Sociedad

¿Cuánto queda para que se extingan los osos polares?

Los últimos cálculos parecen sugerir que en cuestión de 80 años las poblaciones se habrán reducido hasta casi desaparecer por completo.

Oso polar mostrando una severa desnutrición
Oso polar mostrando una severa desnutrición FOTO: Andreas Weith Creative Commons

El cambio climático es mucho más que un puñado de osos polares al borde de la extinción. Es fácil dejarnos embelesar por su níveo pelaje y sus ojos de carbón, pero los expertos insisten en que sus aprietos son solo una pequeña parte del problema climático y que, eclipsados tras su icónica imagen, muchas especies de vertebrados e invertebrados menos agraciados que ellos, también están en jaque. Sin duda alguna, esto es algo que hemos de tener en mente, pero no por ello debemos caer en el pecado opuesto y acabar ignorando el oscuro futuro que se les presenta a estos osos.

La extinción se cierne sobre ellos, y más que un presagio ambiguo, se trata de una predicción matemática bastante fina. Los modelos que simulan sus poblaciones estiman que en cuestión de 80 años la especie podría haber desaparecido de prácticamente todo el ártico, reduciendo su número y su variabilidad genética volviéndolos así extremadamente vulnerables. En pocos años más, la anunciada extinción acabaría llegando, borrando a los osos polares del planeta.

Extinguirse también es ley de vida

Por un lado, sabemos que las especies se extinguen constantemente. Lo hacían antes de que llegáramos nosotros para minar sus poblaciones y, de hecho, es ley de vida (signifique eso lo que signifique). Las contingencias y la aparición de especies más preparadas para determinadas condiciones acaban empujando a otras a la extinción y en cierto modo puede verse así el problema de los osos polares. No obstante, no todo son los resultados, sino las formas. La realidad es que en esta ocasión las condiciones climáticas están cambiando extremadamente más rápido de lo que las especies pueden adaptarse.

La mano humana está presente en el cambio climático, y está apretando el acelerador a costa de la biodiversidad. El hielo está retrocediendo año tras años y ha alcanzado mínimos históricos. El casquete polar ártico se encoge, cambiando el mundo bajo las zarpas de sus osos. Y teniendo en cuenta que el ártico no es un continente, sino una descomunal capa de hielo sobre el océano, el resultado de este proceso puede ser realmente devastador.

Con la pérdida del hielo mutan muchas reglas del juego. La temperatura sube, claro, pero también cambian las corrientes marinas alterando los nutrientes del agua y desplazando a los bancos de peces, que a su vez alejan a las focas que de ellos se alimentan y dejan a los osos polares sin nada que llevarse a la boca. Esto les obliga, o bien a hacer incursiones tierra adentro, o a explorar el mar casi a la deriva, patrullando una placa de hielo. La segunda opción suele ser una rápida condena, quedando aislados en lugares con pocas presas y donde sus técnicas de caza no funcionan como deberían. Por desgracia, la primera opción no es que sea mucho mejor.

Un oso polar, poco después de atrapar una pieza. La imagen fue el segundo premio de Naturaleza, categoría individual, de la World Press Photo y realizada por el noruego Pal Hermansen para la Orion Forlag/Getty Images.
Un oso polar, poco después de atrapar una pieza. La imagen fue el segundo premio de Naturaleza, categoría individual, de la World Press Photo y realizada por el noruego Pal Hermansen para la Orion Forlag/Getty Images.

Gourmets por obligación

Tierra adentro los osos polares no encontrarán focas, y más allá de un capricho gastronómico no cumplido, esto puede destartalar completamente sus expectativas de supervivencia. Algunos estudios científicos estiman que un oso polar necesita alimentarse (al menos) de una foca ocelada adulta o tres cachorros cada 10 días. Teniendo en cuenta que una foca ocelada adulta pesa entre 40 y 90 kilos, hablamos de unos 6 kilos de comida diarios. No en vano, el oso polar es el mayor carnívoro terrestre de nuestro tiempo. Un adulto sano puede medir más de dos metros y medio de largo y pesar fácilmente hasta 680 kilos, estando el récord en una tonelada. Con una anatomía así de hercúlea, el oso polar necesita una gran cantidad de alimento y la foca es la solución perfecta por lo calórico que es su cuerpo gracias al gran contenido graso.

Podríamos decir que las focas son muy rentables si comparamos la energía que aportan con la que cuesta cazarlas. Para hacernos una idea, una foca ocelada con sus 60 kilos equivale energéticamente a un reno y medio (255 kilos), 37 truchas árticas, 74 gansos blancos, 216 huevos de ganso o 3 millones de arándanos. Y ojalá fuera tan sencillo, porque la pérdida de focas no solo significa que los osos vayan a necesitar encontrar una mayor cantidad de presas, sino que deberán invertir más tiempo y energía para completar su dieta, así como digiriendo los 255 kilos de dura carne de reno.

Para ser precisos, se ha estimado que la pérdida de hielo ya les está obligando a desplazarse tres o cuatro veces más que de costumbre, aumentando de nuevo sus requerimientos energéticos en un contexto donde no abundan las presas. Frente a sus parientes pardos, los osos polares se han adaptado a una alimentación mayormente carnívora, transformando sus receptores del olfato para volverse rastreadores más finos, mejorando su metabolismo de los ácidos grasos para digerir con mayor eficiencia las focas e incluso adaptando su enzima amilasa, clave para la digestión de su nueva dieta.

Un oso polar sobre el hielo ártico, en una imagen tomada este mes de julio
Un oso polar sobre el hielo ártico, en una imagen tomada este mes de julio

Un especialista obligado a reinventarse

El oso polar se ha vuelto lo que en biología se conoce como un especialista. Por un lado, esto le convierte en una eficiente máquina de cazar y aprovechar focas, ya que ha adaptado su anatomía y su fisiología para cumplir tal cometido. Sin embargo, esto también tiene su lado oscuro. Un especialista es poco flexible a los cambios en el medio siempre que estos afecten a su ámbito de especialización. Si desaparecen los salmones, un oportunista como el oso pardo no tendrá mayor problema, podría adaptar su dieta y sus costumbres.

Un especialista como el oso polar, sin embargo, no tendrá gran oportunidad de reinventarse si desaparecieran las focas, o al menos no con gran éxito. Perseguir a un reno a la carrera con su media tonelada de peso no es óptimo. Su biología y su forma de vida se han visto estrechamente unidas a las focas y la pérdida de este recurso se siente como el clavo que asegura la tapa de su féretro. Actualmente se calcula que solo 4 de cada 9 osos polares consiguen saciar correctamente sus requisitos energéticos, pudiendo llegar a adelgazar hasta 20 kilos en cuestión de 10 días de ayuno.

Las estimaciones más recientes indican que todavía quedan más de veinte mil osos polares, aunque su número está cayendo en picado. Estamos asistiendo al final de una especie icónica que, tal vez, atrapó nuestra atención por el motivo equivocado. Su pérdida sería tan solo una nota al pie de página del planeta, una de las muchísimas que se están garrapateando durante las últimas décadas. Sin embargo, es también un marcador, un indicador de la gravedad del problema al que nos enfrentamos, una herramienta con la que concienciar acerca de algo que va más allá de los pies de página y que puede acabar arrancando de cuajo el final de nuestro capítulo en el libro de la vida.

LA CLAVE:

  • Los osos polares y los osos pardos pertenecen a especies diferentes, y no a subespecies como se pensaba hace algunas décadas. No obstante, no se conoce con precisión cuándo se separaron. La respuesta depende de cuánto asumamos que se han estado mezclando ambas especies, ya que son capaces de engendrar híbridos fértiles llamados osos de Banks o grissly-polares. Una mayor hibridación sugeriría que la separación entre ambas ocurrió hace más tiempo, pero que se han mantenido ciertas semejanzas genéticas gracias a este intercambio. Las últimas aproximaciones apuntan a que la escisión pudo tener lugar hace tan solo 150.000 años a partir de una población de osos pardos aislados por las glaciaciones del Pleistoceno. De hecho, todavía hay poblaciones de oso pardo más emparentadas con los polares que entre sí.

REFERENCIAS (MLA):