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Ciencia

Cuando los matemáticos eran pagados con ocas vivas

El Café Escocés reunió a algunas de las mentes matemáticas más brillantes del siglo XX resolviendo problemas a cambio de las más disparatadas recompensas.

Era 1940 y en Europa se respiraba un aire de entreguerras. El ambiente estaba cargado y antes o después volvería a arder la pólvora. Pero mientras tanto, había un café en Polonia donde el tiempo parecía detenerse, aislado del mundo. El secreto no estaba en sus paredes, que apenas protegían del crudo invierno de Lwów; estaba en sus clientes. Un grupo de sabios que garabateaban incomprensibles fórmulas en las mesas para acto seguido quedarse horas en silencio, mirándose unos a los otros sin decir una sola palabra. Cuando estaban allí, juntos, las matemáticas se expandían para ocupar cada pequeño hueco de su mundo mental. Aquella isla suspendida en el tiempo era el Café Escocés y su magia dio a luz a algunas de las mayores mentes matemáticas del siglo XX.

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Por aquel entonces Polonia no tenía demasiadas universidades y la mayoría de las que había no destacaban por su prestigio. Sin embargo, Lwów era otro mundo. No había en Polonia una ciudad con más vida cultural que aquella. La capital polaca del conocimiento tenía no una, sino cuatro universidades de renombre. En aquella ciudad la matemática se vivía, pero no solo en las serias reuniones de la Sociedad Matemática, sino entre cafés y alcohol. Era así como los sabios podían dar rienda suelta a sus pasiones y olvidarse de las manecillas del reloj. Café y tiempo, los mayores amigos de las matemáticas.

El Café Escocés

Como en muchas ciudades los intelectuales empezaron a encontrarse en cafeterías cercanas a la Universidad para, con el tiempo, acabar concentrándose entre las mismas paredes: primero en el café Roma, para poco después, mudarse a nuestro Café Escocés. La novedad de Lwów estaba en en lo que ocurría dentro del establecimiento, concretamente sobre sus mesas de mármol. Como si fueran pizarras, los matemáticos garrapateaban sus superficies hasta cubrirlas por completo, creando algo a medio camino entre borradores y una obra de arte de horror vacui. No había tiempo para perecederas servilletas, cuando hablaban los conceptos salían disparados en un fuego cruzado. Si no se apuntaban al vuelo corrían el riesgo de perderse para siempre y, aunque la mesa era un apaño aceptable, tampoco era el mejor soporte, pues cada noche se limpiaban quedando impolutas. Por suerte, aquel sistema digno de Sísifo no duró para siempre.

Cuentan las historias que, tras recibir las quejas del dueño, Lucja Banach, la mujer del fundador de la cuadrilla matemática, les dio una libreta. En realidad, es posible que en realidad fuera el mismo Stefan Banach quien comprara el cuaderno, preocupado porque pudiera perderse todo lo que habían creado. Con el tiempo, aquel libro fue llenándose de decenas de problemas singulares. Retos que en su mayoría eran especialmente relevantes para la academia y por cuya solución se ofrecían premios de lo más variados. Las recompensas iban desde una botella de cerveza o un kilo de beicon hasta latas de caviar, aunque sin lugar a duda hubo un premio que destacó entre los demás. El cuaderno prometía que quien resolviera el problema 153 se convertiría en el orgulloso propietario de una oca viva, y así fue. Treinta y seis años después de ser planteado el problema, el matemático sueco Per Enflo encontró una solución y se cobró su ave.

El legado de Banach

Pero, aunque dentro del Café el tiempo pareciera una ilusión, fuera llegó la guerra. Primero a Polonia y poco después a Lwów. En septiembre de 1939 la ciudad pasó a formar parte de la Unión Soviética y tan solo dos años después, en junio de 1941, fue ocupada por los nazis. Durante esos años murieron muchos de los miembros del Café Escocés. Algunos fueron asesinados de un disparo, como Stefan Kaczmarz, o Antoni Łomnicki. Otros fueron empujados al suicidio, como Herman Auerbach que trataba de evitar los “coches de la muerte”, esas improvisadas cámaras de gas que los alemanes construían en los vehículos.

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Inesperadamente, el cuaderno sobrevivió en manos de Stefan Banach, que consiguió burlar a la muerte cooperando con las autoridades ucranianas, alimentando con su sangre a los piojos que los científicos nazis usaban para estudiar el tifus. Al acabar la guerra la libreta pasó de mano en mano hasta llegar a Stanisław Ulam en 1956. Por aquel entonces el cuaderno tenía 193 problemas, muchos de ellos resueltos y algunos de ellos propuestos por grandes matemáticos externos a la cuadrilla del Café Escocés. Finalmente, ante las peticiones de la comunidad matemática, Ulam accedió a traducirlo y publicarlo, para que todos pudieran sentir el espíritu de aquel pequeño café de Lwów antes de que la guerra segara aquella utopía.

Todo ha cambiado desde entonces. La tinta del cuaderno escocés ya se ha secado y hace tiempo que empezamos a olvidar los nombres de los científicos caídos. Ahora Lwów se llama Lviv y está en territorio ucraniano. Hasta el café ha desaparecido, dado paso a un restaurante-hotel. Sin embargo, en el número 27 de la avenida Shevchenka, donde antes había mesas garrapateadas con endiabladas expresiones matemáticas, sigue colgada la foto de un hombre serio recibiendo su merecido trofeo: una oca viva.

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QUE NO TE LA CUELEN:

  • No existe ningún documento ni testimonio que apoye la teoría de que la mujer de Banach comprara el famoso cuaderno escocés. Dicha historia se trata tan solo de una posibilidad nunca confirmada.

REFERENCIAS (MLA):