Diario de una cuarentena con niños: Día 18

La madre de una amiga de Pablo tiene coronavirus y hoy ha vuelto a su casa

Después de 18 días de cuarentena, hoy es el primer día que veo cómo los niños han interiorizado la situación. Sí, ya han empezado a jugar con el concepto coronavirus. Cada uno tiene su propia casa de muñecas de madera de Ikea. Esta mañana han confinado a sus muñequitos en sus diferentes habitaciones, prohibiéndoles cualquier escapada. “¡No podéis salir! No lo entendéis, está el coronavirus”, grita Pablo a dos barriguitas y las encierra en el dormitorio con un perrito. “Bueno, si tienen perrito sí que pueden salir un poco, al menos para pasearlo”, le ha explicado Camilia, algo que el pequeño no ha acabado de entender. “¿Y si tienen un elefante?”, le ha preguntado entonces Pablo, con un elefante en la mano, esperando que la lógica funcione así, que cuanto más grande sea el animal, más lo podrán sacar a pasear. “No, es una mascota como lo es un perro", le ha dicho Camila, y Pablo ha dejado al elefante desilusionado. Sólo faltaría elefantes con coronavirus, la verdad.

Ha sido un día raro. Hoy ha llamado a Pablo una de sus mejores amigas y le ha contado que su mamá acababa de volver a casa después de una semana en el hospital por coronavirus. A estas alturas, por mera lógica estadística, es muy difícil pensar que no conozcas a alguien afectado. Y aún así, te sorprendes. Dentro de una semana hasta será raro pensar en que tú no lo estés. La amiga de Pablo es una niña muy divertida, más despierta y articulada que el niño, que habla sin parar, y que le ha explicado en un segundo la situación. “Ahora duermo con mi padre. Y no puedo ver a mi madre. Bueno, sólo un segundo y de lejos, pero en realidad no me dejan”, le ha explicado.

Su madre es una mujer de 38 años que arrastraba lo que parecía un resfriado y que pronto se convirtió en un dolor en el pecho y dificultad para respirar. Primero fue a urgencias del Hospital Clínic, estuvo allí seis horas, le hicieron la prueba, la mandaron para casa y un día o dos después le dijeron que había dado positivo y que tenía que volver al hospital. Al final, al ver que estaba controlada, la derivaron a un hospital privado, y por último la han mandado a casa. Está bien, no ha necesitado respirador ni UCI, pero el miedo al contagio continúa. Ahora está aislada en su dormitorio y cruza los dedos para que nadie más de su familia esté infectado. Me ha encantado ver la manera tan tranquila y relajada en que la amiga de Pablo hablaba de la enfermedad de su madre, como si fuese una anécdota divertida.

Camila recuerda entonces que hace no mucho que fuimos las dos familias juntas al cine. Eso nos convierte, de repente, en contactos directos con un contagiado. Dios, ¿estaremos incubando la enfermedad? ¿Tendremos que encerrarnos todavía más en casa? ¿Eso sería suficiente? ¿Hay sitio para un hombre de 1,90 en una casa de muñecas? Miramos la fecha exacta de cuando fuimos todos al cine y respiramos tranquilos porque hace justo 28 días de aquello. De momento, nadie ha tenido síntomas, así que podemos descartar esta posibilidad. Todo, todavía, es una anécdota divertida. Oigo como Pablo y su amiga se ríen y pienso, qué razón tienen. Cuando los niños tienen razón es que el mundo va bien. Eso está clarísimo.

Camila, mientras tanto, se niega a quitarse su diadema de Minnie Mouse. Va todo el día con esas grandes orejas encima de la cabeza y dice en serio que es un ratón. ¿Será el confinamiento? No lo sé. A los cinco años se negó a que la llamásemos Camila, quería que la llamásemos Gregorio. Nunca supimos por qué. Un día se le pasó y punto. Esperemos que esto también se le pase. Ojalá el coronavirus sólo fuese una anécdota divertida para todo el mundo.