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Blas Cubas, el primer muerto que contó su propia historia

La célebre novela de Joaquím María Machado de Assís inició un género que tuvo su punto álgido en los poemas de Spoon River de Edgar Lee Masters y en “El crepúsculo de los dioses", de Billy WIlder

El escritor Joaquín Machado de Assis, autor de "Las memorias postumas de Blas Cubas"
El escritor Joaquín Machado de Assis, autor de "Las memorias postumas de Blas Cubas"La RazónArchivo

“Obra de difunto. La he escrito con la pluma de la broma y la tinta de la melancolía, y no es difícil prever qué cosa podrá salir de desemejante mezcla”. Así arranca en su prólogo la novela “Memorias póstumas de Blas Cubas”, la obra maestra de Joaquím María Machado de Assís y que ahora vuelve a estar de actualidad, reverenciada por medio mundo. Su sardónica visión del Río de Janeiro de 1880 y su burla de las élites está considerada como la gran venganza del mestizo, Machado de Assis, contra los señoritos blancos a los que a sus 40 años se cansó de agradar. En tiempos tan confusos como el actual,, en medio del racismo sistémico que denuncia el Black Life Matters y la crisis del coronavirus, que ha golpeado con fuerza al Brasil de Bolsonaro, no hay libro más oportuno.

Suya es la primera narración en primera persona de un muerto, ocurrencia que luego repetirían muchos otros, del “Lovely bones”, de Alice Sebold a “El tercer policía”, de Flann O’Brien. Machado de Asís asegura que el primero, en teoría, fue Moisés, si éste fue el narrador de los cinco libros del Pentateuco de La Biblia. Determinar si fue o no el escritor es el pasatiempo favorito de los teólogos del siglo XX. Los católicos creen que sí, así que creeremos que sí. Es maravilloso pensar que en el capítulo 34 del Deuterónimo Moisés escribió con todo lujo de detalles su muerte, su sepultura, la suerte de su cuerpo, y los lloros de su pueblo al conocer la noticia. EL sentido común dicta que nunca podría haber escrito esto una vez muerto, pero el sentido común nunca ha escrito ningún libro que valga la pena.

​"Fui acompañado al sepulcro por once amigos. ¡Once amigos!", explica Blas Cubas sorprendido burlándose de lo que dijo uno de los asistentes al ver que llovía. “Vosotros que lo conocéis, señores míos, vosotros podéis decir conmigo que la naturaleza parece estar llorando la pérdida irreparable de uno de los más hermosos personajes que han honrado a la humanidad”. Una vez muerto, no tiene reparos en descubrir toda la falsedad e hipocresía de sus amigos y conocidos y reirse sin cuartel de la suya propia, pues no hay como estar muerto para ver cómo los hechos y las palabras nunca tienen nada que ver. La lógica es evidente, ¿que hay más falso que un muerto que habla de sí mismo? Sólo una cosa, la sociedad occidental.

Joaquím María Machado de Assís es el más grande de todos los autores que han escrito en lengua portuguesa. Su vida fue una historia de venganza. Mestizo, de padres pobres pero buenos padrinos, consiguió prosperar dentro de una vida de burócrata cultural. Decían que su barba y bigote no eran más que su intento de ocultar el verdadero color de su piel, recurso inútil porque, por muy bien que lo hiciera, por muy superior intelectualmente fuera de sus semejantes, siempre lo miraban como tal, un mestizo, a que sólo la condescendencia blanca permitió prosperar. Y Blas Cubas fue su ¡hasta aquí hemos llegado! Cuando todo el mundo te desprecia es francamente difícil no despreciar a todo el mundo. Ese es Blas Cubas, el gran pesimista que sólo disfrutaba odiando y lo hacía tan bien que era imposible no reírse y sacar placer de su ironía. “La impasibilidad egoísta, la sordera eterna, la voluntad inmóvil es el principio universal repartido y resumido en cada hombre”, dirá el gran pesimista Blas Cubas.

El libro sirve de pretexto para analizar en profundidad toda una serie de comportamientos cotidianos, como si fuera un stand-up comic de su época, pero con una poética tan profunda y personal que hace más la diagnosis de la enfermedad de su tiempo que sólo la sintomatología. “Me gustan los epitafios. Ellos son, entre la gente civilizada, una expresión de aquel piadoso y secreto egoísmo que induce al hombre a arrancar de la muerte al menos un harapo”, diría Machado de Asís.

Su ejemplo fue tan grande que muchos otros le imitaron después y pusieron en boca de un muerto los misterios de su propia historia. Diez años después de este Blas Cubas, por ejemplo, llegaría el gran Ambrose Bierce y su cuento “Una ocurrencia en el puente de Owl Creek”. Cuento indispensable en cualquier antología del relato americano, Bierce vuelve a presentarnos una de sus historias sobre soldados en la Guerra de Secesión y lo hace con la figura de un soldado confederado que narrará su huida del ejército enemigo sin darse cuenta que nunca llegó a huir, sino que se partió el cuello y murió antes. El último giro de la historia contrae el corazón y lo que hasta entonces había sido una divertida historia de aventuras se convierte en una hermosa y catártica tragedia que incide en el sinsentido de la guerra.

Aunque si hay un libro que haya sublimado el género de narrador muerto es “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters, gran poema de 1915 que pone voz a los 200 enterrados en el cementerio de Spoon River. “Como siempre en la vida./ Me vine abajo por algo de fuera,/ mis propias fuerzas nunca me fallaron”, explica Mickey McGrew, un buen hombre que murió al caer a un pozo. La ironía está muy presente en unos versos que fueron todo un best seller de su época, rara hazaña para cualquier libro de poesía publicado nunca. Profesores, abogados, médicos, albañiles todo cabe en esta antología que presenta una voz no para cada persona, tal vez no aspira a tanto, pero sí para cada estado de ánimo y, por supuesto, para cada decepción. Morir, ni para los suicidas, parece ofrecer buenas noticias.

Por supuesto habría que añadir aquí “Mientras agonizo”, de William Faulkner, con el célebre monólogo en el centro del libro de Addie Bundren, la madre cuyo cadáver transportan sus cuatro hijos para cumplir su última voluntad y que sea enterrada en Jefferson. Esta bíblica historia del éxodo de todo una familia en busca de la tierra prometida no deja de ser una macabra broma sobre cómo la vida, desde la perspectiva de la muerte, no deja de ser una histeria. ““Debemos ser libres no porque exijamos libertad, sino porque la practicamos”, escribió Faulkner. Y tenía razón, la libertad que se pide nunca es libertad.

Aunque la gran obra maestra del género, como presentábamos antes, es “El tercer policía”, de Flann O’Brien. Alumno aventajado de Joyce, pero de imaginación más surreal, no tan literaria, O’Brien completó en esta especie de novela negra sui generis la historia imposible que todo escritor desearía escribir. El libro arranca con una bicicleta y concluye con una bicicleta, convirtiéndose en el vehículo a dos ruedas más simbólico y fascinante de la historia de la naturaleza. EL argumento es complejo, fantástico, con un robo, una muerte, una desaparición, dos extraños policías y un tercero que sale al final todavía más extraño. Los editores de O’Brien, al leerla,se negaron a publicarla por demasiado fantástica y William Saroyan no pudo conseguir que nadie en Estados Unidos le hiciera caso. Durante 26 años estuvo el manuscrito encima de la mesa de la cocina. El escritor nunca entendió por qué a nadie le gustaba el libro.

No fue hasta 1967, un años después de su muerte, que su viuda consiguió que una editorial publicase el libro. Es irónico que el autor tuviese que morir para verlo publicado, como si fuera una metáfora más de las muchas que aparecen en el libro. En una carta a William Saroyan así explicaba O’Neil la novela: “Cuando llegas al final del libro te das cuenta que mi héroe, además de ladrón y asesino, ha estado muerto durante todo el libro y todo lo que le está pasando es una especie de purgatorio infernal donde repita la misma historia una y otra vez”. No es extraño que esta novela apareciese en un episodio de la serie “Lost”.