El gran misterio de Isaac Newton y el plomo en su pelo

El pelo de Newton tiene niveles de plomo que casi cuadruplican los normales. ¿Puede ser esta la explicación de su extraña personalidad?

Hay dos cosas que se suelen decir del gran Isaac Newton. La primera es que su mente ha sido la más brillante de entre todas las que nuestra civilización ha dado a luz. La otra es que, a pesar de su genialidad o tal vez por ella, Newton era un verdadero impresentable. Con cierta ligereza se le tacha de mala personas, por no incurrir en vituperios más crudos.

Para ser justos, parece que el angelito del joven Newton amenazó con quemar la casa de su madre con ella y su padrastro dentro. Desde luego que no parece un carácter especialmente reposado, pero, a decir verdad, son las palabras de un niño de nueve años dolido porque su madre se ha ido de casa con su nuevo marido, dejándole con su fría abuela. En su contexto, todo suena muy distinto.

El genio y el alquimista

Aquel niño, al crecer, descubriría cómo funcionaba la gravedad, al menos de una forma muy aproximada y completamente válida en el mundo que Newton conocía. Desvelaría los misterios de la luz y engendraría las leyes del movimiento, ahora conocidas como leyes de Newton, que explican cómo las fuerzas influyen en el desplazamiento de los objetos. Por otro lado, se volvería un ser huraño, un eremita dispuesto a abroncarse con cualquiera para defender lo único que tenía: su reputación de intelectual. Acusó a amigos y enemigos de haber robado sus ideas y fue absolutamente implacable con ellos. ¿Por qué era así?

Digan lo que digan no tenía el perfil de un psicópata ni el de una persona con trastorno del espectro autista, como se sugiere con frecuencia. La clave podría estar en una de sus aficiones más oscuras: la alquimia. Aunque parezca extraño, cerca de un 10% de la obra del genio de la física no estaba destinada a la ciencia, sino a la alquimia, una primigenia versión de la química que se había degradado de protociencia a pseudociencia. De hecho, muchos grandes científicos fueron alquimistas y persiguieron la vida eterna y la transmutación de los metales a oro.

Trataban de sintetizar en sus rudimentarios laboratorios la legendaria piedra filosofal, que de piedra tenía poco. Para conseguirlo, recurrían con frecuencia a los metales pesados, como el plomo, el mercurio o el arsénico; sustancias profundamente tóxicas que, por si fuera poco, calentaban hasta vaporizar parte de ellas, acumulándose en el mismo aire que respiraban. Y aquí viene el punto en común entre su vida como alquimista y sus peculiaridades psicológicas. Al parecer, la intoxicación por plomo puede causar alucinaciones y paranoia, explicando parte de su airada correspondencia donde, a veces, parecía inventarse conflictos que nunca habían ocurrido.

Es más, este diagnóstico también coincide con otros aspectos de su biografía. El plomo en nuestro cuerpo puede causar debilidad extrema, pérdida de apetito e incluso de memoria, las cuales pueden ser confundidas con una depresión o con esos periodos de máximo decaimiento que Newton parece haber sufrido. Todo ello parecía dar solidez a la hipótesis, ya defendida por algunos expertos, pero el verdadero golpe de gracia vino cuando se analizó un cabello del mismo Newton, porque la prueba de tóxicos fue sorprendente.

Plomo, mercurio, arsénico y antimonio por las nubes

El resultado era increíble. Tal y como se sospechaba y se había podido probar ya en otros alquimistas, Newton tenía una altísima concentración de metales pesados en el pelo. El plomo, el arsénico y el antimonio casi cuadruplicaba los niveles normales, pero el mercurio jugaba en otra liga, siendo más de 14 veces superior a las cantidades esperadas. Sin lugar a duda, los apuntes de Newton sobre cómo convertir el plomo sólido en gas no eran puras conjeturas o recetas copiadas de otros, sino un testimonio de lo que ocurría en su laboratorio. Con toda esta información parecía indiscutible que el declive psicológico del genio había estado causado por el plomo u otros metales pesados. O tal vez no, porque algunas voces disonantes ya habían disparado contra la hipótesis al ver que cogía fuerza, y la verdad, aquellos balazos estaban haciendo que la explicación del plomo hiciera aguas.

Resulta que, aunque muchos de los síntomas de la intoxicación por plomo sean variables y no se presenten en todos los individuos, es extraño que, en el caso de Newton, con unos niveles tales, no hubiera constancia de úlceras en la mucosa bucal, ni problemas respiratorios. Sobre todo, teniendo en cuenta que esos niveles del pelo son posiblemente más bajos que durante la mayoría de su vida, ya que durante sus últimos años, fue abandonando el laboratorio y el pelo nacido en aquel periodo final no sería representativo de sus épocas de furiosa actividad.

El contra argumento no fue demasiado brillante. Se escudaba en que la ausencia de textos relatando las úlceras no era suficiente para negar que estas hubieran ocurridos. Básicamente aquello de que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. El problema es que sería extraño no tener ningún dato al respecto cuando contamos con detalladas crónicas de cada bache que sufría la salud de Newton. Pero hay algo más, un dato que la hipótesis del plomo no puede explicar y que apunta en una dirección totalmente diferente.

El año milagroso

Sabemos que, entre sus periodos presuntamente depresivos, fueran estos causados por el motivo que fuera, hubo temporadas muy activas. Durante ellas trabajaba con enorme intensidad sin apenas dormir ni comer y fue en las que más disputas entabló. De hecho, durante 1666 tuvo su llamado año maravilloso, durante el que se considera que acumuló aportaciones suficientes como para cambiar el panorama de la física.

Estos rasgos parecen relacionarse más con lo que sería un trastorno bipolar. Aunque en contra de lo que mucha gente cree, el trastorno bipolar no consiste en que una persona cambie muy rápido de parecer o tenga constantes virajes entre emociones extremas. Por lo general, quienes lo experimentan sufren cambios mucho más lentos, de meses o incluso años de duración intercalando largos periodos depresivos con temporadas eufóricas algo más cortas llamadas fases maníacas o hipomaníacas. Tal vez esto encaja más con muchos de los rasgos de Newton, como su actitud megalomaníaca, su obsesión por que no le robaran sus ideas o sus maratones de trabajo.

Y, sin embargo, seguimos sin estar seguros. Por mucho que contemos con cartas suyas y testimonios de sus allegados, no es suficiente para diagnosticarle nada; al igual que tampoco podemos calcular su CI o interpretar con certeza los propósitos que había tras sus acciones. Es especulación, una especulación interesante, pero poco más que eso. Tal vez, lo más probable es que la respuesta esté en una suerte de término medio y que su personalidad fuera en parte forjada por la infancia y la juventud que le tocó vivir, por sentirse intelectualmente aislado de sus iguales, por algún trastorno psiquiátrico subyacente y todo ello agravado por su exposición a sustancias tóxicas, como el dichoso plomo.

Lo único que sabemos con suficiente certeza es que su trabajo es brillante y ¿no es acaso eso lo que realmente interesa de un científico?

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Puede que Newton inventara el cálculo antes que Leibniz, pero la notación que utilizamos actualmente pertenece a este último. En parte, esto se debe a que el trabajo de Newton era deliberadamente confuso, precisamente para que no pudieran plagiarle.
  • No hay pruebas de que Isaac Newton fuera homosexual, a pesar de que algunos textos lo afirmen como un hecho indiscutible. No obstante, es algo que tampoco podemos descartar. Simplemente falta evidencia.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Broad, W. (1981). Sir Isaac Newton: mad as a hatter. Science, 213(4514), 1341-1342. doi: 10.1126/science.7022655
  • Emsley, J. (2006). The elements of murder. Oxford: Oxford University Press.
  • GOLDWATER, L. (1981). Newton and Mercury Poisoning. Science, 214(4522), 742-742. doi: 10.1126/science.214.4522.742
  • Keynes, M. (1981). Sir Isaac Newton and his madness of 1692 and 1693. Nature, 292(5820), 197-198. doi: 10.1038/292197a0
  • Mercury poisoning: A probable cause of Isaac Newton's physical and mental ills. (1979). Notes And Records Of The Royal Society Of London, 34(1), 1-9. doi: 10.1098/rsnr.1979.0001
  • SPIVAK, M., & EPSTEIN, M. (2001). Newton’s Psychosis. American Journal Of Psychiatry, 158(5), 821-a-822. doi: 10.1176/appi.ajp.158.5.821-a