EL carnaval y las mejores fiestas de la historia

Los disfraces siempre han sido sinónimo de alegría grotesca y zafia felicidad y la literatura lo ha reflejado a la perfección desde la época de los romanos

«El gran Gatsby»
«El gran Gatsby»

«No quiero abogar por las fiestas, las drogas, el alcohol, la violencia o la locura, pero a mí siempre me han servido», decía Hunter S. Thompson, el autor de «Miedo y asco en Las Vegas». «Nunca te pierdas una fiesta, es buena para los nervios, como el apio», aseguraba Francis Scott Fitzgerald, el creador de «El gran Gatsby». «Hay una fiesta en mi cabeza y espero que nunca acabe. Siempre tengo una fiesta aquí arriba y seguirá hasta que caiga inconsciente», decía David Byrne, el líder de Talking Heads. Estamos en carnaval y eso quiere decir que estamos en la fiesta más loca, alegre, salvaje y literaria que existe. En esta época hay que celebrar la fiesta, que es como celebrar la celebración, o sea es una algarabía nuclear que puede acabar con el mundo o, simplemente, hacerlo empezar de nuevo, que falta le hace.

Para el filósofo, crítico y teórico del lenguaje Mijail Bajtin, la literatura era un carnaval, en que el autor disfrazaba a todo el mundo con una intención clara, una reacción emocional lógica y una conclusión consecuente, como si de una gran rua de carnaval se tratara. Pero hay fiestas y fiestas, claro. Estaban las serias y elegantes, como las de Tolstoi, y luego estaban las desalmadas y salvajes, como las de Dostoievski. Y, claro, éstas eran las mejores, las que se reían de la lógica de costumbres e iban más lejos en la imposibilidad de encerrar a los hombres en buenos modales.

Dentro de este grupo estaba, por ejemplo, Rabelais y sus «Gargantúa y Pantagruel». Es sencillo ponerse un disfraz de policía e ir a Sitges o Vilanova i la Geltrú y decir, «¡sé lo que es el carnaval!». Ahora bien, uno puede encerrarse en su caasa, como hacía Focoult, y leer a todas horas libros del siglo XVI y al final leer los libros de Rabeleis y él se convertirá en Carnaval, no necesitará ir a ningún lado, ni a Venecia, ni a Río, ni a Sitges, ni a Barranquilla, por supuesto. Por eso, leer grandes fiestas es lo más parecido a una gran fiesta.

La primera gran fiesta de la historia de la humanidad, por supuesto, fue la del rico liberto, antiguo esclavo convertido en magnate, Trimalción, de «El satiricón», de Petronio. Cuando uno no ha sido dueño de sí mismo, en realidad no quiere seguir siéndolo nunca, pero con libertad. Eso son las fiestas, y Trimalción realiza una de esas locas celebraciones que duran y duran y duran más y que la aventura, la auténtica maravilla, está en saber cómo podrás salir de ella. Sino que se lo digan a Escolpio, el protagonista del libro. Empieza como una comida y tras doce surrealistas manjares, servidas por esclavas que bailan y cantan al son de las locuras de Trimalción, se llega a simular un funeral y llorar de forma irónica las miserias del anfitrión.

Su impacto fue tal que hasta Francis Scott Fitzgerald basó las fiestas salvajes de «El gran Gatsby» en ella. El escritor redujo la era del jazz y la alegría de vivir en mansiones y noches tumultuosas que reunían a un amplio espectro de la sociedad, algo que imitarían después en las famosas fiestas de Studio 54, reuniendo toda la efervescencia kitch de los 70 y la era disco. Así que la arquología de la fiesta nos lleva a ver que todas se inspiran en la primera y gran locura de Trimalción.

Vanidad de vanidades

Si alguna vez estas fiestas han parecido bacanales satánicos, nunca lo han parecido tanto como en «El maestro y Margarita», de Mikhail Bulgakov. El propio diablo, disfrazado de profesor, da una fiesta en un pequeño piso de Moscú, y allí dentro hace caber un bosque tropical lleno de loros, una gran orquesta y hasta un grupo de jazz compuesto por monos. Y si encima entre los invitados están Calígula, Messalina o Iván el Terrible, entonces sobran hasta las piñatas.

También hay fiestas carnavalescas tristes, como el mardi gras que describe Walter Percy en «El cinéfilo», un tipo de lo más deprimido en un lugar efervescente y explosivo. O simplemente grotescas, como en «Underworld», de Don DeLillo, que se basa en una fiesta organizada por Truman Capote, que contó con gente como Frank Sinatra o Hoover y que puso a 500 personalidades sociales de los 50 con máscaras a lo «Eyes wide shut». Y entre las más divertidas estarían las de «Cuepos viles», de Evelyn Waugh y la de las más raras las de «El lobo estepario», de Herman Hesse y esa búsqueda de la risa salvaje de Mozart. Basada en las locuras dadaístas, deja claro que las fiestas que no buscan la rareza no son fiestas, son reuniones.