terminar tareas, porque es nuestra responsabilidad, lo extraño sería lo contrario. Si esto no lo hacemos, nos convertiremos en una sociedad de mimados e irresponsables, sin capacidad para resolver nuestros propios problemas por pequeños que sean”.

En nuestra “moderna” sociedad, cada vez más ilógica, podemos encontrarnos sin ir muy lejos a padres como los acertadamente denominados en el libro Hiperpaternidad de Eva Millet, padres-helicóptero, que se caracterizan por estar sobrevolando sin descanso sobre la vida de sus hijos; los padres-apisonadora, esos que allanan continuamente el camino de sus hijos para que no se topen con ninguna dificultad; los padres chófer, que se pasan los días llevando a sus hijos de extraescolar en extraescolar; las madres o padres agenda, que llevan al día las agendas de sus hijos, tengan estos 6 ó 15 años, y cuando llegan a casa revisan cada una de las tareas, deberes y exámenes que los niños tienen previstos; los hiperprotectores, que son los que quieren evitar cualquier accidente, por lo que algo antes natural para un niño, como subirse a un árbol, resulta ahora impensable; los padres-bocadillo, que persiguen a sus hijos en el parque con la merienda en la mano; y las más novedosas madres-tigre, representadas por la china-estadounidense Amy Chua, quien dirige de forma implacable la vida de sus dos hijas, en la que la regla a seguir es “no se puede invitar a amigos e ir a otras casas a jugar y mucho menos a dormir, tampoco se puede ver la televisión ni entretenerse, se prohíbe todo excepto triunfar”.

Se ve cada día en las entradas y salidas de los colegios: madres y padres con hijos de 10 años en adelante, que llevan sus carteras y que no les dejan ir solos ni a la vuelta de la esquina. Padres que les sostienen la merienda o el zumo en la mano mientras que ellos juegan. O padres que en las actividades extraescolares -si pueden- se quedan mirando lo que hacen hasta el final. E incluso les hacen los deberes o los trabajos, para que ellos puedan jugar otro rato más a la consola o se vayan a la cama. Y ya para colmo, si no saben qué tareas tienen que hacer o qué examen estudiar, tiran del maldito grupo de whatsapp que se lo chiva todo en un segundo.

Así, ¿como vamos a evolucionar, si no nos dejan equivocarnos, ni tropezar, ni que nos echen la bronca en el colegio por olvidarnos los deberes? ¡Si nos lo dan todo hecho! Nuestros padres nos tienen que mostrar el camino, no adornárnoslo para que no suframos. Deben prepararnos para saber estar en sociedad y eso solo se aprende dejándonos hacer y corrigiéndonos cuando nos equivocamos. Menudas broncas me llevo yo por culpa de mis despistes, pero les agradezco que no me pasen ni una, porque así aprendo a responsabilizarme de mis cosas, aunque creo que el despiste forma ya parte de mi carácter...

A mi parecer debería ser obligatorio ir a los campamentos de verano. En ellos aprendemos a ser independientes, a cuidar de nosotros mismos, a compartir, a convivir con los demás y a valorar lo que tenemos en casa. Además conoces a gente de otros lugares, aprendes otras culturas y costumbres y se te abre la mente a cosas nuevas que desconocías. También te caes y te haces heridas, tienes hambre, sueño, frío, calor, te pican los mosquitos, te manchas la ropa, se te pierde el champú, la toalla o las zapatillas... y ante todo eso, descubres algo muy importante: el compañerismo.

Según estudios, la inseguridad, rebeldía, baja autoestima, frustración, carácter débil o confuso y poca creatividad son algunos de los síntomas que desarrollan los niños hiperprotegidos. Por eso, a cierta edad, deben empezar a confiar en nosotros y ver que somos capaces de ir solos a algunos sitios sin que nos pase nada; eso refuerza nuestra autoestima y nos espabila ante el mundo que nos rodea. Deben también dejarnos que llevemos nuestra propia agenda, y si se nos olvida algo ser nosotros los responsables. Es muy triste ver encuestas que dicen que tres de cada cuatro jóvenes españoles no saben ni de qué están vacunados, y la respuesta a eso, es que ese tema lo lleva mi madre.

Cada vez que les sobreprotegemos les quitamos anticuerpos ante su futuro”, (Anna Mascaró).

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