Amy Levy, mujer, judía y lesbiana, demasiado para el mundo victoriano

La escritora, que dio voz a la llamada "Nueva Mujer" en "Historia de una tienda", afirmó: "No hay nada más terrible que la ignorancia de la mujer sobre su propia naturaleza, posibilidades y pasiones"

El 10 de septiembre de 1889 se suicidaba la novelista y poeta Amy Levy, autora de “Historia de una tienda”, cansada de la tristeza y melancolía que arrastraba desde que tenía uso de razón. Sólo tenía 27 años. Se encerró en su habitación, bajó todas las ventanas, y dejó que el monóxido de carbono que desprendía el brasero acabase con su vida. Una muerte vulgar, antiromántica, como ella creía que era su vida. No merecía un final mejor, parecía decir. Como Syvia Plath, que selló la cocina y dejó descansar su cabeza en el horno, la falta de aire que sintió toda su vida fue la misma que se la arrebató.

Amy Levy era la hija de una familia judía que, a pesar de no ser muy practicante, sí se vanagloriaba de sus orígenes. La segunda de siete hermanos, ella fue también la segunda mujer judía en entrar en Cambridge. Curiosamente, también fue la segunda mujer judía que fue incinerada, como expresó como última voluntad. Su vida siempre fue una macabra repetición de alguien que había llegado antes. En la escritura encontró el valor de vivir y luchar contra la opresión sistémica que la sociedad victoriana ejercía contra los diferentes, y ella era tres veces diferente. No sólo tuvo que sufrir los ahogos por ser mujer, con un intento de violación en Cambridge, sino también por ser judía, (cuando nació, los judíos británicos acababan de conseguir plenos derechos civiles) y, por último, y quizá más cruelmente, por ser lesbiana. “No hay nada más terrible, más trágico, que la ignorancia de una mujer respecto a su propia naturaleza, sus propias posibilidades, su propia pasión”, escribiría.

En realidad, en la Inglaterra victoriana, la mayoría de mujeres no sabían ni que existía tal posibilidad. No es que no quisiesen ser libres, es que no sabían que podían serlo. Levy fue parte del movimiento llamado Nuevas Mujeres que pretendía visibilizar los derechos de la mujer más allá de simple consorte masculino y conseguir una igualdad efectiva, no condescendiente. Su novela “Historia de una tienda”, traducida el año pasado por primera vez al español gracias al empeño de Gonzalo Gómez Montero y la editorial Chamán, nos presenta a las hermanas Lorimer. Cuando muere su padre, dejándolas casi en la pobreza, decidirán abrir una tienda de fotografía, negocio en auge a finales del XIX, y convertirse en las responsables de su propio destino. “Brillante e inteligente, esta historia está llena de toques esplendorosos”, dirá uno de sus máximos admiradores, Oscar Wilde.

Pero el respeto de la crítica y el público no serán suficientes para borrar su triple cruz. Viaja mucho por Europa. Y en todos los países que visita, parece ser recibida con la misma frialdad. En Florencia conoce a Vernon Lee, la célebre escritora de cuentos de fantasmas, y se enamora perdidamente de ella. Lee, sin embargo, no la corresponderá, tónica habitual en su vida en esta tierra, como si se le estuviese vedado el amor de alguna forma. Acomplejada por sus rasgos judíos de tez oscura y nariz pronunciada, escribía para sentirse grande, porque en realidad sólo se sentía invisible. “Eres como una especie de batería eléctrica para mí (esto no suena correcto) y me estoy desmayando, Necesito tu contacto”, le escribe a Lee, prometiéndole que empezará a escribir una novela en que ella será “no la heroína, sino la héroe”.

En su segunda novela, “Reuben Sachs”, una tragicomedia satírica sobre la comunidad judía de Londres, serán los propios críticos judíos los que carguen contra ella. Divertida, mordaz, escrita como en un grito, prácticamente parodiando el estilo de Jane Austen, pero dentro del mundo judío, será acusado de representar con mala fe y erróneamente a una comunidad. Ya tendrá un nuevo frente abierto y un apoyo menos. Cuando publique su tercera novela, “Miss Meredith”, ya se sentirá completamente sola.

Además, sus problemas de sordera, que la afectan desde los 20 años, se agravan y parecen llevarla a un mayor estado de ingravidez y soledad. Nadie la quiere, nadie la ve, y ahora ¿nadie la oye? No hay rescate posible, piensa Levy, y es entonces que, desesperada, se quita la vida. A partir de aquí se convertirá en antecedente y faro visible del nuevo modernismo que viene, con Virginia Woolfe a la cabeza, otra escritora que también se quitará la vida. “Sinceridad, melancolía y estilo directo, su prosa presentó la verdad sin compromisos, con una gran profundidad de sentimientos y, por encima de todo, con la ausencia absoluta de cualquier palabra superflua. Es algo así como un clásico. Escribir así a los 26 es algo que han logrado muy pocos”, dirá Wilde.