Sociedad

El misterioso animal que perforaba montañas

Miles de túneles gigantes han sido encontrados en Sudamérica. Algunos de varios cientos de metros de largo, dos de altura y cuatro de ancho. ¿Qué clase de animal pudo hacer algo así?

Fotografías de algunas paleomadrigueras publicado en el artículo: Giant Paleoburrows Attributed to Extinct Cenozoic Mammals from South America
Fotografías de algunas paleomadrigueras publicado en el artículo: Giant Paleoburrows Attributed to Extinct Cenozoic Mammals from South America FOTO: Renato Pereira Lopes Creative Commons

Una de las claves de la ciencia es conocer con qué certeza podemos afirmar lo que afirmamos. No todas las explicaciones que las distintas ciencias ofrecen son igual de probables. Algunas han sido puestas a prueba de mil formas posibles, ganándose un alto estatus en ese ficticio ranking de la certeza. En cambio, otras disciplinas tienen que trabajar con más dudas, sobre todo aquellas que cuentan con una cantidad de datos muy limitada y el acceso que tienen a su objeto de estudio es indirecto, como la paleontología.

No obstante, esto no quiere decir que la paleontología sea una especulación, ni mucho menos. Lo que significa es que sus estudiosos se mueven con maestría en esos terrenos, distinguiendo a la perfección las verdaderas certezas y reconstruyendo los huecos que quedan con las soluciones más probables y menos extravagantes. Siguen el principio de máxima parsimonia, que se dice. Esa es más o menos la historia que se cuenta a continuación, la de unos misteriosos túneles excavados en las rocosas montañas de Sudamérica. Más de 1.500 cavernas cuyas paredes están cubiertas con los surcos de unas garras descomunales. Garras que tal vez, dieron forma a la misma cueva.

Un monstruo tunelador

No hablamos de una ni de dos cuevas, sino de miles repartidas por el continente. Tampoco hablamos de pequeños agujeros ocultos tras un par de matojos, sino de túneles cuyo récord de profundidad está en los 600 metros y que forman cavidades de hasta dos metros de altura y cuatro de ancho. Digamos que no es fácil que pasen desapercibidos y, sin embargo, así ha sido hasta hace relativamente poco. Ante de que comenzara este siglo, la lista de paleomadrigueras, que así se llaman, era muy corta y los casos más grandes no se encontraron hace unos pocos años, entre 2010 y 2015. Estaban, en cierto modo, ocultas a plena vista. ¿Y acaso podemos culpar a alguien? Cuando uno ve una cavidad tal en la ladera de una montaña puede que piense en mil cosas, pero difícilmente le vendrá a la mente que una bestia legendaria fue quien extrajo todas aquellas toneladas de tierra y roca.

Dibujo de una cueva excavada por megaterios publicado en el artículo: Giant Paleoburrows Attributed to Extinct Cenozoic Mammals from South America
Dibujo de una cueva excavada por megaterios publicado en el artículo: Giant Paleoburrows Attributed to Extinct Cenozoic Mammals from South America FOTO: Renato Pereira Lopes Creative Commons

No obstante, parece bastante evidente que aquellos agujeros eran un producto animal, y no solo por las uñadas marcadas en la roca, sino por la forma que tienen las secciones de esas paleo madrigueras, ovaladas casi redondas en algunos puntos, muy diferentes a las formas que producen los ríos, el viento, u otros fenómenos meteorológicos. Es más, es frecuente ver que la cueva se ensancha y estrecha periódicamente, como si fuera un conjunto de módulos entre los cuales, el monstruoso animal descansaba. Y por si fuera poco, es frecuente que las paleomadrigueras serpenteen e incluso se bifurquen, algo extraño en los túneles excavados por el agua.

Como decíamos al principio, los paleontólogos están tan curtidos en estos terrenos donde escasea la información que tienen trucos para trabajar con pocos datos. Aunque no pueda saberse con certeza el origen de las garras que surcaron la roca, se pueden comparar esas marcas entre sí y definir icnotaxones, un sustitutivo de la forma en que normalmente se clasifican las especies. De ese modo, la diferencia en el tamaño y la elevación de los arañazos hace pensar que no se trataba de una especie, sino dos, que han sido clasificadas como dos icnofósiles diferentes: Megaichnus major y Megaichnus minor.

Con todas estas pistas el misterio está servido, pero ¿tenemos algún sospechoso? ¿Qué clase de bestia parda sería capaz de perforar metros de arenisca, basalto y granito? Lo hay, y es un pariente de los perezosos, un perezoso gigante.

Perezosos del tamaño de un elefante

Gigante es un adjetivo superlativo que muchas veces usamos a la ligera excepto cuando hablamos de raciones de palomitas. En el caso de los perezosos gigantes está más que justificado. La extinta familia Megatheriidae a la que pertenecían tenía ejemplares del tamaño de un elefante africano (Loxodonta africana) cuyos huesos eran incluso más corpulentos. Ese era el caso de Megaterium americanum, el cual alcanzaba los 6 metros de cabeza a cola. Posiblemente te estarás preguntando cómo es posible que un animal así sea pariente de los perezosos, y aunque parezca mentira es uno de esos datos de los que estamos bastante seguros casi desde el mismo momento en que se descubrieron sus fósiles.

A finales del siglo XVIII Fray Manuel Torres descubrió los restos de un ejemplar que pasó por varias manos antes de llegar al padre de la anatomía comparada, el mismísimo Georges Cuvier. Estudiando su osamenta se dio cuenta de algo, sus vértebras eran especiales. Contaban con unas protuberancias extraordinarias que proporcionaban un punto de articulación entre las vértebras del animal, una característica que definía precisamente al extraño superorden de mamíferos llamados xenartros, entre los que se encuentran los armadillos, los osos hormigueros y, por supuesto, los perezosos.

Megatherium americanum en el Museo de Historia Natural de París
Megatherium americanum en el Museo de Historia Natural de París FOTO: LadyofHats Dominio Público

Teniendo en cuenta todo esto y la desmesurada longitud de las garras del megaterio, Cuvier supuso que, como sus parientes actuales, los metaterios debían ser de hábitos arborícolas. No obstante, pronto se arrepintió de su hipótesis, tal vez porque visualizó aquella mole encaramada a un abedul, y propuso que sus garras eran en realidad zapadoras, preparadas para abrir camino a través de tierra, roca o, por qué no, la carne del enemigo.

Hasta ahora, todo lo dicho es poco especulativo, son datos bastante crudos. La magia está al combinarlos. Pero ¿acaso no es tentador unir una desmesurada máquina de cavar y unos descomunales túneles de aparente origen biológico?

No es descabellado

Desde luego, no es descabellado pensar que estos animales estaban detrás de las paleomadrigueras. Sin embargo, existen tres problemas principales con esta hipótesis. La primera se debe a que ni siquiera nuestro perezoso adicto al crossfit parece suficiente para explicar los cientos de metros de roca que han sido horadados para construir los dichosos túneles. No obstante, existe una especulación interesante que trata de dar respuesta a este problema. Puede que las madrigueras fueran un trabajo en equipo. Ya se hipotetizaba que los megaterios y otros perezosos gigantes podían vivir en grandes grupos, tal vez colaborando para crear estos agujeros en la roca. Aunque, a decir verdad, ni siquiera así parecía suficiente, por lo que algunos paleontólogos han subido la apuesta y proponen que la colaboración se extendía a través de las generaciones de un mismo clan. Algo así como una tradición si, innecesariamente, quisiéramos darle un velo humano.

Dibujo de la mano de un megatherium.
Dibujo de la mano de un megatherium. FOTO: Owen, Richard Creative Commons

La hipótesis es posible, pero ¿es probable tal trabajo en equipo? A priori da la sensación de que la recompensa tendría que estar muy clara para motivar tanto trabajo dirigido durante todas esas generaciones y ahí es donde viene la segunda objeción. ¿Para qué cavar 600 metros de túneles? El terreno ofrece lugares donde cobijarse sin necesidad de desempeñar tanta energía. Por no hablar del tiempo invertido en ello y que, posiblemente, un animal de su talla habría necesitado dedicar ese tiempo a alimentarse. Aunque imaginemos que todo esto tiene una explicación y que estamos infravalorando la capacidad de trabajo de estos antiguos xenartros. Todavía habría un tercer bache que sortear.

Resulta que los Megatheriidae no son oriundos de Sudamérica. De hecho, antes de que las dos américas colisionaran creando el puente de tierra que es Centroamérica, en el sur los reyes eran los marsupiales. Parientes más o menos cercanos de los canguros, los koalas y los uombats que viven ahora en Oceanía. El grueso de los mamíferos placentarios, y entre ellos los perezosos gigantes, estaban en el norte. No obstante, el puente continental les dio la opción de expandirse, tanto a unos como a otros. Fue lo que se llamó “el gran intercambio biótico americano”. Teniendo esto en cuenta ¿por qué solo se han encontrado paleomadrigueras en Sudamérica? Algunos investigadores han apuntado a que los perezosos gigantes de Norteamérica se enfrentaban a tierras más duras y difíciles de trabajar, pero es una afirmación controvertida, dado que tanto en uno como en otro continente la tierra presenta una gran variedad, por no decir que las paleomadrigueras del sur atraviesan rocas especialmente difíciles de romper.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque sea bastante probable, no se sabe a ciencia cierta si las paleomadrigueras de las que hablamos fueron producto de familias de megaterios.
  • No se tienen pistas sólidas sobre el propósito de las madrigueras más grandes.
  • El mapinguari, normalmente descrito como una versión actual del megaterio, no existe. Se trata de un críptico, esto es, un animal fantástico del que se cuentan leyendas y que algunos toman por veraces, como el yeti o el monstruo del lago Ness. Concretamente, sus historias se circunscriben a algunos países sudamericanos, como Brasil, Bolivia, Colombia, etc.

REFERENCIAS (MLA):