Las topos tienen ovarios, testículos y la testosterona por las nubes

Definir el sexo no es tan sencillo como parece, la naturaleza está repleta de casos particulares.

La actualidad bulle y se polemiza. Todo el mundo tiene una opinión, y lo que es más importante: ganas de compartirla con el resto de la humanidad. Cuando lo que se está valorando es el papel de Lin-Manuel Miranda en el musical “Hamilton” la opinión no está de más, el problema es cuando queremos tratar con ella hechos científicos. Esa opinión, o doxa, que llamaban los griegos, es un tipo de conocimiento que la ciencia no puede permitirse.

Parafraseando a Stuart Sutherland: tomamos decisiones en función de nuestras emociones y luego tratamos de justificarlas racionalmente. Dicho de otro modo: opinamos para luego vestir la doxa con hechos sesgados y presentarla como racional. Un caso paradigmático es el colectivo LGTBI+. Algunas personas tachan de “antinatura” todo lo que ello implica, pero ¿es realmente así? ¿Es opinión disfrazada de prestigiosa biología? ¿O es realmente un argumento científico?

O XX o XY

Ya que nos hemos hecho la pregunta, conviene seguirla con una algo más fundamental. ¿Qué es exactamente el sexo? No pretendemos deconstruir nada, tan solo que tengamos una misma definición para poder trabajar con ella sin caer en confusiones. Y la verdad es que la biología no ofrece una respuesta sencilla. Una solución aparentemente sencilla sería decir que el sexo está determinado por la dotación genética de un individuo. Por ejemplo, en el ser humano, un sujeto masculino sería aquel con un cromosoma sexual X y un cromosoma sexual Y en su ADN. Mientras tanto, el sexo femenino tendría dos cromosomas X.

Esta dicotomía entre machos y hembras, XY y XX, es compartida por el resto de los mamíferos. Por ejemplo: para saber si en un restaurante nos han vendido vaca vieja como si fuera buey podemos tomar una muestra de su carne y analizar su secuencia genética para saber si es XX o XY. Los bueyes son reses macho (XY) castradas con menos de un mes de vida. Visto así, puede parecer que está todo resuelto. Puedes ser XX o XY y nada más, ¿no es cierto? Pues no exactamente.

A veces los cromosomas se dividen y reparten de forma peculiar y se conciben individuos XXY (síndrome de Klinefelter) o en ocasiones tienen tan solo una X (síndrome de Turner) o incluso XXX (síndrome triple X). ¿Cómo clasificamos estos casos? Nos hemos salido de XX/XY, pero podría haber una alternativa. Resulta que los sujetos con síndrome Klinefelter tienen genitales que normalmente identificamos como masculinos, mientras que aquellas con Turner y síndrome triple X muestran unos genitales que clásicamente hemos considerado femeninos. ¿Podría ser que la clave estuviera en que el cromosoma Y determina necesariamente la masculinización de un individuo?

Pues llámale “Y”

Como supondrás, la respuesta es “no”. Algunas personas, bien teniendo un genotipo XY muestran una apariencia externa (fenotipo) que reconoceríamos como femenino. Un ejemplo de estas excepciones es el síndrome de Morris, donde quien lo posee tiene un cromosoma X y un cromosoma Y, pero carece de un gen llamado SRY que hace a sus células sensibles a unas hormonas llamadas andrógenos. Para entender este efecto hemos de saber que los embriones humanos empiezan desarrollando caracteres sexuales primarios femeninos, los llamados conductos de Muller, que darán lugar a ovarios, útero, trompas de Falopio, etc. No obstante, aquellos con el gen SRY (normalmente con al menos un cromosoma Y) hacen que estos conductos vayan desapareciendo y que en su lugar se desarrollen los conductos de Wolf, que darán lugar a testículos, próstata y otras estructuras relacionadas.

Entonces, existen personas con combinaciones de cromosomas sexuales atípicas y otras en las que, aun teniendo los cromosomas sexuales habituales, estos no se expresan y dan lugar a una apariencia que normalmente atribuimos al sexo contrario. Y hay más, porque en algunos animales, principalmente insectos, reptiles y aves, un mismo organismo puede tener algunas células genéticamente masculinas y otras femeninas. Es lo que se llama “ginandromorfismo” y en ellos cada mitad de su cuerpo (derecha o izquierda) muestra una apariencia sexual diferente. Tras todo esto ya va resultando bastante evidente por qué es tan difícil encontrar una buena definición de sexo. O al menos, de sexo cromosómico. Así que ¿existe alguna alternativa?

Juzga por la apariencia

Abandonando ya toda esperanza de encontrar un criterio único que separe la realidad genética de forma meridiana en machos y hembras, podemos tratar de poner la mirada en algo más superficial: el aspecto. Tal vez podamos decir que aquellas personas con síndrome de Morris son mujeres porque a ello corresponde tradicionalmente su aspecto y el hecho de que tengan vagina y una serie de caracteres sexuales femeninos correctamente desarrollados, independientemente de la presencia del cromosoma XY. Pero como no podía ser de otro modo, esto también trae sus problemas y para ilustrarlo podemos hablar del hermafroditismo.

El hermafroditismo secuencial está presente en no pocos animales, entre ellos un buen número de peces. El pez payaso, por ejemplo, puede cambiar de sexo transformando sus genitales de femeninos a masculinos y viceversa, cambiando con ello el resto de su apariencia, claro. Se trata de una gran estrategia para que siempre que haya dos individuos puedan reproducirse sexualmente, volviendo a esto una característica tremendamente adaptativa.

El proceso por el que algunos de estos animales nacen con caracteres femeninos y posteriormente pasan a machos se denomina proteroginia y es algo menos frecuente que su contrario. En cualquier caso, ¿cómo clasificamos a un pez payaso? ¿Por su apariencia en cada momento? No parece una gran clasificación, al menos no tan tajante como buscábamos, por no hablar de que tendríamos problemas para clasificarlos durante el tiempo que están pasando de un aspecto, al contrario. Como mucho podemos decidir clasificarlos según su apariencia al nacer o por el primer tipo de órganos reproductivos que desarrollen ¿verdad? Bueno, ya intuyes cual es la respuesta: tampoco.

Al decir que a este caso previo se llama “hermafroditismo secuencial” estamos dejando entrever que no es el único tipo de hermafroditismo. El hermafroditismo simultáneo implica que un mismo individuo, en un mismo instante de su vida, puede poseer ambos tipos de órganos sexuales, siendo estos completamente funcionales. Por ejemplo, si diseccionamos un caracol encontraremos que, en su interior hay estructuras produciendo tanto óvulos como espermatozoides. No obstante, esto no quiere decir que puedan fecundarse a sí mismos, pero nos vuelve a complicar la búsqueda.

Ya no podemos pretender definirlos según su apariencia en cada instante, así que ¿qué podemos decir? Claramente no son hembras ni machos. ¿Son ambas cosas o ninguna?

Topos intersexuales

Habrá quien argumente que poco tenemos que ver nosotros con un caracol. Lo cierto es que si buscamos una definición generalizable de “sexo” esto no tiene demasiada relevancia. Por no decir que, comparados con la incontable cantidad de bacterias, hongos, protistas y vegetales que cubren el planeta, los caracoles son casi como nuestros hermanos mellizos. No obstante, podemos contraargumentar sin tener que rechazar la pregunta. Hace algún tiempo que sabemos sobre la peculiar situación de las hembras topo. Estas no solo poseen ovarios. Al parecer, las topos (este es el extraña forma de hacer el femenino de los epicenos) tienen un órgano llamado ovotestis, que combina ovarios y testículos.

Cierto es que estos ovotestis no son capaces de producir espermatozoides, pero sí que liberan una descomunal cantidad de hormonas masculinizantes como testosterona y otros andrógenos. Esto le da a las topo una constitución física voluminosa y robusta, haciéndolas territoriales y relativamente agresivas. Porque su cerebro también sufre cambios bajo esta tormenta hormonal, masculinizándolo. Y aquí hay que tener cuidado, porque si bien sabemos que existen cerebros más masculinos o femeninos dependiendo del contexto hormonal (y por lo tanto normalmente genético) en el que se han desarrollado, esto no significa que la división sea clara en humanos.

En nuestra especie el contexto cultural y experiencial tiene un peso especialmente importante en nuestro desarrollo cognitivo, haciendo que la masculinidad o feminidad del cerebro ocupe un segundo o tercer puesto, apenas teniendo relevancia en cómo somos o cómo nos comportamos. Al menos en cuanto a individuos, otra cosa son las tendencias generales de toda una población.

Pero volviendo a los topos. Un reciente estudio ha encontrado el origen genético de esta peculiaridad anatómica. Se debe a una inversión de una región de ADN implicada en el desarrollo testicular. E inversión es exactamente lo que suena, es tomar una secuencia genética como “ATGGTCGA” y darle la vuelta haciéndola “AGCTGGTA”, como si invirtiéramos la palabra “topo” para hacer “opot”. Esto, a su vez, cambia la información de la parte del gen FGF9 que regula si este se expresa o no. De este modo, incluso en las topo cromosómicamente femeninas, el gen guarda la información para producir testículos se expresa, sumando tejido testicular a los ovarios. Junto a esto, se ha encontrado que otro fragmento del ADN de estas topo se encuentra por triplicado, uno que concretamente regula la producción de andrógenos. Y en estos casos, más genes suele ser más expresión, por lo que en este caso significa muchas más hormonas masculinas.

Este estudio, liderado por la Doctora Francisca Martínez Real, deja ver la extrema complejidad de determinar el sexo en algunos individuos si lo que queremos es exponer tan solo dos opciones (macho o hembra) y además queremos que estas se diferencien gracias a un único criterio la mar de evidente. Incluso en nuestra especie existen casos de intersexualidad, donde una persona nace con caracteres sexuales masculinos y femeninos, aunque solo uno de ambos (o ninguno) suelen ser funcionales. Teniendo en cuenta toda esta marea de datos, ejemplos, contraejemplos y problemas de categorización, queda claro que la biología no dice lo que mucha gente cree. La complejidad del sexo es una expresión absolutamente natural que surge en nosotros del mismo modo que en muchísimas otras especies animales.

Si existe algo a lo que podamos llamar “antinatura” siendo todo un producto directo o indirecto de la naturaleza, precisamente este no es el caso.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La homosexualidad, bisexualidad y transexualidad que también forman parte del espectro LGTBI+ también suceden en otras especies. De hecho, ni siquiera es algo evolutivamente reciente o que solo esté presente en los seres vivos más “complejos” y con más influencia cultural. Se han registrado comportamientos homosexuales incluso en gusanos, apuntando a que, por el principio de parsimonia, ya debían estas expresiones de la sexualidad cuando vivía nuestro último ancestro común, hace cientos de millones de años.

REFERENCIAS (MLA):