«Hay que prepararse para la cuarta ola del coronavirus: la salud mental»

Desde la Federació de Salut Mental advierten de la necesidad de impulsar medidas para dar respuesta a las nuevas necesidades psicológicas y emocionales de la población surgidas a raíz de la pandemia

En el pico de la pandemia generada por el coronavirus, la emergencia sanitaria, el salvar vidas, se convirtió en la prioridad y eso supuso el desplazamiento de todos los recursos en este sentido, lo que conllevó al abandono o relegación a un segundo plano de otros ámbitos de la salud y la asistencia sanitaria. Y este modelo de actuación está evidenciando ya las primeras carencias.

Como se pone de relieve desde la Organización Mundial de la Salud (OMS), que ya había previsto que de cara al 2030 los problemas de salud mental serán la primera causa de discapacidad en el mundo, la COVID-19 tendrá un fuerte impacto sobre la salud emocional y mental de la población, por lo que es imprescindible actuar de forma contundente para tratar de paliarlo. De hecho, ya se está produciendo dicho efecto. El confinamiento, el aislamiento social, la perdida de personas queridas y las situaciones de duelo mal resueltas, la crisis económica y social, el miedo o la incertidumbre son algunos de los factores asociados a la pandemia que en los últimos meses han generado o acrecentado los trastornos de ansiedad, depresión, estrés y otros trastornos mentales graves que han contribuido a empeorar el bienestar mental y emocional de la población y ello se traduce en cifras alarmantes.

Según los datos de la Agencia de Salud Pública de Cataluña, se ha triplicado el porcentaje de personas que refieren sintomatología de depresión y malestar, mientras que el porcentaje relativo a la sintomatología ansiosa se ha multiplicado por cuatro. Además, desde el inicio del confinamiento, se ha triplicado el consumo de hipnosedantes prescritos y se ha multiplicado por 10 el de los no prescritos, mientras que en la población entre 16 y 44 años, que es el grupo más afectado, se ha duplicado la sintomatología de depresión, ansiedad y malestar emocional.

Así pues, la pandemia no solo ha contribuido a agravar la situación de muchas personas con problemas de salud mental previos a la crisis sanitaria, sino que, tal y como apunta Francesc Torralba, catedrático de Ética de la Universidad Ramon Llull, «ha hecho emerger nuevas vulnerabilidades de personas emocionalmente rotas». «Se avecina una sociedad emocionalmente muy rota y dañada, lo que en algunos casos va a desembocar en patologías que van a requerir tratamiento y medicación». En esta línea, se estima que un 30% de la población podría llegar a tener ansiedad en los próximos meses e incluso es posible que se produzca un aumento de las conductas autolíticas y suicidios.

En definitiva, se ha detectado un empeoramiento de la situación de salud mental y muchos expertos ya hablan de la inminente llegada de la cuarta ola de la pandemia. «La primera ola fue la asociada con la emergencia sanitaria; la segunda, la referente a los enfermos crónicos; la tercera, la que hace referencia al malestar psicológico y económico; y la cuarta ola es la de la salud mental», comenta al respecto Ángel Urbina, presidente de la Asociación La Muralla Salud Mental y vicepresidente de la Federació de Salut Mental. «Desde China ya nos han advertido que allí se está produciendo esta cuarta ola» y por ello Urbina avisa que «ante este panorama hay que actuar con antelación y reforzar los servicios de salud mental, que eran escasos antes de la pandemia».

Y es que el bienestar mental y psicológico no es solo un factor relativo únicamente al ámbito sanitario, sino que también tiene implicaciones a nivel económico, social, comunitario y educativo. «Una sociedad emocionalmente rota es muy cara», constata Torralba, quien además hace hincapié en que los problemas de salud mental «no son de carácter individual y afectan solo a quienes los padecen, sino que repercuten a la comunidad, ya que conllevan problemas y conflictos a nivel familiar, malestar en la sociedad, bajo rendimiento laboral, dificultades en la empresa y su tratamiento y abordaje requiere de recursos económicos». En esta línea, Urbina recuerda que «la salud mental es un tema de salud, pero también social –ocho de cada diez personas con problemas de salud mental no tienen trabajo-, educativo – el abandono escolar es muy elevado entre este colectivo-, comunitario -estigmatización y falta de una red de apoyo-... lo cual acaba siendo muy costoso para la sociedad» y sobre ese coste social y económico ya ha advertido también la OMS.

Por todo ello, es imprescindible empezar a actuar en favor de una sociedad emocional y mentalmente estable en previsión de esa cuarta ola de la COVID-19 porque «los recursos destinados a la salud mental eran ya muy limitados antes de la pandemia y existía una infradotación, con lo que ahora, con la sobrecarga que se está produciendo y se va a producir en los próximos meses a raíz de la crisis del coronavirus no va a ser posible dar respuesta» a la demanda de una sociedad con cada vez más y mayores carencias a nivel psicológico y mental. «Hasta ahora, las asociaciones hemos soportado un sistema de salud con muchas carencias y hemos conseguido que éste no se desmorone», señala Urbina para a continuación advertir que «en la actual situación es imprescindible reestablecer, reforzar e incrementar los apoyos y servicios de salud mental».

En esta, en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, desde la federación se advierte de la necesidad de impulsar una serie de medidas de forma inminente, que podrían resumirse en «el refuerzo del programa de apoyo a la primaria y a las asociaciones que trabajan en este ámbito, así como una priorización comunitaria y que se garantice apoyo a todas aquellas personas que lo necesiten», señala Urbina, quien también pone de relieve la importancia de que «las personas participen en su proceso de recuperación y que se empoderen».

Por su parte, Torralba hace hincapié en «la necesidad de emprender estas medidas para evitar que se pueda generar una sociedad del malestar y desencanto» y advierte sobre la conveniencia de adaptarse a la nueva situación generada por la crisis del coronavirus a través del cultivo de nuevos valores, tanto a nivel personal, como empresarial y gubernamental. Y esos valores son, a su entender, «la resiliencia, la ductilidad y el cuidado del cuerpo y alma o espíritu". "De todo esto saldrá una sociedad diferente, aunque no sabemos cómo será esa sociedad».