En 2100 habrán desaparecido un 23% de los hábitats naturales

Una simulación informática de la Universidad de Cambridge prevé que en 80 años habremos perdido casi una cuarta parte de los hábitats naturales, poniendo en jaque a nuestra especie

En torno al 16% de las especies animales han reducido su distribución a la mitad respecto a la superficie que históricamente solían cubrirNatacha PisarenkoAP

En un año tan difícil como 2020 es fácil perder el norte. La pandemia ha copado portadas, informativos, librerías e incluso entretenimiento, pero no es el único desastre que nos sacude. Va pasando el tiempo entre brotes, aplausos caducos y la promesa de una vacuna en el horizonte, pero ¿quién recuerda los incendios de Australia? Así empezamos el año, con un fuego salvaje que consumió más de 10 millones de hectáreas, el equivalente a una quinta parte de España. Unos meses después, enjambres casi bíblicos de langostas devoraron los cultivos de África Oriental. Por aquel entonces, China se planteaba enviar 100.000 patos a Pakistán con la esperanza de que acabaran con la plaga.

Durante julio, mientras disfrutábamos de la nueva normalidad y tratábamos de olvidar los meses confinados, la selva amazónica batió un récord. Fue el mes con más incendios y deforestación del último año. Un poco antes estábamos celebramos con alborozo que la pandemia nos hubiera forzado a reducir las emisiones de dióxido de nitrógeno, dióxido de azufre y dióxido de carbono. Sin embargo, no prestamos demasiada atención a los expertos, que advertían sobre la futilidad de este descenso en los gases contaminantes. Para compensar los siglos de excesos y que se produjera una mejoría perceptible necesitaríamos haber reducido las emisiones mundiales a un 10% durante, al menos, un año entero.

Y aunque se hable menos de este problema (o tal vez por ello) no parece tener visos de mejorar. Ahora ha llegado noviembre y desde la universidad de Cambridge, unos investigadores han alzado la voz. Con su último estudio en mano, el doctor Rober Beyer y la doctora Andrea Manica sostienen que, a este ritmo, en tan solo 80 años habremos perdido un 23% de los entornos naturales. La culpa la tendrían, principalmente, el cambio climático y de la deforestación a la que nos empuja un mundo cada vez más superpoblado.

Un problema que empezó hace 3 siglos

El cambio climático es una realidad que se remonta siglos. El estudio de testigos de hielo de la Antártida revela cómo han cambiado las concentraciones de determinados gases a lo largo de la historia y durante el siglo XVIII el famoso dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero comenzaron a aumentar. No fue algo fortuito, coincidió con el arranque de la proverbial Revolución Industrial. La quema de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo, así como el crecimiento poblacional desbocado, han contribuido a la tala indiscriminada y la emisión de grandes cantidades de gases contaminantes. La dinámica estaba creada y no mejoró con los años.

Precisamente por este motivo, los investigadores han alimentado su modelo informático con datos que van desde 1700 hasta nuestros días. Gracias a estos 320 años de información han permitido extraer tendencias y una serie de parámetros con los que simular qué nos espera en las próximas ocho décadas, y la respuesta no es tranquilizadora.

A grandes rasgos, este gran considerable enjambre de datos contiene dos mapas. Uno representando el uso que hemos hecho del suelo durante estos tres últimos siglos: si lo hemos dedicado a cultivos, a urbanizar, etc. La segunda “cartografía” representa cómo ha ido cambiando la distribución de biomas (siendo un “bioma” un área de la superficie terrestre que comparte clima, flora y fauna). De este modo pudieron delimitar los hábitats de casi 17.000 mamíferos, sin contar aves, anfibios. Por supuesto, la naturaleza de estos datos es mucho más compleja, pero esto da una buena idea acerca de la exhaustividad del estudio.

Tras analizar la información, los científicos estiman que, a lo largo de los últimos 300 años, los hábitats naturales se han reducido perdiendo un 18% de su superficie. Tomando estos datos, la previsión calcula que durante las próximas ocho décadas perderemos otro 5%, situándonos en un 23% desde 1700. Dicho en fracciones: supondría haber reducido los hábitats naturales a casi una cuarta parte de su superficie original. Si el estudio está en lo cierto se trataría de una verdadera tragedia. Las extinciones ocurren, pero rara vez se producen en un periodo de tiempo tan corto. Cuando la catástrofe es súbita las especies tienen tiempo para adaptarse, pero ochenta años no son suficientes.

No toda hectárea es igual

La evolución para adaptarse a unas nuevas condiciones requiere de generaciones y generaciones de seres vivos a lo largo de las cuales puedan ir sucediendo ligeras mutaciones hasta que, por azar, algunas de ellas resulten beneficiosas. Hablamos de decenas de miles de años para la mayoría de las especies, no de décadas. Hasta aquí, las conclusiones de Manica y Beyer no son demasiado optimistas, pero según avanza el estudio la situación se revela incluso más dramática.

Hay que tener en cuenta que no todas las hectáreas de naturaleza dan cobijo a la misma cantidad de animales ni sostienen una biodiversidad equivalente. Hasta ahora, la peor parte se la ha llevado Europa, pero en las últimas cinco décadas han crecido sobremanera los cultivos extensivos en el sur de Asia, África y Sudamérica. Hemos transformado muchos bosques de América del Sur en pastizales y el sudeste asiático en interminables hileras de palma. Esto ha traído consigo una notable deforestación de selvas tremendamente biodiversas y, por lo tanto, el impacto ecológico de cada hectárea deforestada es más grave de lo que era hace un siglo.

Es más, la distribución de estas especies selváticas suele ser más reducida que la de aquellas que habitan en las grandes praderas de Norte América, por ejemplo. Por este motivo, para ciertas especies la situación es mucho más grave que para otras y una hectárea deforestada puede suponer acabar con una parte de su territorio proporcionalmente mayor. La investigación de la Universidad de Cambridge indica que en torno al 16% de las especies animales han reducido su distribución a la mitad respecto a la superficie que históricamente solían cubrir.

Un ejemplo de estos cambios, según el modelo, serían las selvas de Sudamérica. Si seguimos la tendencia actual, estiman que el cambio climático las transformará en pocas décadas en una suerte de sabana más o menos frondosa, pero incapaz de sostener con vida a las especies que ahora habitan en ella. Y, por supuesto, las previsiones empeoran según aumentamos en el modelo la cantidad de gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera. Precisamente gracias a eso, a que el modelo representa varios futuros posibles, aporta pruebas sobre el verdadero impacto que tendrían determinadas medidas socioeconómicas. Algunos cambios que (en el modelo) parecen determinantes para evitar este funesto futuro, serían: cambiar la agricultura extensiva por intensiva, estabilizar el crecimiento poblacional y reducir el consumo de carne entre otras muchas.

Vivimos un momento determinante en la historia de la humanidad. Lo que suceda en los próximos años puede cambiar el curso de los acontecimientos. Tal vez sea pronto para saber qué será de nosotros en 2100, como trata de hacer el estudio de Cambridge, pero hay algo que sí parece claro. Tanto si conseguimos esquivar la bala como si no, la civilización será completamente diferente.

QUE NO TE LA CUELEN:

Más allá de los innegables intereses políticos de algunas organizaciones ecologistas, el ecologismo (que no es necesariamente lo mismo) es una disciplina científica absolutamente rigurosa. En ella participan físicos, ambientólogos, biólogos e incluso matemáticos. Gracias a ello y a evidencias acumuladas durante décadas sabemos que nuestra civilización está teniendo un impacto real en el planeta. Son muchos los científicos y tecnólogos que buscan maneras de minimizar nuestra huella en el mundo, no solo por la Tierra, los animales y las plantas, sino por el inconmensurable impacto que puede causar en la humanidad. La idea no es salvar el planeta, es salvarnos a nosotros.

Numerosos estudios han determinado que el consumo de carne en el primer mundo excede el dietéticamente recomendado. Esta demanda ha hecho crecer la ganadería y ese es el problema. Producir un kilo de carne es ecológicamente más costoso que un kilo de trigo, por ejemplo. Por un lado, las reses requieren pienso que a su vez debe haber sido producido en otra extensión de tierra que habrá de ser deforestada. Por otro lado, las propias cabezas de ganado liberan una cantidad de metano sorprendentemente alta a través de sus flatulencias. Siendo este un gas de efecto invernadero, se estima que la reducción de la ganadería sería especialmente eficaz en la lucha contra el cambio climático.

REFERENCIAS (MLA):