Diario de una cuarentena con niños: Día 19

Ha llegado el día de “Abrir en caso de Apocalipsis”

Hace cinco años, tuve un flechazo con un libro que llegó a la redacción. Era de color amarillo chillón y llevaba por título “Abrir en caso de Apocalipsis” (Destino). El libro respondía a una pregunta que siempre acabo haciendo en noches de vino y rosas. Si un día nos tocara vivir una guerra, un invierno nuclear, el ataque de un ejército marciano o una pandemia provocada por un virus que transforma a los humanos en zombies, ¿qué habilidades de superviviencia tenemos? “Está claro que los enfermeros, médicos, químicos o ingenieros serían más útiles que yo”, digo. Y siempre hay algún iluminado que me dice para subirme el ánimo: “Pero tu puedes contar historias”. ¡Y de qué carajo me sirve contar historias si no sé hacer un torniquete! Por eso, me guardé ese libro amarillo, por si alguna vez me toca ser Alba, la protagonista del “Mecanoscrit del Segon Origen”, o algún zumbado de “Mad Max”. Todos son supervivientes de una hecatombe que acaba con la civilización y tienen que empezar a reconstruir el mundo de cero. ¿Cómo se hace eso? Con este manual que escribe Lewis Dartnell, aunque si sobrevives con un médico, como les pasa a los de “Perdidos”, mejor. Lo cogí de la montañita de libros que tengo sobre la mesa de la redacción el viernes 13 de marzo, el último día que fui al trabajo.

El libro enseña a cultivar alimentos, a generar electricidad o preparar medicinas. Recopila conocimientos que hemos olvidado o que ya sólo somos capaces de desarrollar en grupo. La introducción es una profecía. “El mundo como lo conocemos ha llegado a su fin. Una cepa particularmente virulenta de gripe aviar finalmente rompió la barrera de la especie y logró dar el salto a huéspedes humanos, o puede que hubiera sido deliberadamente propagada en un acto de bioterrorismo”, arranca.

Sobre el SARS-CoV-2 ya corren teorías conspirativas, aunque la profesora Laura Lechuga, del Instituo Catalán de Nanociencia y Nanotecnología, que trabaja en un dispositivo para detectar este nuevo virus, dice que desde un punto de vista científico el covid-19 no es sorprendente, es algo que podía pasar, así que “no hay nada de conspiraciones”, dice.

En “Abrir en caso de apocalipsis”, Dartnell, que es investigador en astrobiología de la Agencia Espacial Británica y está especializado en buscar vida en Marte, cuenta que en caso de ser lo bastante afortunado como para sobrevivir a una catástrofe, sería una pena morir meses después de una infección. En un mundo sin antibióticos ni antivirales, recomienda lo que vienen haciendo los médicos insistentemente estos días: "lávese las manos”. “Unos conocimientos básicos de higiene y salubridad harán más que cualquier otra cosa para salvar su vida en un primer momento”. Pero si aún así coge diarrea por cólera, por ejemplo, beba un litro de agua limpia con una cucharada de sal y tres de azúcar. También te enseña a reproducir hongos Penicillium, responsables de la penicilina y a poner en marcha una industria química postapocalíptica con sosa, cal, amoníaco, ácidos o alcohol, para hacer jabón o explosivos.

Vale, puedo aprender a extraer metal de las rocas, pero aún no estamos tan mal y en el libro no dice nada de cómo teletrabajar con niños. Y yo hoy me siento malamadre después de leer uno de esos post de educación en positivo de Álvaro Bilbao. Plantea cómo queremos que nuestros hijos recuerden estos días de cuarentena. Y propone opciones: A) “mis padres no soltaban el móvil”, B) “mis padres me regañaron por eso y por eso”, C) “vimos películas con palomitas” o D) “nos unimos más como familia”.

Hay más, pero reflexionar sobre las dos primeras te deja mal cuerpo. El whatsapp del móvil saca humo, sobre todo el de los grupos de trabajo, anuncian ruedas de prensa, número de graves, fallecidos en residencias de ancianos, preguntan por los criterios para contabilizar defunciones por coronavirus y en medio de tanta bruma, una buena noticia, un ensayo clínico. Al grupo de whatsapp de los padres del colegio, ya casi ni le hago caso y debería, porque hay más humor. También pienso en cuántas veces he gritado ya hoy. Porque Bruna se ha pintado la cara con un rotulador azul y las manos con pintura verde mientras no le prestaba atención o porque Marc se entusiasma con la pelota en los pies y acaba haciendo una chilena en medio del salón.

Relativizas tus problemas minúsculos cuando hablas con una enfermera del Hospital Vall d’Hebron que te cuenta que tiene a 16 personas muy graves en la UCI o cuando tu amiga, que acaba de perder a su madre, te dice que ahora tiene a su padre ingresado por coronavirus y no lo dejan ver. Nos conformamos con salir vivos y que los niños se decanten por la opción D. No tenemos palomitas, así que la opción C no es posible. Pero los buenos hijos se han inventado un ritual. Cada mediodía, a la hora de comer, nos hacen unir las manos sobre la mesa y gritar todos juntos: “Un, dos, tres, familia”. Gracias por recordárnoslo. Me reto a gritar menos y disfrutar más de este tiempo con ellos, porque como decíamos anteayer, la vida es eso que también pasa mientras estamos confinados.